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El catolicismo de Gumucio

7 de junio 2019 Columnas

En la introducción de Ateos fuera del clóset (Debate, 2014) cuento que la idea de escribir el libro nace en una tertulia navideña donde confieso mi ateísmo como quien confiesa un crimen. “Ok, pero no es algo de lo cual puedas sentirte orgulloso”, replicó el patriarca de la familia, dolido por lo que interpretaba como una traición a mi formación católica y al colegio que nos educó. En ese entonces, antes de los escándalos de abuso sexual del clero chileno, declararse ateo era una provocación, al menos en círculos conservadores o de la elite criolla. En menos de una década, la situación es la inversa. Lo tiene claro Rafael Gumucio, acostumbrado como los buenos intelectuales a nadar contra la corriente, al publicar su ensayo Por qué soy católico en pleno 2019. Lo que antes habría resultado una perogrullada, hoy constituye una curiosa provocación.

Pero, ¿de qué se trata el catolicismo de Gumucio? ¿Es acaso una defensa de esos curas indefendibles? ¿De la sabiduría sempiterna de la iglesia apostólica y romana? ¿De las premisas metafísicas de la fe? ¿De la necesidad humana de rendirse ante el misterio de la vida? De todo esto hay poco. Gumucio destaca uno o dos curas obreros y al resto los considera un lastre. De la jerarquía vaticana y su pretensión de infalibilidad epistémica, no hay siquiera un párrafo. Tampoco se molesta en articular argumentos racionales de la existencia de dios, a la usanza tomista que todavía se enseña en la Pontificia. Y sobre el misterio, Gumucio no le da muchas vueltas y prefiere rendirse ante una versión actualizada de la apuesta pragmática de Pascal: es mejor creer que no creer, porque se pierde poco y se puede ganar mucho si el cielo efectivamente existe. No le importa tanto que su creencia sea o no sea Verdad, con mayúscula. Mientras sirva como antídoto contra la desesperanza y placebo contra el dolor existencial, su catolicismo resulta enteramente razonable.

Pero este catolicismo esconde también una colosal enseñanza ética. Mientras los ateos a-la-Dawkins insisten que la evolución es el mayor espectáculo sobre la Tierra, los creyentes a-la- Gumucio sostienen que la vida de Jesús es la historia más grande jamás contada. Su novedad literaria tiene menos que ver con la promesa teológica de la resurrección y mucho más con su reivindicación de los perdedores del mundo. En esta revolucionaria narrativa cristiana, advierte Gumucio, “ser pobre no solo es más sabio que ser rico, sino hay que procurar también ser nadie, paria sin ciudad, exiliado, esclavo de esclavos, perderlo todo para ganar un hipotético paraíso”. Esto ya lo había observado con claridad Nietzsche, que describió al cristianismo como una moral de esclavos. Nietzsche lamenta la inversión de valores que ocurrió en el mundo antiguo. Para los primeros romanos, relata, lo moralmente bueno estaba asociado a lo noble y aristocrático, mientras lo malo estaba asociado a lo bajo, lo abyecto, lo vulgar. Los judíos, acusa Nietzsche, dieron vuelta el tablero, glorificando a los perdedores, a los últimos, a los oprimidos. No podía ser de otra forma, viniendo de un pueblo acostumbrado a la esclavitud. Por su parte, a los poderosos de siempre se les hizo más difícil llegar al reino de los cielos que a los camellos pasar por el ojo de una aguja. Irónicamente, el judío a quien condenaron a muerte logró a través de su crucifixión la victoria final de la nueva narrativa y la derrota del viejo orden de valores. Es Jesús quien nos ofrece el relato imperecedero de cómo se puede ganar, perdiéndolo todo. Jesús de Nazareth, el mismo andrajoso que se juntaba con putas, publicanos y leprosos.

El catolicismo de Gumucio es anti-winner. Es el catolicismo de los dignos perdedores. Está destinado al éxito, confiesa sin querer, porque los perdedores siempre son más que los ganadores. Su cristianismo es democrático y solidario. Se preocupa de los desvalidos y los viejitos, los únicos que todavía van a misa un domingo de otoño. El catolicismo de Gumucio no es para machos alfa, demasiado seguros de sí mismos. Quizás, consciente o inconscientemente, porque el autor se siente macho beta en un mundo de alfas: políticos alfa, actores alfa, periodistas alfa, mujeres alfa. Pero también es el catolicismo comunitarista, ese que entiende la filiación religiosa como pertenencia a un linaje de historias familiares. Porque el catolicismo de Gumucio no es protestante: no se vive en la individualidad, sino que se vive con aquellos que son parte de la misma historia. Con los tíos y los primos, en el almuerzo dominical, a punta de ritualidades. En ese sentido, comparte la crítica de MacIntyre y Taylor al liberalismo contemporáneo, su escasa solidaridad y su metodología depredadora.

Finalmente, aunque Gumucio sigue a Harari en considerar que el liberalismo no es más que una ficción apenas más sofisticada que el cristianismo, reconoce entre ambos raíces comunes—“le tenemos el cariño que uno les tiene a sus hijos”, dijo en la presentación del libro—y les vislumbra una alianza futura, contra el discurso puritano moralizante que ha pegado fuerte en la izquierda del último tiempo. Yo no veo una alianza tan obvia. Si el cristianismo es la filosofía de los perdedores, es propicia para la cultura de la queja y la victimización que vivimos. Pero mi desacuerdo central con el catolicismo de Gumucio no es político ni literario. Es hasta romántico ser católico bajo su definición. Es teológico. Si Jesús no hubiese resucitado, escribió Saulo de Tarso, nuestra fe sería vana. No hay gimnasia retórica capaz, aun en la pluma de uno de los mejores narradores de su generación, de alterar la cuestión central sobre la religión cristiana: si acaso dice o no dice la verdad.

Publicada en Revista Capital.

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