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Una historia de pura frustración

2 de Diciembre 2019 Columnas

Luego de aquella histórica noche del 18 de octubre, el presidente Sebastián Piñera decidió rápidamente invitar a La Moneda a los alcaldes de las comunas más populosas de la capital. De acuerdo con lo declarado por los intervinientes, al menos dos razones explicaban esas conversaciones. La primera era más bien práctica. Había que comenzar a coordinar las medidas con las cuales los gobiernos locales enfrentarían los problemas de conectividad y abastecimiento en sus zonas. Después de todo, desde el primer día estos populares y vulnerables territorios fueron los más afectados por la violencia. Pero el segundo motivo, sin embargo, era eminentemente político. El ejecutivo, a través de las máximas autoridades locales, buscaba comprender lo que estaba ocurriendo. Encontrar explicaciones plausibles que lo sacaran de una peligrosa ceguera. Si en La Moneda reinaba la consternación, los municipios emergían como fuentes de información.

Independiente de qué tan fructíferas hayan sido esas conversaciones, este último punto no es insignificante. A propósito de la crisis por la que atraviesan las democracias liberales, hemos escuchado majaderamente que nuestra clase gobernante parece disociada de la clase dirigida. En relación con nuestro estallido, por ejemplo, podríamos convenir en que el alza de 30 pesos del metro terminó diluyéndose al lado de las posteriores declaraciones de un par de ministros. Para muchos, el detonante de las movilizaciones no se relacionó con la decisión tarifaria, sino más bien con la confirmación de que vivimos en mundos paralelos. ¡Y vaya que parece comprensible! Cuando te recomiendan madrugar o comprar flores ante el alza de los servicios básicos, la natural distancia entre la élite y la ciudadanía—propia de cualquier democracia representativa—se vuelve inexplicablemente exacerbada.

Quizás por lo mismo, durante los primeros días del conflicto ciertos alcaldes brillaron por su presencia. Rodolfo Carter, por ejemplo, pareció comprender ciertos elementos subyacentes del conflicto. No podía ser de otra forma. Los ediles vivían el caos y la inseguridad, sintiendo como propios los saqueos, los detenidos, los heridos e, incluso, los muertos. Mientras en La Moneda se seguía hablando de “ellos” y “nosotros”, a nivel local esa distinción se volvía cada vez más absurda.Las autoridades comunales debían conversar y escuchar a sus vecinos. Encontrarlos—en el sentido más amplio de la palabra—y contenerlos. Era sólo un “nosotros”.

Así lo relató también Claudio Castro, alcalde de Renca, una de las comunas más afectadas por la delincuencia organizada de esos primeros días. El saqueo a jardines infantiles y los incendios que afectaron su territorio—incluyendo a 5 vecinos calcinados—se volcaron en impotencia. Y los inoficiosos mensajes enviados al gobierno evidenciaron el abandono.¿El resultado? “Una historia de pura frustración”, como él mismo señaló.

En este escenario de impotencia y frustración, la necesidad de acercar las estructuras de poder a los ciudadanos se ha vuelto evidente. Y en esa lucha, los gobiernos locales debiesen cumplir un rol esencial. Sin embargo, debemos reconocer que nuestra crisis se explica también por otros elementos que van más allá de la sola desafección. La ausencia de ideas y deliberación política, por ejemplo, parece haber devenido en una actividad en la que prima el clientelismo y la corrupción. Y frente a eso, las comunidades locales—como hoy están—podrían terminar exacerbando el problema más que reduciéndolo.

Entonces, el tema parece un tanto complejo. La administración local puede alzarse como una de las salidas al profundo y multidimensional conflicto que vivimos, pero no sin antes viviendo una modernización que enfrente sus problemas más profundos. ¿No debiéramos llamarle a eso descentralización?

Publicado en The Clinic.

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