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Los viejos estandar(t)es

24 de noviembre 2018 Columnas

El Ejército ha abierto un nuevo capítulo de una serie que ya estrena demasiadas temporadas. Esta vez se trata de la filtración de los dichos del comandante en jefe del Ejército hablando a la tropa, sin ningún tipo de silenciador.

Algunos han justificado las declaraciones del general Ricardo Martínez, ya que se trataba de “actos privados” con oficiales y suboficiales. Así, al parecer, lo entendió inicialmente el propio ministro Espina, quien descafeinó el caso apenas se conoció. Al cabo de un par de horas, sin embargo, debió recular y decir: “Los hechos son graves”.

Y lo son. En su forma y en su fondo.

En la forma, es decir, en la filtración misma se está ante un hecho complejo. Primero, porque la filtración da cuenta del rompimiento de la lealtad y la mutua confianza que debe existir al interior de un ejército. Pero, al mismo tiempo, porque es ingenuo pensar que en el siglo XXI algo tan masivo no será filtrado. Y alguien que debe dirigir a un país en la guerra debe generar lealtad y no puede ser ingenuo.

Del contenido mismo, ni la arenga en la avenida Américo Vespucio ni las disculpas de la calle Zenteno son aceptables.

Es inaceptable que hable de ventas de armas a narcotraficantes sin haberles informado a las autoridades de Gobierno. ¿Cómo es posible que el ministro de Defensa se haya enterado gracias a The Clinic de los hechos? Recién ayer, después de haber pasado todo lo que pasó, se entregaron los antecedentes al Ministerio Público.

Es inaceptable que hable que hay oficiales involucrados y después aclare que lo hizo para que los suboficiales no se sintieran mal y para “sensibilizar” a los oficiales. Los hechos son demasiado graves como para utilizarlos en marketing interno.

Es inaceptable que intente explicar el caso de los pasajes por el “contexto”, como si hubiera justificación para que un militar se quede con el vuelto de los pasajes que la institución le compra.

Es inaceptable que admita su lobby con la Contraloría para justificar el caso de los pasajes (“Estamos haciendo todo lo humanamente posible con la Contraloría General de la República, y en eso me he empleado yo también, para que se entienda el contexto de lo que eran los viajes de la Academia de Guerra y de la Academia Politécnica, de manera tal que no se lleven a cabo o no se realicen estos juicios de cuenta”) y que luego aclare que se trató solo de una “visita protocolar” al contralor.

Es inaceptable que se trate de involucrar a las otras ramas, enarbolando el viejo paradigma de que el mal de muchos ayuda a consolar.

Pero probablemente lo más grave (y lo que menos se ha destacado en estos días) es lo referente a las pensiones. En su alocución masiva, primero reconoció que el sistema que tienen las Fuerzas Armadas “no se condice con la realidad del país”, para después hacer un llamado -con al menos cierto olor a sedición- de “cuidar con dientes y muelas” el privilegio.

El Gobierno debió haber pedido la renuncia al general Martínez. No cabía otra opción. Pero, tal como le ocurrió a Bachelet con el almirante que se relajó para el terremoto, equivocó su decisión.

No solo los hechos de esta semana son embarazosos, sino que la reiteración es inadmisible. Solo basta con recordar que, al estilo de los expresidentes peruanos, todos los excomandantes en jefe del Ejército están siendo investigados por la justicia.

Es posible que el costo de la transición haya sido haberle hecho concesiones más allá de lo razonable a las Fuerzas Armadas y Carabineros. Pero eso hace rato debió haber terminado. Y todo lo que se ha conocido desde Carabineros al Ejército es prueba de ello.

Tal vez, el ahora irrisorio caso de los muebles de ratán de la Fuerza Aérea en los años 90 fue equivalente a la muerte del canario en la mina de carbón. Pero en vez de alertarnos a tiempo, hoy estamos viendo el gas grisú por todas partes…Y de más está decir lo que significa para un país tener a las Fuerzas Armadas y a Carabineros sin confianza de la ciudadanía.

Hoy es necesario hacer una nueva “comisión Engel”, integrada por civiles, que determine una nueva institucionalidad para todas las Fuerzas Armadas (incluido Carabineros) y someterlas, de una vez por todas, al poder civil. Fijar nuevos estándares, determinar nuevas institucionalidades, establecer nuevos protocolos y reformar definitivamente las pensiones. El viejo dicho de aquel famoso político francés del siglo XIX que dijo que “la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares”, aplica también en estas circunstancias.

Lo único que está suficientemente claro hasta ahora es que los “viejos estandartes” no pueden seguir viviendo con “viejos estándares” que no se condicen con el estado actual del país.

Publicada en El Mercurio.

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