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La muerte, esa mala costumbre

27 de Abril 2020 Columnas

Ocho muertos. Siete muertos. Seis muertos. Ocho muertos. Trece muertos.

Son los datos que hemos oído decir en los últimos cinco días a las máximas autoridades de salud del país. Hasta el domingo 26, el coronavirus deja una trágica estela de 189 fallecidos. Tal como transcurre el “exitoso” combate el Covid-19, pronto serán 200.

Nos hemos vuelto indiferentes ante la muerte. Nos acostumbramos. Es como ver llover, cuando llovía, qué tiempos aquellos.

Hace poco más de un mes, el sábado 21 de marzo, una ola de horror estremeció el país con la primera víctima del Covid-19: una mujer de Renca, de 82 años. El ministro de Salud resaltó que se encontraba postrada por múltiples patologías, una de las cuales era una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, y que se le aplicó un “manejo compasivo”, un eufemismo para explicar que no la intubaron. Los medios le dedicaron espacio y tiempo a las primeras víctimas fatales de la pandemia.

Desde entonces, la atención de la prensa sobre los fallecidos por Coronavirus ha sido esporádica, declinante y casi nula. El virus ha dejado en el anonimato a sus víctimas, salvo casos esporádicos: por ejemplo, cuando un alcalde se anticipó en anunciar el deceso de una persona, o cuando los empleados públicos dieron a conocer los tres primeros casos de colegas suyos fallecidos por el Covid-19.

La noticia no han sido las personas, sino los números. Las cifras.

Pero las estadísticas no dan cuenta de cada vida que partió. Menos, de su intensidad. De que fue una persona que tuvo familia, creció, se educó, sufrió, amó y deja con dolor a personas que la quisieron y conocieron. Que vivió, bien y mal, hasta que las defensas de su organismo no resistieron a este nuevo virus.

El recuento diario de fallecidos es hoy una rutina. Como en otros tiempos, por suerte ya lejanos, cuando la mayoría de los medios informaba cotidianamente de personas muertas en supuestos “enfrentamientos”, basados solo en las fuentes oficiales, sin esforzarse en indagar más allá.

Tampoco los medios lo hacen hoy. Desconocemos las historias de las vidas de las personas fallecidas por el coronavirus que, cual agua entre las manos, se han escurrido hacia el olvido. Como son tantos los muertos, y ya dejó de ser novedad que las personas fallezcan por el Covid-19, sus historias quedan proscritas al ámbito privado. No se contrastan los datos oficiales ni se requiere la opinión de los equipos médicos tratantes, y tampoco se escucha a los familiares de las víctimas del Covid-19 para siquiera tratar de indagar si recibió una atención digna, cómo aparentemente se contagió, qué precauciones tomaba la persona y si residía en una comuna en cuarentena o no.

Por cierto, habrá algunos familiares de víctimas que prefieren la privacidad. Es comprensible. Debemos respetarla. Pero no es así en todos los casos. Habrá otros que temen sufrir discriminación por haber estado cerca de las víctimas. Pero es obligación del Estado hacer campañas educacionales para evitar que el miedo conduzca a discriminar, como ya ocurre.

Las autoridades se limitan a decir que “lamentablemente” hasta las 21 horas de ayer hubo un número de personas fallecidas. Es insuficiente. Hasta ahora, nadie en el gobierno ha informado que siquiera se estudie un apoyo estatal a las familias cuyos parientes murieron, incluida la atención sicológica de los deudos.

Para muchos, los muertos son solo cifras, mientras el Covid-19 no alcance a sus seres queridos o cercanos.

Nos acostumbramos. Nos hemos vuelto indiferentes ante la muerte.

Ocho muertos. Siete muertos. Seis muertos. Ocho muertos. Trece muertos.

Publicada en Cooler UAI.

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