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El Tiempo en tiempos de blockchain

11 de enero 2019 Columnas Profesores

La revolución tecnológica desde fines del siglo XX parece promover por sobre cualquier otra consideración un principio de eficiencia. Esto por cierto gobierna también el desarrollo de software y hardware relacionado con la conectividad de dispositivos. Desde un punto de vista reflexivo en torno a las tecnologías de cómputo e interactividad, el hecho descrito genera múltiples preguntas sobre el rol y sentido del trabajo humano en un futuro ubicuamente tecnologizado. Este acelerado desarrollo técnico digital, nos permite disponer de interconectividad para cualquier dispositivo en cualquier lugar y en tiempo real, lo que nos ha dotado de lo que conocemos actualmente como una red globalizada de usuarios.

El Blockchain es una institución tecnológica que está cambiando la manera en que intercambiamos valor. Se popularizó el 2008, con la aparición del bitcoin y se define como una cadena de bloques o nodos en donde se comparten datos y se colabora para decidir ciertos hitos. Esta información no puede ser borrada y cada dato que se modifique, será también modificado para todos los demás. De esta manera, no se necesita ya de intermediarios, o de una central o cabeza a cargo de esta comunidad. Este sistema retoma finalmente, una manera original y propia del ser humano llamada trueque. La idea de una cultura en bloque o blockchain, adelanta una serie de cambios en términos sistémicos (culturales, sociales, políticos y económicos) que dota a grupos o núcleos de personas de poder debido a su conformación, a su número. El “pertenecer” a estos grupos,  hoy podría significar acaso otra manera de diluirnos en el universo como seres identitarios y únicos.

Si bien, desde el siglo XIX, los avances industriales se presentan como antecedentes de los avances digitales, es sólo ahora cuando la tecnología nos provee de simultaneidad y de portabilidad, de la masificación del dispositivo, en donde el individuo se vuelve una entrada de información cuya salida se vuelca en bits y bytes normalizados: “likes”, comentarios, imágenes, transmisiones, etc., que nos alejan de la diferenciación, del gesto, de lo humano.

En el contexto de esta red, hemos asistido a la aparición de nuevas prácticas sociales, económicas, políticas y culturales, en donde el mundo se habita desde lo virtual; los nuevos sistemas y artefactos técnicos que las habilitan como efecto de la dependencia mutua de la red globalizada, y que permiten estas nuevas prácticas, exhiben características ideales desde el hardware, en una vorágine de hiperconectividad, a disposición libre. Esta interfaz (dominada hoy por los teléfonos móviles), por un lado, y por otro la incertidumbre que nos produce el ser parte de una red (debido a la temida confidencialidad de los datos que allí se almacenan y su rastro), y la computación o procesamiento, la eficiencia en esta transmisión de datos, genera un performance que excede la escala humana, enmarcado en un cambio en la percepción del tiempo que acontece con mayor aceleración.

Esta manipulación hacia una percepción acelerada, a través de los medios electrónicos y una sociedad cada vez más cerca de la vigilancia total, generan un ambiente distorsionado de control, que sin duda acentúan nuestra percepción en el espacio en que habitamos y del tiempo que utilizamos. Por ejemplo, la utilización de radios inalámbricas; una determinada tecnología electrónica siempre va en coherencia con el uso de otros componentes electrónicos, que pueden llegar a un circuito electrónico complejo, más eficiente, con un performance múltiples. En el mundo de la ingeniería por ejemplo, es interesante ver que el uso de las radios va de salida; hoy los módulos GPS y GPRS pueden lograr configuraciones mucho más estables, seguras y de larga duración. Pero finalmente harán lo mismo que las radios: enviarán datos desde un emisor hacia un receptor, agregando la variable ubicación. Todo lo anterior nos posibilita el estar interconectados, pudiendo establecer redes de diversas topografías (estrella, malla, bus, anillo, etc.) y tipos (LAN, WAN, MAN, PAN, etc.). Pero al margen de cual sea su arquitectura, su evolución es constante: crece, cambia y se transforma. La red ya no es ese espacio en que salimos y entramos, la red ES el espacio en que eso (algo) ocurre. La red ya no es una herramienta con la cual podemos generar contenido, la red ES contenido. Es posible que la red ya no sea una interfaz, sino que la realidad lo sea, pues ese mundo virtual que habitamos, representa en tiempo real, mucho más que el tiempo que gastamos en habitar “el mundo real”. Dada la familiaridad con que nos movemos en Internet, los datos que en ella almacenamos, cómo nos relacionamos con los demás por medio de ella, los límites entre la red y nosotros es un asunto que cada día acerca más los términos “real” y “artificial”; el dispositivo poco a poco desaparece y la red se acerca a nuestro cuerpo de manera omnipresente e intangible (wi-fi público, pantallas por doquier, wearables, bio-controladores en el cuerpo, etc.). La experiencia de incrementar la inmersión cognitiva y sensorial en ambientes y estructuras de datos (Internet), resulta cada día un esfuerzo de agentes activos que diseñan dichos ambientes para que los usuarios puedan entrar en definitiva a otra realidad.

“Hay ojos por todas partes. No queda ningún punto ciego. ¿Con qué soñaremos cuando todo se haga visible? Soñaremos con ser ciegos” Open Sky, Paul Virilio.

Publicado en Qué Pasa

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