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El mes decisivo

29 de Febrero 2020 Columnas

Finalmente llegó marzo y si bien el calendario gregoriano nos recuerda que es el tercer mes del año, para todos los efectos, el año comienza recién ahora. Así ha sido desde siempre, pero este año lo será en mayor medida, porque lo que suceda en marzo marcará el resto del año y, probablemente, lo que ocurra en el año marcará las próximas décadas.

¿Cuáles son las claves del “primer” mes del año? Los destinos del temido mes se juegan en tres ámbitos: la violencia, la protesta social y la discusión política. Y hay un cuarto elemento inesperado: el coronavirus.

El apedreamiento al hotel O’Higgins fue una vuelta a la realidad en cuanto a la violencia. Una señal de que el verano había terminado. Y si bien durante el período estival hubo un grupo de violentistas con “turno ético”, lo cierto es que el verano fue relativamente tranquilo. Pese a todas las dificultades, la PSU se logró hacer, el fútbol se ha logrado jugar y en el Festival de Viña se pudieron entregar gaviotas. Así, con todas las dificultades, Chile no ha logrado ser paralizado. Pero su equilibrio es frágil. Tal vez, demasiado frágil.

¿A cuánta violencia nos veremos expuestos durante marzo? ¿Volverán las barricadas y los saqueos? ¿Repetiremos el Octubre Rojo? La capacidad que tenga el Estado de enfrentar el tema y la capacidad de los Carabineros de controlar el orden determinará cuánto Gobierno nos queda en Chile. Y si bien no es posible aventurar una respuesta, cinco meses de experiencia —una base de comparación demasiado mala— y expectativas que temen lo peor, paradójicamente, juegan a favor del Gobierno.

Respecto de la movilización social, hay todavía más dudas. No hay que olvidar que Chile vivió solo una semana de estallido social. Desde la quema del metro hasta los masivos cacerolazos y la marcha del millón de personas pasó una semana. De ahí en adelante, si bien se ha mantenido el mayoritario apoyo a las demandas, no se ha vuelto a ver esa efervescencia en las calles. Y es ahí donde el Gobierno se juega mucho. Porque dos o tres marchas de un millón son muy difíciles de sobrellevar para cualquier gobierno. En cualquier época. En cualquier lugar.

Está anunciado un profuso calendario de marchas —tal como se han anunciado con relativamente poco éxito desde que el país comenzó a arder (la “marcha más grande”, “la marcha decisiva”, etc.)—, pero el efecto político va a estar relacionado necesariamente con cuántos van. Mientras no se separe que una cosa es la violencia y otra la discusión política, la sociedad chilena se enfrenta a un problema mayor. Si algunos creen —como el presidente del PS— que para que un grupo de delincuentes, narcotraficantes o idealistas dejen de quemar, romper o saquear se requieren “respuestas políticas”, está equivocado. Las respuestas políticas son para las movilizaciones masivas; las respuestas policiales, para los actos violentos. Y aquello sigue demasiado difuso en Chile.

Respecto de la discusión política, ¿cuánto se puede esperar del Gobierno, cuánto del oficialismo y cuánto de la oposición?

El Gobierno, con la principal excepción de Briones, no ha logrado mostrar una estrategia ni un relato para la crisis. Se ve improvisación. Se ven dudas. Se ve amateurismo. Es cierto que el programa de gobierno ya es historia, pero a Piñera finalmente se le va a juzgar por cómo sea capaz de enfrentar el nuevo 8.8, y en ello no ha existido un programa de reconstrucción claro.

En el oficialismo se ha cometido el error —con la excepción de Evópoli, una pequeña parte de RN y la mayor parte de los alcaldes— de atrincherarse tras el Rechazo en el plebiscito. La renuncia ayer de Marcela Cubillos da cuenta de que la cosa va en serio y de la mano de una dama de hierro. El resultado de aquello no va a ser más que una batalla testimonial del sector, que lo va a obligar a asumir una derrota de proporciones y que lo puede dejar fuera de juego por un buen tiempo.

Por el lado de la oposición, el espectáculo ha sido variado. Desde el Partido Comunista, que cree estar jugando a la revolución del proletariado anunciada por Marx en 1848, hasta la Democracia Cristiana, que ha estado dispuesta a buscar acuerdos. Entremedio se han visto distintos matices, pero donde la mayor parte, en el fondo, parece estar bailando para tratar de pasar. La falta de condena real a la violencia, la falta de voluntad para llegar a acuerdos mínimos y la falta de coraje para aislar a quienes no creen en la democracia se ha apoderado de la mayor parte de la oposición.

Finalmente, es posible que llegue un invitado inesperado al “primer mes” del año: el coronavirus. En todos los países en los que ha llegado se ha apoderado de toda la agenda y es posible que en Chile ocurra lo mismo. Y luego. Tal vez la próxima semana. La pregunta es cuán grave será esto en el mundo y cuán grave será en Chile. El terror de los mercados avizora que hoy no abunda el optimismo.

Tal vez, dentro de la mala noticia que significa, el coronavirus sea la última oportunidad para mostrar al mejor Piñera, al que enfrenta los terremotos, al que rescata a los mineros. Una buena gestión, en caso de que se transforme en una crisis mayor, tal vez puede fortalecerlo, en cuyo caso será imposible no recordar la vieja consigna sofista de que la enfermedad no siempre es mala para todos (ya que el médico vive de los enfermos).…

Publicada en El Mercurio.

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