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¿El fin de la autoridad?

8 de Junio 2019 Columnas

Nunca en la historia fue más difícil ser autoridad. Jefes de gobierno resignados a tener bajo respaldo ciudadano, gerentes generales que rotan con una periodicidad sin precedentes, profesores que son desoídos y hasta amenazados por sus alumnos, padres que se desvelan tratando de educar a sus hijos.

Llevado al Chile de hoy, sin ir más lejos, es cosa de ponerse en los zapatos del fiscal nacional, o de quien encabeza una iglesia, o de algún comandante en jefe, o del presidente de un partido político, o de un gerente general de la industria del retail, o del director del Instituto Nacional. La lista es larga, casi interminable.

¿Qué está pasando? Una posible interpretación es que habría muchas personas ineptas o corruptas ocupando esos cargos. Y sí, desde luego que las puede haber, pero existen muchas más que son competentes y honestas. Por tanto, no estamos hablando de casos individuales, sino de un fenómeno extendido de autoridades que no están pudiendo cumplir bien su rol de dirigir.

Una interpretación alternativa es que se trata de un momento excepcional, de transición, como los ha habido antes en la historia, y que han supuesto enormes desafíos para las autoridades. Esta parece ser una interpretación más fundada, y si nos quedamos con ella, solo habría que esperar que estos cambios sociales y tecnológicos que estamos viviendo —o padeciendo— se morigeren para que volvamos a un mundo con más orden y certezas, en el que las autoridades sean nuevamente la luz que ilumina el camino. Sin embargo, no parece que eso vaya a suceder.

La interpretación más plausible es que este fenómeno de individuación, autonomía y empoderamiento ciudadano que venimos observando llegó para quedarse. Y si eso es así, tendremos un mundo cada vez más complejo y cada vez menos predecible; un mundo, por lo tanto, con más preguntas y menos respuestas, con más diversidad y menos uniformidad, con más voces y menos control, con más redes y menos jerarquía.

Si vivir en una realidad así, más líquida y menos sólida, es un desafío para todos, lo es especialmente para las autoridades, que son justamente las llamadas a satisfacer esa necesidad humana básica de certeza y seguridad. Para eso elegimos Presidente, para eso nombramos un gerente general, en búsqueda de eso es que un niño mira a sus padres.

¿Estamos entonces acercándonos al fin de la autoridad? La respuesta es no, porque ella es consustancial a todo grupo humano —y a todo grupo de mamíferos, de hecho—, que por definición requiere organizarse para funcionar. Pero sí estamos presenciando el fin del ejercicio de la autoridad como lo hemos conocido por varios miles de años. Y es que no puede ser de otra manera. ¿Cómo pretender dar una solución rápida a problemas cada vez más sistémicos que nadie entiende del todo? ¿Cómo alinear a los parlamentarios de un partido cuando ellos son presionados por múltiples actores a través de las redes sociales? ¿Cómo brindar seguridad a empleados que ven amenazado su trabajo con la automatización?

La realidad social y organizacional ha cambiado, pero la forma de ejercer la autoridad no lo ha hecho. Y si la democracia está siendo cuestionada, las instituciones están en crisis o las empresas están en problemas, es en gran medida debido a que quienes las dirigen no han sabido adaptarse en el ejercicio de su rol, y siguen actuando desde un paradigma más patriarcal.

En el extremo, esto conduce al populismo que hoy estamos viendo florecer en muchos lados, que no es el mismo de otras épocas, que tomaba la forma de asistencialismo. El de hoy se expresa en dar respuestas simples a problemas complejos. Eso es lo que trasunta la política internacional de Trump, basada en bravuconadas y plagada de mentiras que niegan la realidad, o el decreto de Bolsonaro que facilita la posesión de armas de fuego en su país. Y aunque no alcanzan para ser calificadas de populistas, las políticas empresariales que se quedan en la reducción de costos y no ponen acento en la innovación también son respuestas simples a desafíos complejos.

Nada de esto representa una solución real y sostenible, pero ayuda a la popularidad, porque frente a la incertidumbre las personas buscamos respuestas que nos brinden seguridad, aunque sea solo una ilusión. Más temprano que tarde, sin embargo, esas pseudosoluciones se prueban falsas, la popularidad cae, y las sociedades u organizaciones se van estancando o entrando en crisis.

¿Cuál es el desafío? Contrario a lo que muchos piensan, la respuesta a la incertidumbre no está en un ejercicio autoritario o carismático de la autoridad. Muy por el contrario, el desafío es enfrentar a las personas con la complejidad, exponiéndolas a las disyuntivas que aparecen, en lugar de hacerse cargo a través de soluciones simples que no las comprometen. Si un Presidente quiere generar progreso en su país, una solución fácil y cortoplacista es decretar alzas de aranceles; la difícil y sostenible es generar competitividad.

Estos desafíos complejos que hoy van siendo la norma, y para los que no existe una respuesta única, demandan autoridades visibles, y que estén dispuestas a plantear preguntas más que a dar respuestas, a involucrar en las decisiones más que a dar órdenes, a escuchar más que a dictaminar, a exponer el conflicto más que a ocultarlo, a generar aprendizaje a partir de los errores más que a castigarlos. Todo esto implica, desde luego, abandonar ese supuesto tradicional de la autoridad infalible, buscando alinear no desde una pretendida verdad, sino desde un propósito colectivo que promueva la autonomía y responsabilidad de los individuos.

No es el fin de la autoridad, pero sí el fin de la autoridad como la hemos conocido desde que comenzamos a dejar de habitar en pequeñas bandas de cazadores-recolectores y comenzamos a construir grandes civilizaciones. Mientras antes evolucionemos en adaptarnos a esta forma distinta de ejercer la autoridad, menos durará el dolor de la transición social que hoy estamos viviendo.

Publicado en El Mercurio.

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