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Conversaciones que faltan

5 de noviembre 2017 Columnas

Al leer La segunda transición.Conversaciones con Alejandro Foxley (“Conversaciones”), rápidamente se me vino a la mente el libro Conversación interrumpida, de Sebastián Edwards, y el sano contraste entre ambos libros. El de Edwards es un libro muy ágil y entretenido, lleno de vivencias, anécdotas y también nostalgias.

Refleja algunos fascinantes pasajes de la vida del autor, el economista chileno de mayor influencia e impacto académico a nivel internacional. Son chispeantes y profundos pedazos de memoria. En ‘ cambio “Conversaciones”, con las agudas preguntas de las periodistas Cony Stipicic y Cecilia Barría, que conducen y delinean el guión, es el testimonio de una gran trayectoria, o más bien trazos de la vida de Foxley. En el libro de Edwards borbotean los recuerdos y el lector se empapa de imágenes de una época. En el libro de Foxley, las periodistas luchan por sacar las anécdotas y los recuerdos. A ratos lo logran, pero en el background siempre está presente su genuina y permanente preocupación por el país. “Conversaciones” que parte con sus orígenes, pasa por Cieplan, sigue con el período de la transición y cierra con sus ideas para una segunda transición en Chile; es la visión personal y republicana de Alejandro Foxley.

De alguna forma la narrativa y las circunstancias de ambos libros también me recordaron la de dos grandes intelectuales: David Hume y Adam Smith. Guardando las proporciones, le bon Hume era un carácter chispeante, le gustaba pasarlo bien, escribía y pensaba como los dioses, y su vida estaba llena de anécdotas. Su correspondencia es fascinante y su propia autobiografía, escrita poco antes de morir, refleja su profundidad y sentido del humor. Smith, en cambio, era más parco y reservado. Por ahí nos confiesa con modestia que su vida fue “extreme/y uniform”. Aunque no fue así, también hay algo de esa sentida y auténtica humildad en “Conversaciones”. Una vida uniforme, por cierto. Pero, aunque el entrevistado no lo quiera reconocer, una vida mucho más entretenida y admirable. Hay en “Conversaciones” episodios tan sabrosos como importantes.

Hijo de padre marino, Foxley se crió y formó en una familia de clase media, estudió Ingeniería Civil Química, siguió un doctorado en economía y la vida se le fue abriendo con los guiños del destino. Se opuso a los Chicago Boys desde temprano, formó y lideró Cieplan ese enclave de libertad durante la dictadura, y participó en el gobierno de Aylwin como ministro de Hacienda. La realidad entonces cuando recién había caído el Muro de Berlín era difícil y confusa. No olvidemos que Erich Honecker pasó sus últimos días en Chile y poco después de su arribo, en enero de 1993 se vino el “boinazo”.

“Conversaciones” nos recuerda esa famosa frase de Aylwin cuando dijo “el mercado es cruel” y Foxley respondió: “La política es más cruel” (p. 73). También esa invitación a inaugurar un malí que Aylwin rechazó, pero que Foxley aceptó. Eran dos visiones y generaciones distintas que convergieron, con sus naturales diferencias, en un exitoso camino para el futuro de Chile.

Pero hay algo especial en esta generación de personas como Patricio Aylwin y esa tríada decisiva que formaron Foxley, Boeninger y Correa para convertir a Chile en el país que hoy tenemos. No es sólo ese pragmatismo propio del vilipendiado e incomprendido “en la medida de lo posible”. Es esa capacidad de ponerse en la situación del otro y entenderla. Es lo que Adam Smith definía como sympathy, la empatia que nos permite sentir con el otro y entender las circunstancias que motivan su conducta. Es lo que Chile ha perdido y necesita recuperar. En definitiva, es el fundamento de un liberalismo humano que proceres de nuestra historia como Alejandro Foxley, practicaban y conocían bien.

Hablando de esa gran tríada entre Foxley Boeninger y Correa que fue fundamental para la transición, Foxley nos cuenta cómo funcionaba ese equipo de trabajo. Confiesa que “nunca tuvimos una discrepancia, nunca, con ninguno de los dos. Jugábamos de memoria…Si uno se equivocaba, no es que el otro llegara a recriminar, jamás” (p. 73). En contraste, su diagnóstico de la política actual no puede ser más certero: “De pronto, los políticos se pierden en la polvareda y no ven claro hacia dónde ir” (p. 117), ya que “muchos hoy no tienen particular motivación, como sí la tuvieron en los primeros 25 años, de construir acuerdos.Perdieron una visión más permanente en el tiempo” (p. 119)

Foxley es crítico del diagnóstico al que rápida e irreflexivamente se subió la Nueva Mayoría. Esa ola de descontento no reflejaba “una crisis del modelo”, sino el aumento “de aspiraciones y expectativas” de una nueva clase media (p.151). Plantea que “la gente es mucho más sabia y tiene más sentido común que algún ideólogo que inventa una frase como la retroexcavadora” (p. 119). Y nos recuerda que “hay que gastar tiempo, mucho tiempo, en construir confianzas. La confianza es un tema central en la democracia” (p. 73).

Su llamado es a construir un “proyecto de futuro” que “requiere cooperación y colaboración” (p. 123). Aquí surge nuevamente la idea de la empatía, “ese ejercicio de escucharse es el primer paso para renovar el lenguaje y comunicarse mejor con la gente… Esta capacidad de escuchar al que piensa distinto, de colaborar y encontrar soluciones que bien podían no ser las óptimas” (p. 131). Para Foxley, el lenguaje y la comunicación son la clave. Esas son las preciadas armas de la empatía que nos permiten ponernos y entender la situación del otro. Es la forma de hacer política que cimentó el éxito de un hombre al que Chile le debe mucho y que sigue pensando en “…una mirada compartida de Chile en 2030” (p. 144). Es aquella mirada sensata y republicana que se ha perdido en la consigna y la descalificación simplona. En fin, es la oportunidad y el desafío que espera al próximo gobierno.

Publicado en La Tercera.

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