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Bolsonaro en Chile

28 de octubre 2018 Columnas

Varias cosas se han dicho acerca del fenómeno Bolsonaro. Por un lado, hay análisis que han apuntado, por ejemplo, al discurso global y cosmopolita del progresismo, el cual parece ignorar las -bien probables- crisis identitarias de EEUU, Brasil y gran parte de Europa. Otros hablan de una clase gobernante devenida en oligarquía, la cual ha sido incapaz de comprender su entorno. Otros se focalizan en los “activistas de twitter” quienes, perplejos, parecen reacios a considerar que el ciudadano promedio pueda estar más arraigado a la familia y a las tradiciones de lo que alguna vez se imaginaron. Sin embargo, esta fractura entre clase gobernante y clase gobernada –y los consecuentes movimientos que se aprovechan de ella– podría ser también analizada desde el prisma de la desafección.

El profesor emérito de Berkeley, Giuseppe Di Palma, asociaba la desafección a la sensación de anomia o aislamiento. En otras palabras, la entendía como una enajenación de sentimientos que conllevaba alejamiento y desavenencia por parte de los ciudadanos. Esto no deja de ser interesante, pues en la década de los 70’s -cuando su trabajo más referido fue lanzado- las alternativas para participar de los asuntos públicos no eran las mismas de hoy. Por lo mismo, si las vías formales de participación se consideraban ineficaces en aquellos tiempos, era bastante previsible la consolidación de una especie de “apatía ciudadana”.

Sin embargo, las nuevas generaciones y las actuales vías a través de las cuales uno puede participar de las discusiones públicas son muy distintas a las de 4 décadas atrás. Por lo mismo, la desafección -entendida ahora como el rechazo (algo visceral) a la política convencional- no necesariamente se traduce en los tiempos modernos en un alejamiento ciudadano de los asuntos públicos.

Si analizamos los últimos resultados de la encuesta P!ensa esto se hace algo más patente. Mientras un 70% de los porteños declara estar interesado en los asuntos públicos del país, sólo un 17% dice estarlo en la política (¡como si fueran cosa distinta!). Los motivos que subyacen a esta paradoja podrían ser varios, pero la disociación entre la clase dirigente y los dirigidos parece ser siempre el eje en torno al cual se articulan. Y es que, aunque no tengamos el Lava Jato brasilero, la ciudadanía sigue asociando a la corrupción a una serie de instituciones basales del sistema sociopolítico chileno (tribunales, congreso, partidos o iglesias). Así las cosas, es comprensible que la ciudadanía esté profundamente interesada en lo que suceda en su entorno y que, sencillamente, no le guste llamarlo “política”.

El gran problema es que, como ya podemos vislumbrar, este desprecio por las vías convencionales de participación política no sólo se traduce en una buena o mala evaluación de las autoridades de turno. Sin ir más lejos, la misma encuesta P!ensa nos muestra que un 64% de los habitantes de Valparaíso declaran estar insatisfechos con el funcionamiento de la democracia, que el 89% desconfía del Congreso y que, incluso, un 31% de los encuestados se abre a la posibilidad –por preferencia o por indiferencia– de tener un gobierno autoritario.

La sensación de que el sistema no responde ante las verdaderas prioridades ciudadanas podría haber devenido en apatía hace 4 décadas. Hoy, en cambio, puede bastar un discurso anti-establishment y un par de nuevas herramientas para articular y canalizar ese desprecio visceral por la política convencional. Viéndolo de esa forma, quizás en Chile no estemos tan lejos del fenómeno Bolsonaro.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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