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Prevención y tratamiento de la depresión

26 de octubre 2018 Noticias

En el marco del Conversatorio en Salud Mental: Prevención y Tratamiento de la Depresión organizado por la Escuela de Psicología y apoyado por el Proyecto Interno Redes UAI de Joaquin Gaete que se adjudicó este año gracias al Programa de Apoyo a la Investigación UAI 2018, estuvo por primera vez en Chile el Dr. William Beardslee quién expuso sobre: “El argumento para  la prevención de la depresión en las familias: Nuevas oportunidades y nuevas colaboraciones“.
En este contexto es que El Mercurio entrevistó a nuestro invitado en la siguiente nota: 

Con más de 40 años dedicados al estudio de la depresión a nivel infantil, el doctor William Beardslee quiere dejar claro un mensaje: “Es una condición muchas veces malentendida, sobre todo en niños”. Tener en cuenta esto, enfatiza, es un primer paso para poner atención a este problema, tratarlo o, en el mejor de los casos, prevenirlo.

“Comencé a investigar este tema en los años 70 porque había muy pocos trabajos al respecto y mucha gente decía que los niños no se deprimían. El estigma que aún afecta a la depresión en adultos también está presente en los niños; muchos padres que tienen hijos con depresión no lo dicen. Eso es entendible porque en parte se sienten culpables y porque temen que eso los perjudique”, precisa el experto.

Investigador y profesor en Psiquiatría Infantil de la Universidad de Harvard y director emérito del Departamento de Psiquiatría del Hospital de Niños de Boston, Beardslee está de visita por primera vez en Chile. Ayer participó como panelista en el seminario “Prevención y tratamiento de la depresión”, organizado por el Instituto Psiquiátrico Dr. José Horwitz Barak y la Escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Resiliencia

La presentación de Beardslee se centró en parte de lo que ha sido su trabajo estos años: el riesgo de depresión en niños con padres que tienen este trastorno. “Si pensamos en causas de la depresión infantil, una de ellas es la historia familiar. En EE.UU., alrededor del 20% de la población tendrá depresión en algún momento de su vida, y en niños con padres depresivos este riesgo se duplica”, afirma.

El experto ha desarrollado una breve intervención, conocida como Family Talk -que también se aplica en Chile-, diseñada para ayudar a las familias a hablar con sus hijos acerca de una o las enfermedades mentales de ambos padres, como una forma de prevenir trastornos en el niño. Al contrario de los temores de muchos padres, las investigaciones muestran que esta conversación no solo brinda una sensación de alivio a los niños -que a veces se sienten culpables por lo que viven sus padres-, sino que también disminuye sus dificultades psicológicas a largo plazo.

“Los padres, aun cuando tienen depresión, están muy preocupados de la situación de sus niños y son capaces muchas veces de advertir que su hijo tiene también depresión”, precisa.

Al respecto, Beardslee explica que “los síntomas clásicos son similares, pero los niños son diferentes a los adultos”. Así, puede haber síntomas más sostenidos, como más negatividad, menos felicidad, habilidades sociales más pobres, menor autoestima y peor respuesta al estrés.

Si bien los niños con padres depresivos tienen un mayor riesgo, un aspecto que ha sorprendido a Beardslee y sus colegas es que muchos de ellos son resilientes. Conocer más al respecto puede ayudar a desarrollar intervenciones preventivas en otros menores. “Hemos visto que lo hacen bien porque tienen buenas relaciones sociales, entienden que no es su culpa lo que les pasa a sus padres y quieren ayudarlos, entre otras cosas”.

Junto con la carga familiar, otros factores causantes de depresión infantil son perder a un ser querido, la exposición a violencia, la pobreza y también la exigencia académica. “Los niños hoy en día están sometidos a una tremenda presión para destacar, y ellos también quieren hacerlo bien”.

Si bien es una de las patologías mentales más tratables, enfatiza Beardslee, no hay que olvidar que la depresión también es prevenible, y eso implica desarrollar hábitos que favorezcan una buena salud mental, como el ejercicio y una buena alimentación, así como implementar a nivel de la sociedad medidas para reducir otros riesgos, como la violencia o la falta de recursos.

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