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Washington, Teherán y la guerra

6 de Enero 2020 Columnas

Antes de su asesinato, pocos sabían con claridad quien era y qué rol cumplía el general iraní Qassim Suleimani. Hoy, todos hablan de él y especulan respecto a lo que podría transformarse, nuevamente, en un conflicto a gran escala en Oriente Medio. De hecho, mientras usted lee esta columna, Estados Unidos ya ha comenzado el despliegue de miles de tropas para reforzar su presencia en Iraq. La verdad es que pocos meses atrás, en medio de las tensiones marítimas en medio del Estrecho de Ormuz, sucedía algo similar; el planeta veía con preocupación las maniobras militares tanto de Irán, Gran Bretaña y, por supuesto, de Los Estados Unidos. Una guerra entre Teherán y Washington se veía posible, sobre todo después que la administración Trump decidiera dejar sin efecto, y de manera unilateral, el acuerdo nuclear multilateral firmado por las administraciones de Barack Obama en Washington y Hassan Rouhani en Teherán (JCPOA). Afortunadamente, en ese momento, la diplomacia y el análisis de costos estratégicos logró mantener la paz.

Hoy, a diferencia de aquellas difíciles semanas, no se espera una posible escalada de tensiones diplomático-militares producto del asedio a busques petroleros, sino que una agresiva respuesta del aparato militar iraní. El punto es que se ha llevado a cabo la que parece ser, al menos simbólicamente, la operación militar estadounidense más importante desde el asesinato de Osama Bin Laden en Paquistán en 2011.  Bajo las órdenes de Donald Trump, se ha atacado en Bagdad, a una de las figuras militares más prominentes del régimen de los Ayatolas. Qassim Suleimani, miembro de la Guardia Revolucionaria Islámica desde su fundación en 1979 y líder, desde 1998, de la Fuerza Quds; el brazo armado llamado a coordinar y ejecutar todas las operaciones militares internacionales de la misma, no sólo en Oriente Medio, sino que alrededor del planeta. Washington bombardeó quirúrgicamente y desde un dron, el convoy de Suleimani que salía del aeropuerto de Bagdad. En simple, Estados Unidos, luego de ser amenazado (solo días atrás) en su embajada en Iraq, llevó a cabo una maniobra militar y de inteligencia, en un país con el cual aun tiene relaciones diplomáticas, para asesinar al que era, probablemente, el segundo hombre más poderoso del régimen iraní, después de Ali Khamenei, líder supremo de la República Islámica de Irán. En medio del caos político sirio, lugar dónde Irán ha jugado un rol fundamental, sobre todo al mantener en el poder a Bashar al-Assad, y así también en un Iraq fracturado por luchas sectarias entre musulmanes sunnitas y shiítas, además del asedio turco en el Kurdistán, una maniobra militar de esta envergadura puede generar consecuencias inconmensurables.

Al parecer, esta era una operación militar planificada con muchísima antelación y Suleimani era, sin duda, un blanco importantísimo para Washington, sobre todo si se trataba de enviar un mensaje de poder a los ayatolas. Recordemos que bajo la administración de Donald Trump, se designó a la Guardia Revolucionaria Islámica como un grupo terrorista y, por ende, Suleimani lideraba la lista de terroristas más buscados por Estados Unidos. Podríamos discutir los efectos de esta designación general, pero el análisis sería demasiado extenso. Lo importante, de todas formas, es que fueron las posibles repercusiones de una operación así, lo que pudo haber disuadido, tanto a George W. Bush como a Barack Obama, a no tomar el camino de la confrontación directa frente a la República Islámica de Irán. Los costos podían ser muy altos, y no particularmente por el poder militar convencional iraní, sino que por su poder en la articulación de milicias irregulares en Iraq, Siria y Yemen. Considerando las marcadas diferencias entre el poder militar convencional estadounidense e iraní, Teherán sabe muy bien que su estrategia de conflictos asimétricos puede ser mucho más efectiva para desangrar los esfuerzos militares estadounidenses en Oriente Medio. De hecho, la incombustible ocupación militar estadounidense en Afganistán e Iraq, desde 2001 y 2003 respectivamente, ha obligado a Estados Unidos a replantear por completo sus políticas de intervención militar en Oriente Medio; también sus formas de combatir en un escenario de cambios permanentes en el carácter de la guerra.

Pero claro, recordemos que Donald Trump es el actual ocupante de la Casa Blanca y que, como ha quedado demostrado, su política internacional ha sido bastante caótica. Pasando por discursos aislacionistas, ha intentado desmarcarse de la ocupación militar en Afganistán e Iraq. Y así, los resultados de esto han terminado, entre otros, en un crecimiento del poder de Hezbollah (más que en El Líbano, en Siria), una compleja posición de Arabia Saudita (que también ha debido enfrentar ataques de fuerzas pro iraníes, no sólo en Yemen sino que también en sus propias plantas petroleras), una supuesta extinción del Estado Islámico (en territorio, pero no en ideología), un marcado resurgimiento de al-Qaeda y la grandilocuente operación militar turca sobre territorio sirio ordenada por el presidente Erdogán.

Consideremos además, que Donald Trump ha sido el tercer presidente de la historia de los Estados Unidos en ser sometido a la presión de un impeachment, todo esto, ad portas del inicio de su campaña de reelección. No está de más decir que en Estados Unidos, importantes operaciones militares e incluso guerras, han fortalecido la imagen de gobiernos debilitados.

Publicada en Emol.

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