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Vivir sin Whatsapp

10 de Octubre 2021 Columnas

La escena la repetimos muchos: poco después del mediodía, el teléfono inexplicablemente ha dejado de recibir y enviar Whatsapp. La primera reacción es asumir que, de manera coordinada, nos están haciendo la “ley del hielo”. A continuación, cerrar y abrir la aplicación, poner el teléfono en modo avión, encender y apagar y volver a encender y apagar. He aquí el primer rasgo del hombre del siglo XXI, ensimismado, asumimos que somos los únicos con este problema. Y, junto con él, un segundo aspecto de la naturaleza humana, esa necesidad instintiva de estar en contacto con otros, el hombre como animal social del que hablaba Aristóteles.

Ocurrido un tiempo prudente, una vez que asumimos que no somos solo nosotros, mientras esperamos que el sistema se reactive, hay que apelar a otras redes sociales: Facebook, que ya parece un repositorio de viejos amigos e Instagram, en tanto, un mall virtual. Pero ambas redes, para pánico de muchos y angustia de otros, también están caídas.

Frente a este colapso, no queda más que volver a la época en que la comunicación virtual fluía a través de los emails. Otros, en cambio, recurren al viejo y querido teléfono que ha sido relegado por estas redes sociales.

Reflexionando, lo interesante es que no hemos alcanzado a estar una década utilizando Whatsapp y este sistema hoy parece estar monopolizando la forma de comunicarnos en todo el mundo. En muy poco tiempo, los mensajes reemplazaron el uso de los celulares, como éstos, a su vez, lo hicieron con el teléfono fijo. Y los emails con los faxes. El teléfono jubiló al telegrama como forma rápida de comunicación y éste, por su parte, al correo tradicional.

No solo cambia la manera como nos comunicamos, sino también la disposición de emitir y recibir mensajes. En el caso de Whatsapp, nos abruma la inmediatez, la necesidad de estar siempre conectados, enviando o recibiendo, nos vamos adaptando a nuevos ritmos, aunque cada vez más estresantes.

La caída de las redes es una buena oportunidad para escribir esta columna y pensar que, antes de la llegada del teléfono, estábamos condicionados por el ritmo del cartero que, salvo casos excepcionales funcionaba, en la mayor premura, de un día para otro, a veces un par de días y si era del exterior, una semana.

Tarde o temprano, las noticias llegaban igual. Hasta la invención del telégrafo, había que esperar días, semanas y meses para conocer un determinado acontecimiento. Ya desde la Gran Guerra de 1914, los periódicos tuvieron la capacidad para informar al día siguiente lo que había sucedido en el frente europeo. Si retrocedemos un poco, vemos que, por ejemplo, del Combate Naval de Iquique del 21 de mayo de 1879, las primeras noticias se conocieron en el puerto de Valparaíso recién el día 23. Cuarenta años antes, el triunfo de Chile contra la Confederación Perú Boliviana, ocurrido el 20 de enero de 1839 en Yungay, fue publicado en las páginas de este mismo diario recién un mes después, exactamente, el 20 de febrero.

Podemos retroceder todavía más en el tiempo. Durante el siglo XVII, un barco demoraba, de manera aproximada, setenta días en cruzar el Atlántico para llegar a Buenos Aires desde Cádiz. De la capital Argentina a Valparaíso eran, nada menos que 80 días. A partir de esto, podemos inferir que, para conocer una noticia sucedida en el Viejo Continente, debían transcurrir cerca de seis meses.

Un último ejemplo. Es bastante conocido que Pedro de Valdivia vivía en concubinato con Inés Suárez. El conquistador (de tierras y corazones) había dejado a su esposa Marina Ortiz de Gaete en España, hecho que fue denunciado por sus enemigos: “Duermen en una cama y comen en un plato”, decían, por lo que la Corona los obligó a separarse. A partir del juicio, ambos se vieron obligados a separarse y Suárez se casó con otro español, amigo de Valdivia, mientras que Ortiz de Gaete viajó a estas tierras a acompañar a su esposo, como correspondía en esa época. ¿A dónde voy con esta perorata? Pedro de Valdivia fue asesinado el 25 de diciembre de 1553 y la pobre Marina se embarcó rumbo a Chile un mes después. Un Whatsapp, un telefonazo, un email, un fax o un telegrama le habrían ahorrado el mal rato de tener que arribar a estas tierras inhóspitas donde ya no estaba su infiel marido, debiendo convivir con Inés Suárez y con la vergüenza de haber sido engañada.

Después de esta larga reflexión, comienzan a llegar los primeros mensajes, imagino que a algunos, mucho más que otros. Los menos populares culpamos a Mark Zuckerberg de habernos borrado algunos mensajes en la pasada. Ha sido el tiempo suficiente para escribir una columna, mientras mis amigos asumen que, restaurado el sistema, los voy a aburrir con mis columnas, memes y stickers.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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