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Una buena columna

5 de Octubre 2020 Columnas

A través de distintos medios me han llegado ofertas de cursos realizados por interesantes y diversos personajes sobre cómo escribir columnas. Por un lado, esto me preocupa, alguien me está queriendo mandar un mensaje. Por otro, a nadie la ha interesado conocer mi opinión. Lo que no impide que, aunque con pocos años en este rubro, pueda reflexionar sobre este proceso que se ha puesto tan de moda en este último tiempo, producto del encierro.

Puede ser solo una percepción, pero la crisis ha aumentado el interés por la lectura y el análisis y, además, ha envalentonado a algunos que se han lanzado en el arte de escribir. Me han llegado columnas de familiares y amigos de quienes, hasta hace poco, dudaba que supieran leer. Una gran cosa. No está de más recordar la frase que le habría dicho Andrés Bello a Diego Barros Arana: “Escriba no más joven, que en Chile nadie lee” (y vaya que se lo tomó a pecho).

En esta línea y siguiendo a Aristóteles, no hay mejor forma de aprender a hacer algo que haciéndolo. Puede ser parecer obvio, pero la única forma de aprender a escribir una columna, es escribiéndola (yo espero lograrlo pronto y que la mayoría de mis lectores siga vivo para ese entonces).

La primera recomendación, no obstante, antes de escribir, es tratar de leer, ocupar por lo menos el doble de tiempo del que uno utiliza escribiendo, en leer a otros autores. Hay muchos columnistas que escriben más de lo que leen y eso se nota, para mal, obviamente.

Ahora, qué debe tener una buena columna desde mi punto de vista. El primer requisito esencial es tener una hipótesis, una idea principal que debe ser demostrada a través de una argumentación lógica y ordenada. Junto con esto, un inicio atractivo y una conclusión que cierre el tema (por favor, no ocupe de ejemplo esta columna).

Desde el punto de vista práctico, deje que la columna repose. No la lea apenas la termine e idealmente pídale a otro, que no sea su mamá o su abuelita, que la lea y se la comente. Todas mis columnas, salvo las de Wanderers, han pasado por el ojo crítico de mi señora. Una “dracona” de los puntos y las comas. Vayan para ella mis agradecimientos por la enorme paciencia que ha tenido durante estos últimos años, revisando y corrigiendo los mismos errores.

Otro requisito fundamental es abrir la cabeza del lector. La mayoría de las veces, las columnas apuntan a reafirmar las ideas de un determinado sector. Aquí hay bastante de autoengaño, nos gusta o disgusta un columnista no tanto por la claridad de sus ideas, sino por lo cercano que esté a mi propio pensamiento. En el fondo, me gusta porque dice justo lo que pienso.

Por el contrario, me parece que una tarea honesta por parte de un buen columnista, salvo que quiera hacer propaganda, es tratar de presentar al menos dos puntos de vista distintos, una posición diferente que acompañe a la propia. Aunque, en este caso, no se me ocurra cuál podría ser una opinión distinta.

Pero lo más importante de una columna, sin duda, es hacer pensar al lector. Entregar las herramientas para que él pueda reflexionar acerca de algo por sus propios medios. Moverle el piso, para que pueda pensar respecto de algo o alguien. En esta línea, cada vez que leo una columna, trato de preguntarme si me entregó algo nuevo. Si uno pudiera sacudir y dejar que caigan las ideas nuevas, imaginar si algo caería. En esta misma línea, un buen ejercicio, es saber cuántas columnas recuerda o, como las películas, cuáles podría volver a leer, solo por el placer que produce esa lectura.

Finalmente, cuando haya escrito una columna y esté orgulloso de ella, dese una vuelta por los diarios españoles, lea, por ejemplo, a Arturo López-Reverte y se dará cuenta de que todavía queda mucho que aprender.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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