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Un museo que resguarda y hace historia

30 de Octubre 2022 Columnas

A inicios de 1832, en una de las tantas cartas que le conocemos, Diego Portales comenta a su amigo Antonio Garfias, que el francés Claudio Gay estaba pronto a regresar a su país. Durante el tiempo que había estado en Chile, cuenta Portales, había gastado más de $150 pesos en pagar un peso por cada objeto que le habían presentado: “Con esto ha puesto en alarma a todos los muchachos que trasnochan buscando pescaditos, conchas, pájaros, cucarachas, mariposas y demonios (…) el dueño de la posada donde reside está loco, porque todo el día hay en ella un cardumen de muchachos y hombres que han en busca de mr. Gay siempre que sale a la calle, los muchachos le andan gritando mostrándole alguna cosa: Señor, esto es nuevo, nunca visto; Ud. No lo conoce; y anda más contento con algunas adquisiciones que ha hecho, que lo que Ud. podría estar con $100.000”.

Lo que no lograba entender un comerciante como Portales era el inicio de una revolución científica que se había lanzado desde fines del siglo XVIII a la conquista intelectual del mundo, explorando, observando, analizando, experimentando, aprendiendo y aprehendiendo todo cuanto se podía abarcar. Claudio Gay no estaba solo. Agustín Codazzi, Alcide d´Orbigny, Martin de Moussy fueron algunos de los exploradores europeos que arribaron con el mismo entusiasmo de Gay a Venezuela, Bolivia, Perú y gran parte de Sudamérica. Fue la misma época en que Charles Darwin, a punto de ser rechazado por el capitán del Beagle por la forma de su nariz, amasó una de las teorías más revolucionarias de la historia de la humanidad.

Reflexiono sobre esto a raíz de un nuevo aniversario del Museo de Historia Natural de Valparaíso (144 años). Eduardo de la Barra, junto a otros intelectuales de la época, dio inicio a este espacio que continuó el camino trazado por Gay en crear un reservorio de la historia natural del país y, además, una fuente de conocimiento para las futuras generaciones.

Aunque el mérito de su fundación recae en De la Barra, hay que destacar en este camino la abnegada labor que cumplió Carlos Porter como su director (1897-1911), transformando el museo en algo más que un repositorio de cosas raras. Porter fue un autodidacta que se especializó en la entomología y que reunió las bibliografías más importantes de época relacionada con estos temas. Gracias a sus investigaciones, fue investido como doctor en una decena de universidades extranjeras. Entre los múltiples reconocimientos, está el haber sido incorporado como Miembro Honorario de la International Faculty of Science de Londres y en Francia, su revista fue premiada por la Academia de Ciencias de París. Por esta razón, su fallecimiento, ocurrido hace 80 años, provocó un profundo pesar en el mundo científico.

A juzgar por los testimonios de la época, su personalidad calzaría con la de un científico ensimismado en su labor: “solitario, sin cordialidad, ajeno por temperamento a las luchas cívicas y problemas nacionales”, eran algunos de los supuestos defectos que se le atribuían y que compensaba con una “portentosa capacidad de trabajo, amor infinito a la verdad” y un desinterés profundo por lo bienes materiales. Esto se hacía patente en la publicación de la revista chilena de Historia Natural que más de alguna vez fue financiada de su propio bolsillo. A ello se sumaban cientos de charlas de divulgación, transformando a Porter en un profesor Maza de aquellos tiempos.

Parte de su legado fue haber dejado en manos del botánico John Juger Silver la dirección del museo, quien debió lidiar con una institución que no contaba todavía con una sede definitiva. Estuvo 57 años en el cargo de director, hasta que un ataque al corazón, a cuadras del museo, que se ubicaba en Playa Ancha, terminó con su vida. Pasarían muchos años para que esta institución encontrara su residencia definitiva en el Palacio Lyon (1988).

Desde las cucarachas que recolectaba Gay hasta la colecciones digitales y reproducciones tridimensionales de su página web, el Museo de Historia Natural de Valparaíso, aunque distinto del que soñó De la Barra, sigue siendo fiel a la misión para la que fue creado, como fuente de conocimiento, educando a generaciones de estudiantes y como un bastión cultural que resiste en el puerto.

  Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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