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Un ministro en urgencias

21 de Junio 2020 Columnas

Una semana cumplió ya Enrique Paris al mando del Ministerio de Salud. Siete días en los que las polémicas no están estado ausentes y en los que las comparaciones respecto de su forma de trabajar y la de su antecesor, Jaime Mañalich, han marcado agenda.

Más allá de las diferencias, se trata de un ministro que llegó a hacerse cargo de la cartera sin posibilidad de tener luna de miel, sin un tiempo de ajuste que le permita aterrizar de a poco, pues la urgencia de la crisis sanitaria no tiene pausa y requiere de un ministerio que funcione como reloj.

Parte de esa urgencia tiene que ver, por cierto, con medidas tangibles, que permitan mejorar la gestión que el Ejecutivo ha realizado en torno a la batalla contra el Covid19, la que hasta ahora ha sido catalogada como insuficiente por distintos sectores, partiendo por el Colegio Médico, el mismo que antiguamente lideró Paris.

Pero no es solo la gestión. El combate al coronavirus pasa también por la mejora de las relaciones entre el ministerio que encabeza la lucha y las distintas organizaciones que tienen algo que decir sobre la materia y que ciertamente pueden aportar en el debate. Y en eso, Paris ha marcado una diferencia concreta con su antecesor, Jaime Mañalich, que en reiteradas ocasiones y por distintos actores, fue catalogado de soberbio y autoritario, y acusado de no escuchar a nadie que no estuviera en su misma sintonía.

Paris partió de manera distinta. Comenzó reuniéndose con diversos actores, que se habían instalado en las antípodas de Mañalich, como el Colmed (con quien el exministro nunca quiso conversar) y Espacio Público, mostrando así que –al menos  en un inicio- está dispuesto a escuchar y a considerar la experiencia.

Aunque partió señalando que su gestión es de continuidad, lo cierto es que sus primeras intervenciones también marcaron la diferencia con su antecesor, con un claro cambio en el tono de sus intervenciones públicas. Así, evitó las frases polémicas, triunfalistas y fundacionales –como que el virus puede mutar y “convertirse en buena persona” o “la nueva normalidad”-, y prefirió aclarar que no tiene la verdad absoluta sobre el desarrollo de la pandemia, con afirmaciones como que “no vamos a hablar ni de peak ni de meseta, eso lo veremos de forma retrospectiva; uno no puede dar una respuesta ahora” o “estamos pasando por una situación difícil y en esa situación no puedo, ni nadie puede, hacer un pronóstico con exactitud de cuánto va durar y cuánto se va mantener”.

En sus primeros días, el jefe de la cartera mostró serenidad y mesura, dos conceptos que se extrañaban en medio de la pandemia y de la incertidumbre que el virus ha causado en la ciudadanía. Además, ha tenido la capacidad de aclarar rápidamente y sin grandes artilugios las polémicas que se han suscitado en redes sociales a propósito de la hibernación y  de las acusaciones de haber utilizado la estrategia de la “inmunidad de rebaño”, haciendo énfasis en las medidas que se han tomado durante estos ya cien días de crisis.

Pero todavía queda mucho paño que cortar. En momentos en que la ciudadanía sigue con un doble estándar peligroso –por una parte, afirman estar asustados de un posible contagio en las encuestas, pero por otra, no respetan las cuarentenas ni el toque de queda-, el ministro deberá aunar voluntades y ser capaz de transmitir la necesidad de que los chilenos hagan suya la decisión de mantenerse en sus casas y de evitar los contagios. Misión nada fácil, cuando –por ejemplo- en la última encuesta Cadem, un 72% reconoce haber salido de su casa en cuarentena y un 85% cree que los chilenos no están siendo lo suficientemente responsables ante esta crisis. Para qué hablar de las imágenes que inundan los matinales, mostrando cómo en la Región Metropolitana las fiestas y desórdenes siguen estando a la orden del día.

La arena política no será tampoco un terreno fácil para Paris: debe lograr instalarse como un actor válido y con liderazgo frente al segundo piso de La Moneda. Un mundo en el que no tiene tantas redes y soporte político como lo tenía Mañalich. La tarea no será fácil, pues ya desde La Moneda se ha dejado entrever que las grandes decisiones se tomarán desde Palacio y no desde la sede del Minsal.

Paris tendrá que demostrar, en lo político y en lo técnico, que el “sacrificio a los dioses” de haber dejado caer a Mañalich, fue una apuesta acertada en medio de tanta incertidumbre y que es capaz de actuar en la urgencia, conciliando posturas, pero sin dejar de lado el apuro por manejar una pandemia que –hasta ahora- va ganando el gallito al gobierno.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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