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Sorpresa en las nubes de Venus

15 de Septiembre 2020 Columnas

Venus es el objeto más brillante en el cielo después de la Luna y el Sol. Es por esto que ha capturado por milenios la atención de muchas civilizaciones.

Aquí mismo en Chile, en la cosmovisión mapuche, el Wünelfe o portador del amanecer, aparece como un símbolo importante en la bandera que ondeaban los guerreros de Arauco, e incluso Bernardo O’Higgins lo incluyó en la bandera que se izó en la firma de la independencia.

La cercanía de Venus con la Tierra explica en parte el brillo de Venus, sin embargo, la principal razón es su atmósfera. Los planetas y las lunas no generan luz propia, a diferencia de las estrellas, por lo que el brillo que percibimos es debido a que reflejan la luz del Sol. Este reflejo se conoce como albedo, y varía para cada planeta según la composición de su atmósfera. En el caso de Venus, la atmósfera compuesta por ácido sulfúrico y cristales ácidos hace que la luz rebote fácilmente de la superficie de la atmósfera, reflejando al menos un 70% de la luz del Sol. Como comparación, la Luna, que aparece más brillante en el cielo, sólo tiene un albedo del 10%, y se ve más brillante porque está mucho más cerca que Venus.

Esta semana la atmósfera de Venus la ha hecho “brillar” más de lo usual en los titulares de las noticias. Se reportó la presencia de la molécula de fosfina (compuesta de hidrógeno y fósforo) en las nubes de Venus, a unos 50 km de altura.

Un resultado que deja muchas interrogantes. En la Tierra, la fosfina tiene dos fuentes: procesos industriales y microorganismos que viven en ambientes con poco oxígeno. Encontrar la fosfina en las nubes venusianas es un resultado totalmente inesperado y los investigadores a cargo realizaron un análisis exhaustivo de posibles mecanismos fotoquímicos y geológicos, pero ninguno de ellos logra explicar la cantidad de fosfina encontrada.

Y es aquí donde el asunto se pone interesante, ya que una de las posibles explicaciones es la presencia de microorganismos en la atmósfera de Venus que están produciendo esta molécula. Ciertamente un resultado así nos acercaría bastante en la búsqueda frenética de encontrar vida fuera de la Tierra. Hasta ahora, ningún científico ha querido especular más allá y todos han sido muy cuidadosos en evitar afirmar que la fosfina es la evidencia directa de vida en Venus, sino que sólo es una de las posibilidades. Por supuesto, la más interesante.

En un contexto actual donde proliferan las fake news científicas, la comunidad ha tenido especial cuidado en no caer en sensacionalismos. Una de las científicas parte del equipo que anunció el descubrimiento e incluso fue más allá en declarar que “invitaba a la comunidad científica a que le mostraran todos los errores que cometió”. Ese tipo de actitudes escépticas son indicadores de una buena práctica científica, donde los resultados se debaten y se ponen a prueba.

Por su similitud en tamaño y masa con la Tierra, Venus es nombrado como la “hermana gemela”, aunque una mejor descripción sería la hermana infernal. Su superficie rocosa alcanza temperaturas de alrededor de 450ºC (ideal para cocinar una pizza burbujeante), debido a un efecto invernadero extremo y una presión atmosférica 90 veces mayor que la Tierra.

Por estas razones, este planeta nunca había sido un gran candidato en la búsqueda de formas de vida, como sí lo ha sido Marte. De hecho, la sonda Perseverancia (Perseverance, en inglés), lanzada este año, tiene como misión buscar indicios de vida ancestral bajo la superficie de Marte.

En el caso de Venus, sólo había que cambiar el foco hacia las nubes. A la altura donde se encontró la fosfina, las condiciones son mucho más placenteras, con temperaturas agradables de entre 20ºC y 30ºC y una presión atmosférica como la de la Tierra, aunque cualquier microorganismo que elija quedarse ahí debe resistir el ácido sulfúrico que domina las nubes.

En nuestro propio planeta existen algunos microorganismos que resisten condiciones extremas, llamados apropiadamente extremófilos.

Estos pueden ser la clave ya que se adaptaron a estas condiciones, evolucionando con capas externas protectoras. Una teoría para los microorganismos posibles en Venus, es que existían en las superficie cuando las condiciones eran mejores, hace unos 700 millones de años atrás. Pero cuando el planeta se secó, migraron a las nubes.

Esta teoría está basada en lo que conocemos de la Tierra, pero bien puede ser que sean mecanismos totalmente desconocidos para nosotros. Todas estas preguntas ponen presión a las agencias espaciales para enviar una misión a Venus. La última misión fue hace décadas. Esta debería ser una sonda – siguiendo la tendencia de sustantivos, sugiero que se le de el nombre “Sorpresa”- que transite por las nubes y que, incluso, tome muestras y vuelva a la Tierra.

Ello podría entregarnos la evidencia final para poder entender lo que ocurre, pero eso no será en el corto plazo. De momento, desde la Tierra tendremos que aceptar la incertidumbre y seguir haciendo ciencia para entender los mecanismos -biológicos y no biológicos- de producción de fosfina.

La fosfina ya había sido propuesta como un marcador de vida en el estudio de atmósferas de planetas rocosos fuera del sistema solar o exoplanetas. Desde los años 90 esta disciplina se ha desarrollado rápidamente, y hoy sabemos que la presencia de planetas extrasolares es algo común en nuestra Galaxia.

Ciertamente, entender la fosfina en nuestra hermana infernal es fundamental para la próxima era de la ciencia en la cual estaremos clasificando los planetas de acuerdo a los elementos indicadores de posible vida en lugares remotos.

Si algo hemos aprendido en este loco año 2020 es que pasamos de creer que teníamos todo bajo control o casi descifrado, y súbitamente la naturaleza nos sorprendió con algo inesperado. A veces estas sorpresas cambian el ritmo de nuestras vidas y nos llevan a cuidarnos en nuestras casas. Otras, nos hace ponerle atención al lucero de la mañana.

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