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Siria y las dimensiones del conflicto

11 de Abril 2017 Columnas

Existen muchas dimensiones sobre las cuales podría discutirse la profunda crisis que ha destruido gradualmente la estabilidad política de Siria contemporánea. Esto, en particular desde los inicios de la denominada ‘Primavera Árabe’ hace ya más de seis años. Una de ellas, y por lo demás la más gráfica de todas, se refiere a la catástrofe humanitaria que ha resultado de una cruenta guerra civil, seguida por la emergencia de una diversidad de poderosos grupos islamistas radicales (entre ellos el, autodenominado Estado Islámico de Siria y el Levante, originado en Irak y consolidado en Siria a partir de contextos bastante particulares). La tragedia de la emigración forzada, traducida en el tránsito itinerante de miles de refugiados en busca de auxilio en gran parte de Europa y el mundo, es un ejemplo vivo del sufrimiento cotidiano al cual ha sido sometido gran parte del pueblo sirio.  

Así además, existe una dimensión geoestratégica que determina -obviando muchas veces este constante sufrimiento humano- la acción práctica no sólo de actores políticos regionales, sino que también de los grandes poderes involucrados en la constante inestabilidad geopolítica de Oriente Medio. Sabemos, por lo tanto, que la guerra civil siria es mucho más que una crisis interna. Esta es, por el contrario, un eje central en la mantención o modificación total de los equilibrios de poder entre una diversidad de actores internacionales. Sería apresurado, por lo tanto, afirmar que la guerra civil siria es un mero reflejo de una tortuosa relación política entre Estados Unidos y la Federación Rusa en Oriente Medio; o bien que ésta sólo se entiende a partir de la pugna permanente entre Irán y Arabia Saudita por el control de esferas políticas, ideológicas, económicas y religiosas en gran parte del Levante. En efecto, si cometiéramos el error de centrar nuestro análisis en visiones limitadas, perderíamos de vista la multiplicidad de causas de este conflicto y, por lo tanto, una comprensión más completa de sus múltiples efectos.   

Por lo tanto, ¿qué rol asume en esta crisis el discurso irredentista de la Turquía de Erdogan? ¿Debe ser el problema del Kurdistán y sus vinculaciones con la inestabilidad fronteriza entre Siria y Turquía un elemento esencial a considerar? ¿Qué papel juega en este contexto la crisis climatológica y el control de los recursos hídricos en Irak y Siria? ¿Cómo entender, bajo esta óptica, el papel de Hezbollah, su apoyo ideológico-militar al régimen de Bashar Al-Assad y la tensión casi insoportable generada entre el autodenominado ‘Partido de Dios’ y el Estado de Israel en la frontera sur del Líbano? ¿Cómo entender el gradual debilitamiento territorial del Estado Islámico de Siria y el Levante bajo la óptica del combate internacional frente al terrorismo jihadista global? ¿Qué rol juega en todo esto la reestructuración de al-Qaeda en Yemen y su presencia en Siria? ¿Cómo ponderamos el rol de la República Islámica de Irán y su Guardia Revolucionaria en la estabilidad regional de Oriente Medio?

 Desafortunadamente, muchas de las respuestas a estas preguntas podrían avizorar un conflicto supra-regional, sobre todo en un escenario de marcada incertidumbre en las relaciones internacionales, bajo el foco de lo que pareciera ser una reacomodación de los paradigmas de política exterior estadounidense de la mano de Donald Trump. Ahora bien, ¿cómo se ha definido la historia del Oriente Medio contemporáneo en contextos similares a este? Tomemos para ello un solo ejemplo.         

Existe un cierto grado de acuerdo en el análisis historiográfico respecto a que la Guerra de los Seis Días en 1967 –enfrentamiento que posicionara a Israel frente una confederación de Estados árabes liderados por el Egipto de Nasser- fue un conflicto que todos los actores involucrados intentaron evitar a toda costa. En una era nuclear y en plena Guerra Fría, ni Washington, Moscú, Jerusalén, El Cairo, Damasco o Beirut podían ver en un conflicto militar una posible solución a una escalada insostenible de tensiones políticas. En principio, el sentido estratégico imperante planteaba que un conflicto militar no sólo podía precipitar una crisis regional que afectaría la precaria estabilidad geopolítica del Levante (sobre todo después de la crisis de Suez de 1956), sino que se podría desencadenar el inicio de un enfrentamiento global entre Estados Unidos y la Unión Soviética; ambos alineados con Israel o una variedad de países del mundo árabe, respectivamente.

Hoy sabemos que las tensiones regionales y el rol de las dos superpotencias en este conflicto culminaron con una operación militar que se resolvió en menos de seis días, eclipsando un eventual enfrentamiento global entre Washington y Moscú, y con la consolidación de Israel como el actor militar más importante de Oriente Medio. También sabemos que la guerra de junio de 1967 representó la culminación de una escalada gradual de tensiones particulares, mal manejadas por los actores involucrados en ella y que explicitó el papel esencial de ‘lo imponderable’ en los conflictos internacionales.

¿Estamos entonces en un escenario similar al de 1967? Creo que más allá de las particularidades de cada contexto, es necesario comprender que tal como en aquel conflicto, la sucesión constante de problemáticas puntuales permite, desafortunadamente, profundizar la desconfianza entre los actores involucrados y legitimar la acción militar como un signo de prestigio. El reacomodo de la política exterior estadounidense para con Oriente Medio, el revisionismo ruso de Putin, el alcance del poder regional de Irán, el discurso irredentista turco y la permanente justificación ideológica radical de las insurgencias islamistas, permiten comprender esto con mucha mayor claridad.

Luego del último bombardeo con armas químicas sobre decenas de inocentes, la consiguiente reacción militar de Estados Unidos y las posteriores advertencias rusas e iraníes a Washington, se han vuelto a dibujar líneas rojas que, de cruzarse, podrían significar una escalada militar sin precedentes en nuestra historia reciente. La sobrevivencia del régimen de Al-Asad infiere, por lo tanto, mucho más que un problema regional; representa una posible redefinición de intereses en una diversidad de actores con agendas propias. El problema, como siempre, es como controlar las fronteras de lo impredecible. Hoy por hoy, todo está por verse.

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