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¿Qué se le puede pedir a los partidos?

18 de junio 2018 Columnas

A mediados del 2016, el ex presidente Ricardo Lagos declaraba que “la ciudadanía no estaba confiando ni en las instituciones ni en los actores políticos”, hablaba de una crisis de legitimidad y, en concreto, la calificaba como la peor que ha vivido Chile.

Pese a que esta visión de Lagos fue calificada de apocalíptica y fatalista, la entonces presidenta Michelle Bachelet, ante la Organización de las Naciones Unidas, también reconocía que el mundo pasaba “por una crisis que ya se extiende desde hace años”, la cual se había incluso agudizado. En su visión, eso generaba una crítica ciudadana contra las instituciones políticas, que no parecían capaces de “representar a la ciudadanía”

Rodrigo Vergara, entonces presidente del Banco Central, tenía una lectura similar a la de los mandatarios. En una ruidosa entrevista también concedida aquel 2016, señalaba que los bajos niveles de confianza estaban relacionados, en parte, “con que se han puesto en tela de juicio una serie de instituciones”.

Ese año parecía complejo. La insatisfacción ciudadana pocos la podían negar, sobre todo considerando la otrora revolución pingüina del 2006 y la reciente movilización estudiantil del 2011. El ciudadano estaba disgustado y lo había hecho sentir en diversas ocasiones. Sin embargo, lo que preocupaba a Lagos, Bachelet y Vergara parecía ir más allá que la mera disconformidad. Todas sus lecturas se relacionaban, más bien, con elementos subyacentes asociados a cierta anomia y apatía, a una fractura entre las elites y la ciudadanía. Eso parecía englobar la desconfianza de la que hablaban.

Pese a que el impacto de SQM, CAVAL y PENTA ya no parece ser el mismo que hace dos años, sería ciertamente irresponsable sostener que la disociación entre las estructuras políticas y los votantes se ha superado (sin ir más lejos, basta ver el problema político que ha supuesto el movimiento feminista). Por eso mismo, es necesario dedicar esfuerzos a la identificación de herramientas que nos permitan generar ciudadanos más afectos y cercanos.

El domingo pasado, el Partido por la Democracia (PPD) escogía al ex Canciller Heraldo Muñoz como su presidente nacional, obteniendo, además, 4 de los 6 vicepresidentes electos. Así mismo, por estos días distintos actores del Partido Radical (PR) han comenzado a viajar por el país buscando apoyo para sus propias elecciones internas. Por la otra vereda, en la Unión Demócrata Independiente (UDI) también parecen haber comenzado a trabajar en la conformación de los pactos que competirán en diciembre de este año.

Independiente de las luchas internas que se darán – y que se están dando – en los diversos partidos, urge saber si estas organizaciones se han tomado en serio el rol que podrían jugar en la reconstitución de la confianza. Esta pregunta no es baladí, especialmente si consideramos las pugnas internas y los escándalos que se han conocido esta semana.

Sólo días antes de la elección interna del PPD se celebraba en Santiago un debate entre los 3 postulantes a la presidencia del partido. Llegó sólo un candidato y 8 asistentes. Esa es la apatía, anomia y lejanía que subyace a las declaraciones de Lagos, Bachelet y Vergara. Por eso, y muchas otras razones, queda esperar que el capital político conquistado por algunos actores se comience a utilizar en función del fortalecimiento del capital social y no sólo para dar respuesta a sus usuales requerimientos clientelistas.

Lindo desafío para las nuevas directivas que llegarán.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

 

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