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Roger Scruton: escéptico y realista

22 de Enero 2020 Columnas

Murió Roger Scruton, uno de los intelectuales más influyentes del último tiempo. A pesar de que no compartimos muchas de sus ideas, leerlo será siempre un placer, por su sabiduría, agudeza y fina ironía. Era un férreo defensor de la supremacía del individuo por sobre cualquier colectivo y, como tal, defendió fuertemente las bondades de la tradición occidental, lo que le costó el exilio del establishment universitario. Fue tergiversado y denostado, pero no hubo intelectual serio que no haya terminado por reconocer, aunque sea a regañadientes, su excepcional talento e inteligencia.

Además de académico —con obras sobre estética, arquitectura, cultura y filosofía tanto continental como británica—, fue un intelectual público. Escribió más de 50 libros, dos óperas, cuentos y novelas. Fue un activo defensor de la sociedad libre y lidió fervientemente contra quienes buscaban destruir la sociedad civil, las instituciones occidentales y la importancia de la responsabilidad. Una de sus últimas columnas, “Una apología del pensamiento”, la escribió luego de la difamación que hizo de él un joven de la revista New Statesman al publicarle una entrevista completamente descontextualizada, generando un escándalo que desembocó en la destitución de Scruton como presidente ad honorem de una comisión patrimonial británica —donde fue restituido luego de revisarse las grabaciones—. En esa columna describió cómo el mal uso del lenguaje y la opinión de moda —y las redes sociales— están impidiendo pensar y debatir. Como conservador, criticaba el mundo contemporáneo —ciertamente la arquitectura—, pero no construía «monos de paja» como hacen quienes tergiversan todo, e intentan hacernos creer que el liberalismo sería incompatible con la comunidad y volvería imposible toda altura moral. Era un gran defensor de la Ilustración y la democracia liberal. Fue un escéptico —basta leer su libro “Las bondades del pesimismo”—; un realista antes que un idealista utópico; y un reformista que preguntaba a la tradición y la historia.

La diversidad, profundidad y amplitud de temas que trató —desde crítica de vinos hasta estudios sobre Spinoza y Kant— revelan su amor por la vida y la libertad de pensamiento, en oposición a la existencia gris, mediocre y políticamente correcta que imprime la vida estándar e irreflexiva. Preocupado por las modas y por el hecho de que «las ideas se hacen famosas por su impacto, no por su verdad» —como dice en su libro “Locos, impostores y agitadores. Pensadores de la Nueva Izquierda”—, destacó por su honestidad intelectual, característica propia de quienes entienden que estar en descuerdo no es motivo para odiar, sino para empezar a dialogar. Finalizó el año pasado con una columna titulada “Mi 2019”. Allí escribió que “al acercarse a la muerte, uno empieza a entender qué sentido tiene la vida, y ese sentido es la gratitud”.

Publicada en La Segunda.

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