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Reflexiones sobre Carmela Carvajal

22 de Mayo 2022 Columnas

Entre las historias notables que recuerdo de mi abuela, estaba el relato de cuando conoció a Carmela Carvajal. Sí, la esposa del héroe del 21 de mayo, Arturo Prat. Siendo muy niño, no me preocupé por preguntar más detalles, pero quedé con la idea de que, a mi abuela, la viuda de Prat no le causó una buena impresión, de hecho, la percibió como una mujer bastante seria y hasta un poco arrogante.

Sacando cuentas, mi abuela nació en 1913 y la tuvo que haber conocido antes de 1931, fecha en que falleció Carmela. Debe haber sido un encuentro distante, entre una adolescente vivaz y alegre y una mujer en el ocaso de su vida.

No quiero disculpar a la viuda de Prat ni hacer una defensa de esta noble mujer, sería inoficioso. Carmela Carvajal destacó no por ser divertida, sino por su temple frente a la adversidad y desinterés por aprovecharse de la buena fama de su marido.

Hay que ponerse en el lugar de Carmela. Se casó a los 21 años, tuvo tres hijos y sufrió la peor desgracia que le puede ocurrir a una madre: la pérdida de un hijo, en este caso, Carmela de la Concepción. Terrible tragedia que tuvo que soportar sola por encontrarse Prat en comisión de servicio.

Carmela Carvajal fue una fiel entusiasta de que Prat siguiera la carrera de leyes esperanzada de que, con el título en mano, iba a abandonar la marina e iba a radicarse como abogado en Valparaíso. El destino y la voluntad de Prat quisieron otra cosa el 21 de mayo de 1879. Carmela Carvajal, pasada la euforia que se provocó en la población una vez que se conoció la gesta, debió haber vivido con sentimientos encontrados. Por un lado, el orgullo patrio; por otro, la pena, bastante más natural y humana, del marido que prefirió seguir embarcado por el amor a Chile y a la Armada, antes que ser otro abogado en el puerto. Fue ese camino el que llevó a Prat a transformarse en un héroe y a ella en su viuda.

Como si este pesar no fuera suficiente, tuvo que aceptar, a regañadientes, que la tumba de Prat se convirtiera en un mausoleo público, un espacio donde no iba a poder visitarlo ni entablar un diálogo espiritual con su marido.

Carmela quedó viuda con dos hijos cuando tenía 28 años. Tuvieron que transcurrir otros 62 años antes de fallecer. De seguro, soportó todo este tiempo con la fe del buen cristiano de que iba a reencontrarse con su hija y, por supuesto, su marido.

En el anecdotario de Carmela Carvajal aparecen dos hechos llamativos. Primero, el incendio que sufrió la casa donde vivía en Valparaíso el año 1881, específicamente, en calle Condell. Ahí se quemaron numerosos objetos de Prat y, según se cuenta, arriesgó su vida para salvar el retrato al óleo de su marido que le había regalado el Colegio de Abogados luego del combate.

El segundo hecho fue el atropello por un vehículo particular en el centro de Santiago, el 16 de agosto de 1924, pero sin más consecuencias que el fuerte golpe y algunas magulladuras en la cara. Carmela, al igual que los de su generación, nació en un mundo sin autos, donde los caballos solían detenerse por instinto y en el que la velocidad no era un problema.

Por esas curiosidades del destino, siete años más tardes, el mismo día en que había sido atropellada, Carmela Carvajal falleció en la capital. Al día siguiente, el lunes 17 de agosto de 1931, la prensa dio cuenta de su deceso y le dio la cobertura que correspondía. Según se informó, aun cuando se conocía de un estado de salud delicado, optó por almorzar con sus nietos, hasta que comenzó a sentir algunos dolores que no supo explicar: “Desgraciadamente, a las dos y cuarto de la tarde dejaba de existir víctima de un ataque de angina y rodeada del afecto de todos sus nietos y parientes más cercanos”.

Como era de esperar, la noticia duró varios días. Se rescató la gesta de Prat, los primeros años de su mujer, las hermosas cartas que se escribió con su marido, el gesto del comandante Grau hacia la viuda y sus últimos años. Por fin, después de tanto tiempo, saludos, cartas, ceremonias, desfiles y reuniones en donde todos la observaban y juzgaban (mi abuela incluida), Carmela Carvajal, por fin, podía descansar.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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