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“Ramos de más”

17 de Julio 2018 Columnas Profesores

En los últimos días se ha generado una interesante controversia a propósito de la opinión de un lector que alertó sobre la gran cantidad de “ramos de más” que sus hijos habían debido cursar, alargando innecesariamente las carreras e incrementando la carga de trabajo y el costo para los padres.

La reflexión es interesante, porque pone en el centro del debate cuál es el tipo de formación que deben tener los estudiantes en la universidad. Se desprende de los dichos del lector -y probablemente es compartido por una parte de la población- que los estudiantes debieran recibir solo aquellas herramientas que les serán “útiles” en su futura labor profesional.

La pregunta que cabe hacerse, entonces, es cuáles son esas herramientas. ¿Se les debe enseñar solo ingeniería a los ingenieros, solo economía a los economistas o solo códigos a los abogados? Si se optara por esa opción, lo que estaríamos haciendo es formar a una persona en un oficio. Tal como a los esclavos se les enseñaba en la antigua Grecia.

El problema de esta alternativa es doble.

Por una parte, tal como le ocurre al esclavo, una formación de esa naturaleza no le permitiría superar el enfoque fragmentario del conocimiento ni desarrollar una visión de “sistema”, donde las conexiones y las mutuas influencias entre las partes jueguen un rol central. Por otra parte, la cada vez más rápida obsolescencia de los conocimientos y su amplitud imposible de abarcar hace que al poco tiempo parte de los conocimientos profesionales “útiles” estén obsoletos.

Para evitar lo anterior, las mejores universidades del mundo han reafirmado su compromiso de una formación general, basada en las Artes Liberales, que -en el caso de Estados Unidos, por ejemplo- se complementa más tarde con una especialización profesional.

En Chile, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos, se ha optado desde hace décadas por una educación especializada. De esta forma, se han formado profesionales competentes en áreas específicas, pero sin un sentido amplio y sofisticado, lo cual se hace cada vez menos compatible con el desarrollo futuro y tiene consecuencias tanto en la vida profesional como en el sustento de las sociedades democráticas.

En última instancia, los empleadores necesitan personas con habilidades técnicas, pero también necesitan que esos profesionales sean conscientes de las complejidades humanas. Y los países necesitan de ciudadanos que hagan un correcto ejercicio de la libertad, para evitar de esa forma ser manipulados por ideologías o totalitarismos que pongan en jaque la vida en común.

La formación en Artes Liberales, complementada con la formación profesional, parece dar la respuesta más adecuada para enfrentar el desafío de la educación universitaria. En este sentido, un padre debiera estar tranquilo de que, aunque su hijo estudie ingeniería, una discusión abierta en torno a las ideas de Platón, Shakespeare o Nietzsche, lejos de ser una pérdida de tiempo, puede ser una buena forma de evitar que ese hijo se transforme en esclavo en un mundo donde la esclavitud está abolida.

Publicado en El Mercurio.

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