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Ponce, LerouLerou

9 de Junio 2018 Columnas

El inescrupuloso “rey del salitre” es un personaje controvertido. Se hizo del control de la mayor parte de la industria salitrera sin haber realizado una inversión significativa. Y parece bastante probado que repartió dinero a raudales entre congresistas y periodistas.
¿De quién estamos hablando?
Nada menos que de John Thomas North, el empresario inglés del monopolio del salitre de finales del siglo XIX.
North obtuvo sus mayores ganancias producto de la Guerra del Pacífico, al hacerse de la mayoría de las salitreras que cambiaron de nacionalidad como resultado del conflicto. Diversos historiadores durante el siglo XX mostraron el gran poder corruptor sobre los políticos que tuvo este empresario.
“La historia no se repite, pero rima”, decía Mark Twain.
Y vaya cómo rima en este caso. Y, tal vez, cómo se repite…
Julio Ponce Lerou es, sin duda, el nuevo rey del salitre. El emperador. El yernísimo. “El padrino” de la política chilena.
En 1980, siendo su suegro Augusto Pinochet, asumió la gerencia de empresas de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo), cargo por el que ocupó numerosas presidencias de empresas estatales, entre ellas la Sociedad Química y Minera de Chile (SQM). A finales de la década de los 80 logró convertirse en el controlador de SQM a través de las sociedades “cascadas”.
Parece claro que el origen de su control de Soquimich es espurio. El resultado, sin embargo, es notable. Logró transformar a SQM en una empresa de las grandes ligas. Es que en Ponce Lerou se exacerba esa doble mirada que tenía Adam Smith de los empresarios: el creador de riqueza por una parte y el -muchas veces- “opuesto completamente al bien público” por otra.
En el caso de Ponce Lerou solo basta con recordar los últimos capítulos. En 2013, en medio de cuestionamientos formulados por los accionistas minoritarios, la Superintendencia de Valores y Seguros de Chile formuló cargos en su contra por la responsabilidad que le cabía en diversas operaciones realizadas “de modo recurrente y coincidente”.
Y más tarde se supo lo que era un secreto a voces: que en SQM cobraban mesada políticos de todas las tendencias. Eufemísticamente, se le llamó “financiamiento irregular” para dar cuenta de algo mucho más profundo que aquello. Algo que lo acercaba a North y que no fue más que una repartija de platas por doquier, a cambio de “afecto” y algo más.
Ponce Lerou, antes de estudiar ingeniería forestal, cursó un año de medicina, donde probablemente alcanzó a aprender que en las operaciones se necesita mucha precisión y que para no dejar rastro de la cirugía se requiere tener buen pulso. A diferencia del resto de los casos que involucraron a los empresarios chilenos -donde las entregas de plata se hacían con boletas, timbres y a plena luz del día-, Ponce Lerou supo siempre de la necesidad de dormir vestido y con la pistola debajo de la almohada. No hay un solo correo electrónico. Ni una sola huella que lo implique a él. Nada. Y su fiel escudero, Patricio Contesse, cargó con todas las culpas. Y las culpas están terminando siendo licuadas en la justicia.
El capítulo de esta semana -la discusión sobre si Ponce podía o no tener un rol de asesor- es uno más de una larga historia. Un capítulo menor y, probablemente, algo absurdo. Bitran no fue suficientemente claro en sus múltiples apariciones. El ministro Valente tuvo inicialmente una torpe reacción, justificando a Ponce, y horas más tarde tomó distancia.
La discutible cláusula que estableció Bitran cuando estaba a cargo de Corfo era simplemente cosmética.¿Alguien podría pensar que Ponce Lerou, sin oficina en SQM, no seguía teniendo injerencia en la empresa? Más aún si -de acuerdo a lo que declaran los propios directores de empresas chilenas- un porcentaje significativo de las decisiones se toma fuera del directorio.
Si Ponce Lerou podía seguir siendo controlador y podía mantener la propiedad, entonces la famosa cláusula no era más que una cosa simbólica. Y a Ponce los símbolos le importan. Por eso esta semana decidió volver triunfante a las oficinas de SQM. Y dejar en claro, una vez más, quién es el rey.
Ponce ha salido con la suya. Y le ha hecho al país “leru-leru”. O más bien, “Lerou-Lerou”.

Publicada en El Mercurio.

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