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Percepción de movilidad social y crecimiento

16 de Enero 2020 Columnas

Diversos antecedentes sugieren que la percepción de movilidad social estaba deteriorándose en Chile, incluso antes del 18 de octubre. Por ejemplo, la Encuesta Bicentenario UC mostraba que en 2019 (en terreno entre el 1 de julio y el 17 de septiembre) un 35% de los chilenos creía que la probabilidad de que un joven inteligente pero sin recursos pudiese ingresar a la universidad era muy o bastante alta. Diez años antes, ese porcentaje alcanzaba a un 52%. En el mismo período, la proporción que señalaba que la probabilidad de que una persona de clase media pudiese llegar a tener una muy buena situación económica fuese muy o bastante alta cayó desde 49 a 24%.

Esta percepción no tenía una correspondencia evidente en la realidad. Así, por ejemplo, la tasa de cobertura neta en educación superior para el primer quintil de ingresos subió, según Cedlas, desde un 2,7%, en 1990, a un 21,5 %, en 2009, y luego a un 36,5 %, en 2017. El salario por hora, al nivel de la mediana y según Casen, subió un interesante 2,7% anual entre 2009 y 2017.

En estos años, la desigualdad salarial se redujo significativamente y alcanzó el año 2017 el nivel más bajo desde 1990; por cierto, desde niveles aún muy altos. Con todo, según un estudio de la OCDE, Chile es el país perteneciente a esta organización que más ha reducido en la última década su desigualdad salarial; gran parte de los demás han experimentado un aumento. Otro estudio de la misma organización sostiene que Chile es el único de sus integrantes donde claramente se observa en este período que el acceso al trabajo aumenta la probabilidad de pertenecer a la clase media.
En el resto, salvo en dos donde la variación es marginalmente positiva, el cambio en esa probabilidad es cero o negativa.

La literatura especializada sugiere que las desigualdades, las que sabemos son elevadas, se toleran si las percepciones sobre movilidad y meritocracia son razonablemente altas. Si no es así, se producen cambios en las opiniones de la población. Quizás esto explique, por ejemplo, que en la misma Encuesta Bicentenario haya subido desde un 30%, en 2012, a un 43%, en 2019, el acuerdo respecto de que todos los ciudadanos deben recibir la misma ayuda. Al mismo tiempo, en este período disminuyeron desde 43 a 35% los ciudadanos para quienes la ayuda del Estado debe destinarse a los más vulnerables. Ahora bien, nada de esto resuelve la aparente paradoja.

Pero si se escudriña más exhaustivamente la evidencia, comienzan a aparecer algunos antecedentes reveladores. En primer lugar, si bien los salarios promedio por hora han estado al alza, entre los más educados se observa un leve retroceso. En efecto, entre 2009 y 2017 el salario promedio por hora de las personas con educación terciaria completa se redujo a un ritmo promedio anual de 0,6%. Por supuesto, hay un efecto composición en esto, toda vez que ha ido creciendo el número de jóvenes con este nivel educativo.

De hecho, la proporción de personas asalariadas con estudios superiores finalizados creció desde un 13%, en 1990, a un 30%, en 2017. Pero ello no hace desaparecer la incomodidad. Se complementa este fenómeno con la evidencia que provee Mifuturo.cl de una reducción, desde 2013-2015, en las tasas de empleabilidad de los egresados de la educación superior en su primer año. En efecto, en 2016-2018 esta tasa era cinco puntos porcentuales más baja.

Por supuesto, hay mucha heterogeneidad entre programas y universidades, pero la tendencia es relativamente generalizada.
Esta realidad seguramente es parte del deterioro en la percepción de movilidad y quizás explique otros fenómenos que observamos.
Es altamente probable que la desaceleración del crecimiento económico esté reduciendo la velocidad de absorción de los nuevos egresados, dando cuenta de la realidad descrita.

En una perspectiva comparada y de largo plazo, los números de crecimiento de Chile son menos buenos de lo que habitualmente se cree. El ingreso per cápita del país ha crecido, desde la recuperación de la democracia, a una tasa anualizada promedio de 3,2%. La gran parte de los países más desarrollados que nosotros exhibieron en las primeras tres décadas, después de alcanzar el ingreso per cápita que teníamos en 1989, expansiones más aceleradas.

Alemania, Países Bajos y España, por ejemplo, crecieron a un promedio anualizado de 4,1; 3,9 y 3,5%, respectivamente. En Asia, los desempeños son aún superiores: Japón, Corea del Sur y Taiwán elevaron su ingreso per cápita, después de alcanzar el nivel de Chile en 1989, a un promedio anual de 4,2; 4,9 y 5,1%, respectivamente (estas cifras provienen del proyecto Maddison). La aceleración del crecimiento es fundamental para ir resolviendo varios problemas —por supuesto, no todos— que se han ido acumulando.
Sin embargo, este propósito se olvida demasiado rápido en el debate público.

Publicada en El Mercurio.

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