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Oposición en la medida de lo posible

13 de Abril 2019 Columnas Profesores

Una bomba de racimo explotó en la oposición. La Democracia Cristiana se allanó a discutir la reforma tributaria, desatando la ira entre sus concubinos de techo opositor.

“Votaré a favor de la idea de legislar, pero tengo claro que todas las otras cosas las votaré en contra”, adelantó uno de los diputados DC en aquella polémica sesión. Y más allá de lo discutible de aquello, es claro que rechazarla idea de discutir parecía una total insensatez. Pero el hecho político no fue ese. El hecho político fue la rebelión de las ovejas. La rebelión de la DC. “No se puede confiar en la DC”, declamó Giorgio Jackson, haciendo alusión a la etiqueta más clásica para descalificar al partido de la flecha. Que son amarillos. Que no son “ni chicha ni limoná”. Que estuvieron contra Allende y que estuvieron contra Pinochet. Que, en definitiva, no son confiables… Pero eso es solo parcialmente cierto. La DC ha transitado en la cornisa del juego democrático durante toda su historia. Pese a ello, su hoja de antecedentes es probablemente la más limpia de la política chilena. Ni legitimó la violencia como los socialistas ni desprecia la democracia como los comunistas, ni creció al amparo del dictador como RN y la UDI, ni usa pañales como el Frente Amplio.

El problema es que en los últimos años la DC había caído en la total irrelevancia, forzados a convivir primero con comunistas y luego con frenteamplistas, quienes ante todo los desprecian. La política de los matices de Ignacio Walker y sus pistolas de agua no solo no fue suficiente, sino que la condenó a la irrelevancia. Por eso es que el solo hecho de volver a hablar de la DC ya es una novedad. Como decía Oscar Wilde, “hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”. Y de la Democracia Cristiana no hablábamos hace rato.

Después de haber tenido 2 millones de votos en 1989, después de tener dos presidentes seguidos, se fue extinguiendo poco a poco su fuerza y se fue llenando de contradicciones internas. Y eso se explica por tres problemas que son estructurales.

Hace algunos años me tocó almorzar una vez con un alto personero de la Fundación Konrad Adenauer. Todo el almuerzo habló en alemán (con una eficiente traductora). La única frase en castellano que aventuró —con un claro acento alemán y bastante enojo— fue: “Democracia Cristiana, centroderecha en todo el mundo, salvo en Chile”. Y ese es su primer problema: la DC chilena está desalineada con los partidos democratacristianos del mundo.

El segundo problema es su composición: los militantes son mucho más de izquierda que sus votantes. Eso explica que los votantes históricos, hace rato, ya se fueron a la derecha. Los dirigentes y la mayor parte de los parlamentarios, en cambio, hace rato tiran hacia la izquierda. Entremedio, un grupo de antiguos dirigentes anhelan —en medio de polvo y naftalina— un pasado glorioso. La revolución en libertad, la patria joven, el gana la gente.

El tercer problema es electoral. Y es la espada de Damocles que tiene el partido por delante. El “camino propio” fue posible en la última elección de diputados y senadores, pero no será posible en la elección de alcaldes y gobernadores, ya que por el sistema electoral mayoritario le significaría perder casi todo. Así, la DC se enfrenta a la paradoja del cuchillo de Rubén Darío (“si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata”): Si se queda con el Frente Amplio y comunistas, se muere; si va por el camino propio, se mata.

El Gobierno ganó la semana pasada por partida doble. Evitó el bochorno de que la reforma tributaria llegara hasta aquí y metió una cuña en la oposición, lo cual es siempre bienvenido. Pero la cuña llegó a la propia DC. Y ahora la paradoja es que tres diputados anuncian que evalúan la continuidad de su permanencia en el partido. Es decir, luego que el año pasado se fueron por la derecha las Marianas, los Gutenberg, ahora se empezarán a ir por la izquierda. Y al final ¿quién quedará?

Pero hay una cosa clara: en el metro cuadrado de esta semana, la DC ganó. Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual y el partido volvió a recuperar su rol de bisagra. Jugar en adelante ese partido es su única alternativa. Con doble rol, con dos almas, con bisexualidad. Estar con la oposición sin estar con ella, apoyar al Gobierno sin apoyarlo. Es un juego difícil, con muchos riesgos, pero es el único que le refrenda su identidad. Es el único que le permite subsistir. El honorable diputado DC José Miguel Ortiz se enojó el miércoles y le dijo irónicamente al presidente comunista de la comisión: “Puta que tenemos poca ética, puta que hemos sido poco con la oposición”. Un buen resumen para lo que se vivió esta semana y un buen resumen de lo que se ha vivido en los últimos cinco años. Una gran ironía. No sería raro que, recordando el tango cambalache, terminemos viendo llorar los libros de Maritain junto a un calefón.

Publicada en El Mercurio. 

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