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El “new rich” chileno

7 de mayo 2018 Columnas

¿Qué tienen en común Steve Jobs, Jeff Bezos, Bill Gates, Larry Page o Mark Zuckerberg? Por supuesto, ser emprendedores que han revolucionado la forma en que vivimos. Pero también haber partido sin fortuna y hoy estar en cualquier lista de las personas más ricas del mundo. Se trata de auténticos “new rich”. Ellos se suman a un largo registro de personajes que encarnan el llamado sueño americano y que, por lo mismo, son sujetos de reconocimiento y admiración transversal.

En Chile el “nuevo rico” puede ser visto con bastante menos entusiasmo. No solo desde la mirada inquisidora de sectores de izquierda. También desde el púlpito de cierta elite tradicional, como más de alguna vez me ha tocado ser testigo. Bajo su prisma, el nuevo rico -ese individuo de fortuna rápida que trepó a la cúspide de la pirámide en apenas una generación- es mirado con cierta sospecha, cuando no con clasista desdén. La máxima gravada en piedra pareciera ser: mientras más añeja tu fortuna, tanto más valiosa.

La distinción entre esta forma de ver las cosas y la del sueño americano no es inocua. Refleja de qué manera el mérito es valorado en un caso u otro. Porque si de mérito se trata, uno debiera rendirle un homenaje a quien hizo fortuna rápido, máxime si partió desde abajo. Y es que detrás de esa historia de creación de riqueza hay una de talento, esfuerzo y emprendimiento, atributos que todos quisiéramos promover.

Hacer gárgaras de la riqueza de rancio cuño y nada más que eso, implica jactarse de algo sin más mérito que el del meritorio antepasado que forjó fortuna. Uno que, por supuesto, también fue “new rich” en su tiempo. Tal vez sea cierto ese dicho que reza que mejor que ser millonario es ser hijo de millonario, pero nadie podría argumentar que sea más meritorio.

Se escucha entonces decir que el rico de ayer era tan distinto en su aproximación al consumo. Mientras hoy el nuevo rico hace aspaviento de su riqueza, en el pasado se habría caracterizado por su austeridad. Pero basta caminar por el barrio República en Santiago y admirar sus palacios de principios del siglo XX para entender a qué punto esta supuesta frugalidad es un mito.

Llevado al extremo, ningunear al nuevo rico y reivindicar poco más que la fortuna histórica, implica que, en lugar de ensalzar el emprendimiento y la creación de riqueza, lo destacable sería ser rentista. Pero un país anclado en tal premisa, lo sabemos, estaría simplemente destinado al fracaso.

Y es que la emergencia del nuevo rico y la movilidad de la riqueza no es sino la expresión natural de la destrucción creativa Schumpeteriana, fuente del progreso económico. Ese proceso de innovación basado en emprendedores que desafían continuamente a los incumbentes y a las formas tradicionales de creación de valor. Es esta fuerza vital anclada en el mérito, las oportunidades y la competencia lo que, a fin de cuentas, está detrás del desarrollo de los países.

Y si de desarrollo se trata, tal vez lo habremos alcanzado el día en que, en lugar de desdeñar al nuevo rico, lo hagamos transversalmente sujeto de nuestro más decidido reconocimiento.

Publicado en La Tercera.

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