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Neoliberalismo

8 de Octubre 2021 Columnas

El “neoliberalismo” es, en su origen, un término legítimo. Con él se designaba la renovación que ciertos intelectuales hicieron del liberalismo clásico, con el fin de ponerlo a la altura de los desafíos históricos que enfrentaban y, sobre todo, de articular una oposición teórica y práctica tanto al comunismo como al fascismo. Aunque ese intento de renovación no se tradujo en un programa homogéneo —algunos de sus precursores como Rüstow o Röpke eran muy críticos del “economicismo” y del capitalismo del laissez faire que, decían, había propugnado el liberalismo clásico—, podrían señalarse algunos principios comunes del neoliberalismo: defensa de la propiedad privada y la libertad contractual; reconocimiento de la importancia del sistema de precios como mecanismo de información para los agentes económicos; énfasis en la importancia de la responsabilidad fiscal y de la preservación de un orden de competencia económica; necesidad de un Estado subsidiario.

Pero si en su origen se trata de un término legítimo, ¿por qué hoy los liberales se resisten a identificarse con él? ¿Y por qué esto puede ser importante para la discusión pública? En parte porque, con el tiempo, el término fue perdiendo precisión: se incluyó en él no solo a los ordoliberales y a los austríacos, sino también a los monetaristas, a los libertarios (en sus diferentes variantes, incluidos los anarcocapitalistas) e, incluso, dependiendo del entusiasmo clasificatorio en cuestión, al liberalismo igualitario. Pero también porque el concepto ha sido sometido a la degradación de la discusión partidista (a la que se han prestado con entusiasmo —cómo no— académicos y filósofos). En consecuencia, el término “neoliberalismo” puede hacer referencia al proyecto político de Pinochet, Reagan o Thatcher; pero también al de Ricardo Lagos o Tony Blair. En ciertos casos puede ser neoliberal el conservadurismo, pero en otros, el feminismo y la defensa del aborto. A veces se lo emplea simplemente como sinónimo de “codicia” y “egoísmo”. Llegado ese punto, nadie sabe exactamente qué es el neoliberalismo. Y eso es un problema porque puede ocurrir, por ejemplo, que, en su ignorancia de lo que la DC debe al ordoliberalismo, algún senador de ese partido lance encendidas invectivas contra el neoliberalismo, o que se nos quiera hacer creer que la CDU alemana se encuentra próxima a los desvaríos telúricos del peronismo criollo. O, peor aún, que la contención de la inflación y la estabilidad monetaria deben ser desestimadas por tratarse de mezquinas preocupaciones neoliberales.

El neoliberalismo —en su sentido original— ha implementado la mejor y más exitosa política pública que ha conocido Chile en toda su historia. Quizás los desengaños que, por lo visto, nos tiene reservados el período histórico que se avecina convenzan de ello a quienes aún tienen dudas.

Publicada en El Mercurio.

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