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Negacionismo por omisión

15 de Septiembre 2019 Columnas

El 11 de septiembre sigue siendo una fecha dolorosa para los chilenos. Un día que recuerda los peores horrores de los que somos capaces los seres humanos (¿humanos?), que rememora cómo un país puede entrar en un macabro estado, que trae a la memoria el dolor y la división.

Por lo mismo, tradicionalmente, desde el regreso a la democracia, todos los gobiernos se han esmerado en realizar una ceremonia, más o menos sobria, conmemorativa, del momento en el que los chilenos nos olvidamos de que somos hermanos. Un rito al que eran invitadas todas las altas autoridades del país –del lado que fueran- y en el que se recordaba no una postura política, sino el momento más triste de la historia chilena del siglo XX: cuando no fuimos capaces de gestionar las diferencias y terminamos odiándonos, asesinándonos y destruyendo nuestra democracia.

Pero este año fue distinto. 2019 quedó marcado como el primer momento desde 1990, en el que no hubo conmemoración en La Moneda. El gobierno de Sebastián Piñera decidió que no habría recuerdo oficial a 46 años del golpe y, como lo dijo su ministro del Interior, Andrés Chadwick, que en Palacio sería una jornada “normal, de trabajo” (como si por realizar una ceremonia, el laburo debiera suspenderse). En resumen, todos debían hacer como que nada había sucedido ese 11 de septiembre.

Cuesta entender el giro del Mandatario, sobre todo en un tema tan sensible. Considerando que siempre se ha puesto el poncho de la antidictadura, que ha reiterado una y otra vez que votó por el “No” y que incluso instaló el concepto de los “cómplices pasivos” en  su pasada administración, no se comprende que ahora abra un nuevo flanco de críticas a su gestión, al restarse de un momento así de relevante, para entregarle señales a una parte de su coalición o incluso a algunos que están fuera de ella, con posturas extremas que no debieran tener cabida en un país que ya reconoció oficialmente los hechos.

Con esta decisión, el Presidente condenó un día que está reservado para la memoria histórica del país, a la más completa irrelevancia, como si al cerrar los ojos, mágicamente el triste episodio dejara de existir. Al parecer, según trascendió, para hacerle un guiño a los sectores más conservadores de su coalición y no generar dimes y diretes, prefirió ignorar la fecha y, en lugar de una ceremonia preparada y cuidada, Piñera resolvió realizar apenas una escueta declaración pública de cinco minutos, con 14 párrafos, sin permitir preguntas de la prensa, para hablar de “gobierno militar” (no de dictadura) y recalcar que la crisis previa determinó que la democracia estuviera “enferma” (¿por eso había que destruirla?).

En su alocución, Piñera además convocó a los chilenos a “reflexionar con serenidad y buena voluntad sobre las causas y consecuencias del 11 de septiembre de 1973”, pero sin la fuerza ni la vitrina que habrían tenido estas palabras en una ceremonia adecuada.

Porque no se trata aquí de querer “dejarle a nuestros hijos las divisiones y odio que tanto dolor nos causaron en el pasado”, como lo afirmó el Mandatario en su discurso. Precisamente al revés. La necesidad de mantener ritos como la conmemoración oficial tiene que ver con transmitir la exigencia de cuidar nuestra democracia, de mantener el respeto por la vida entre los chilenos, de mostrarle a nuestros hijos y nietos lo que pasa cuando olvidamos que somos todos hermanos, de dejar claro y gritar a los cuatro vientos que algo así nunca más puede suceder. En definitiva, el propósito es mantener la memoria viva, en pos del futuro.

Cerrar los ojos y hacer como que nada pasó no es una forma madura en la que nuestra sociedad puede terminar de sanar las heridas y evitar repeticiones. Una actitud así solo sirve para ahondar las divisiones, poner el dedo en la llaga, reabrirla y dar paso a especulaciones y conjeturas que ni siquiera le hacen un favor al propio gobierno, sino que nuevamente abre la puerta para críticas, en un tema en el que no debiera haber cuestionamientos.

A comienzos de los ’90, la búsqueda de la verdad quedó al arbitrio de los familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, mientras el mundo político levantaba los hombros en señal de que no había mucho más que hacer con Augusto Pinochet todavía a la cabeza del Ejército. Hoy, en una situación parecida, el recuerdo de este día gris quedó relegado a la izquierda, perdiendo el carácter de conmemoración nacional, por la decisión de un gobierno que finalmente incurre en un cuestionable negacionismo por omisión.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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