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Medir lo que no se puede medir

14 de marzo 2019 Columnas

De un tiempo a esta parte, la actividad universitaria se ha convertido en una carrera contra el tiempo por publicar “papers” en “journals indexados” y, de ese modo, conseguir suficientes “puntos” para avanzar —o al menos no retroceder— en el escalafón académico. Si hace unos años, especialmente en las humanidades, se premiaba la labor pausada y reflexiva, ahora los investigadores viven año a año esperando la próxima “medición”; medición que, como cualquier instrumento de esta índole, es
altamente subjetiva.

Porque la verdad sea dicha. El sistema —que, por supuesto, hay que cumplir hasta que, es de esperar, cambie o sea perfeccionado— está construido sobre una premisa cuestionable: que los resultados de las investigaciones pueden ser “medidos” según parámetros concretos, sin diferenciar entre las distintas disciplinas que componen el saber científico. Así, las facultades se ven obligadas a poner en el mismo saco a economistas con historiadores, a físicos con filósofos o a sociólogos con ingenieros, desnaturalizando su quehacer y finalidad.

Veamos el caso de la historia, que es el que más conozco. La interpretación del pasado es un proceso de lenta maduración. Escribir un libro original y significativo sobre, por ejemplo, la vida y obra de un personaje como Manuel de Salas puede tomar un tiempo largo; tanto por lo mucho que habrá que leer sobre Salas como porque un trabajo de esta naturaleza requiere de un conocimiento acucioso de las muchas idas y vueltas de su contexto histórico. Y digo libro (y no “paper”) porque ése es el tipo de producto al que los historiadores deberían aspirar. Un artículo indexado podrá servir para probar una que otra idea general, pero es muy difícil que en veinte cuartillas se pueda desplegar un argumento historiográfico sólido y novedoso.

La historia, entonces, no es como las ciencias duras, muchos de cuyos “papers” no necesitan sobrepasar la media docena de páginas para probar sus hipótesis. El historiador es, además de un investigador, un escritor que demanda espacio y tiempo para desarrollar sus ideas. No digo que las otras disciplinas estén exentas de ambas necesidades (es probable, de hecho, que sus cultores estén igualmente incómodos que los humanistas). Sin embargo, si para los economistas o los biólogos los libros dejaron hace décadas de ser importantes para un historiador unliterato o un filósofo continúan siendo imprescindibles.

“Medir” a los humanistas según criterios ajenos es como intentar medir la subjetividad o las visiones abstractas, es decir, aquello que simplemente no se puede medir. Por el bien de la universidad, hago votos para que la obsesión por la indexación dé paso a una regulación más comprensiva y aterrizada. Salvo que queramos que las nuevas generaciones se eduquen bajo el automatismo métrico y cortoplacista.

Publicada en La Segunda.

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