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Los muchos dilemas de la DC

26 de Abril 2019 Columnas

La decisión de aprobar la idea de legislar la reforma tributaria del gobierno abre una serie de interrogantes sobre el presente y futuro de la Democracia Cristiana. El primer nivel de análisis es contingente: ¿por qué dinamitar las confianzas que se estaban construyendo en la oposición? La DC insiste que su voluntad es seguir trabajando del lado de sus ex socios de la Nueva Mayoría y con el Frente Amplio, pero los hechos parecen demostrar otra cosa. La oposición tiene un problema más grave: aunque ya no crea ni lo que reza la DC, y en consecuencia sienta genuinos deseos de mandarla al carajo, no puede prescindir de ella si no quiere convertirse en minoría parlamentaria —y si no quiere perder por goleada en las inéditas elecciones regionales que vienen.

Por supuesto, es posible que los congresistas de la DC se hayan convencido de que la reforma de Piñera le hace bien a Chile. No todo es cálculo pequeño. En casi todo el espectro ideológico hay expertos que aconsejan la integración tributaria, por ejemplo. Por otro lado, la DC acaba de ser parte de un gobierno que no pasará a la historia por promover el crecimiento ni las oportunidades de negocio. Su timonel, Fuad Chahín, anuncia el voto favorable de la falange junto a un grupo de pequeños y medianos empresarios, queriendo decir que su partido no se ha olvidado de las capas medias que solía representar. La sospecha, al interior de la DC, es que Carlos Peña tenía razón y es Piñera quien mejor interpreta los anhelos de esas capas medias que experimentan el consumo como medio de afirmación de estatus.

Esto nos lleva a un segundo nivel de análisis: ¿dónde se sentiría más cómoda la DC? Parece claro que lejos del Partido Comunista. Si en algo ha sido exitoso el actual gobierno, ha sido en sacarles brillo a las diferencias políticas que convivían en la última coalición de Michelle Bachelet. Dividir para reinar. Pero no se trata solo del PC. La crisis de pertenencia de la DC viene gatillada por una crisis de identidad: ya no sabe qué es ni para qué sirve. La DC tiene una rica biografía. Sus fundadores eran jóvenes que se escindieron del histórico Partido Conservador, atizados por la indiferencia de sus padres ante la apremiante cuestión social y seducidos por la propuesta de la Iglesia Católica para hacerse cargo desde la política. En sus años mozos, en tiempos de Frei Montalva, la DC se dio un lujo que pocos partidos pueden darse: no necesitó de aliados ni coaliciones para gobernar. En un arrebato de orgullo, pensó que gobernaría cien años. Quienes recuerdan la marcha de la Patria Joven pueden dar testimonio de la potencia épica del aquel relato.

Un par de décadas más tarde, en plena madurez, la DC se transformó en el partido eje de la coalición que recuperó la democracia y encabezó uno de los mejores períodos de nuestra historia, en términos de estabilidad política, prosperidad material y paz social. Así fue, al menos, bajo los gobiernos de Aylwin y Frei Ruiz-Tagle. El ascenso de Lagos y luego de Bachelet marcaron un cambio en la correlación de fuerzas al interior de la Concertación. La influencia relativa de la DC menguó, aparejada de un progresivo deterioro electoral y un encorvamiento generacional de su militancia. Hasta que llegamos a la Nueva Mayoría y la confesión de su nuevo rol: limitarse a “hacer matices”. Como ese individuo que se aferra a su pasado glorioso y rehúsa actualizar su propia imagen, la DC se mira al espejo y ya no le gusta lo que ve. Sus carnes están flácidas. Sus músculos han perdido vigor. Su caminar es lento.

En un arranque de amor propio, lleva candidato presidencial y lista parlamentaria en las últimas elecciones. Para saber realmente cuántos pares son tres moscas. El resultado es peor de lo esperado. Carolina Goic llega quinta. Obtiene apenas cuatro diputados más que los debutantes de Revolución Democrática. En toda la Región Metropolitana, saca apenas uno. En esas condiciones, ¿qué más se puede pedir que “hacer matices”? De eso se aprovecha el gobierno, que pirquinea votos haciéndoles sentir importantes. Como partido bisagra, la DC puede decidir el curso de muchos proyectos. Parada en el medio de la cancha, la DC tiene el poder de inclinar la balanza hacia uno u otro lado. No es malo, por ahora, teniendo en cuenta las otras opciones: ser comparsa en una coalición de izquierda que no representa a lo que queda de su viejo electorado moderado, o integrarse a una coalición de derecha donde la primera línea todavía la ocupan los cómplices pasivos que exiliaron a sus camaradas en dictadura.

Queda, finalmente, la pregunta ideológica: ¿qué doctrina debiera encarnar la DC en el futuro? A mediados del siglo XX, las coordenadas estaban claras: la DC irrumpía como tercera vía entre el capitalismo salvaje y el marxismo ateo, la ruta reformista entre el statu quo y la revolución. Pero las condiciones ambientales han cambiado: nuestra derecha hizo suyo el discurso de justicia social y nuestra izquierda aceptó las reglas de la democracia burguesa. Ya no tiene mucho sentido, como lo hacía Aylwin, pelear contra la modernización capitalista. Para una buena parte de la población —la mayoría, quizás—, el progreso se mide en la ampliación de la autonomía individual. La insignia religiosa que alguna vez llevó con orgullo, hoy tiene menos brillo que nunca. Leyendo el escenario, Ignacio Walker propuso cambiar de nombre a Partido Demócrata de Centro. En efecto, el mundo DC puede seguir reclamando el centro. No pasa mucho en ese descampado. Ciertamente, no será un centro puramente humanista cristiano. Otras células, liberales y laicas, pululan el mismo espacio. Todas ellas enfrentan el desafío de reanimar el centro político chileno, que en la última elección murió de inanición.

Publicada en Revista Capital.

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