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Lo que el virus se llevó

28 de Marzo 2020 Columnas

Nadie imaginó esto. Ni el más pesimista. Ni el más fantasioso. Ni el más desequilibrado. El mundo está literalmente en vilo, los muertos en muchos países se cuentan por cientos al día y —lo que es peor— la luz al final del túnel no se divisa.

Los datos de Chile son, hasta ahora, esperanzadores. Ayer viernes correspondía al día 12 desde que se superaron los 100 casos y el número de muertos era “apenas” 5, una comparación halagüeña con el equivalente del mismo día en Estados Unidos (cuyos muertos eran 49), en España (cuyos muertos eran 133) y en Italia (cuyos muertos eran 149).

Pero esto no se trata de hacer una especie de medallero olímpico. Porque lo que está claro es que aquí perderán todos. Y aunque hoy en la tarde se descubriera la vacuna, los efectos en la economía mundial serán devastadores. Esta vez no se podrá culpar al neoliberalismo ni a la Constitución. Esta vez la culpa tiene cara de murciélago…

La agenda de Chile cambió. Atrás quedó el estallido social. Atrás quedó la marcha de las mujeres. El orden ha vuelto imperar, el carabinero es carabinero; el toque de queda, toque de queda, y el militar, militar. El Estado de Derecho ha vuelto a ser el Estado de Derecho, pero el estado del arte se deterioró completamente.

El Gobierno ha estado bien. Se ha mostrado con mesura, ha tomado las medidas a tiempo. No solo no se ha visto superado por la crisis, sino que se ha mostrado al mando de la situación. Piñera ha recuperado el tono y Mañalich, quien probablemente no ganaría un concurso de simpatía, ha mostrado aplomo, seguridad y preparación. Justo lo que se necesita para una crisis.

Pero Chile ha perdido algo. O lo está perdiendo. Si había algo que no se discutía, era que frente a las catástrofes Chile actuaba unido como un solo país, con una sola voluntad. Terremotos, inundaciones, tsunamis. Chile ayudaba a Chile, como tantas veces vimos ante la tragedia. Tal vez ello era cierto en la era pre-Twitter. Tal vez. Porque lo que ha quedado claro acá es que el coronavirus se llevó definitivamente el buen espíritu que caracterizó a Chile desde siempre en las catástrofes.

Los ejemplos son varios. El primero fue la “operación cuarentena” que hubo la semana pasada: No se trató de una discusión de expertos sobre cuál era el camino a seguir, el de Alemania y Suecia sin cuarentena o el de otros países con cuarentena. Fue una discusión completamente politizada donde salió gran parte de la oposición, secundada por la presidenta del Colegio Médico, a exigir una especie de derecho social a la cuarentena. Peor aún: solapadamente culparon al Gobierno de estar defendiendo a las empresas y no querer establecerla para beneficiar a los más ricos. El senador Guillier, Fuad Chahin, ME-O y muchos otros hicieron videos “exigiendo” cuarentena. Más grotesco aún fue que el rector de la Universidad de Valparaíso, y precandidato a gobernador por la región, puso ¡un recurso de protección contra el ministro de Salud! Súbitamente la “nueva Constitución” había sido reemplazada por la “cuarentena”. Y con la misma fuerza, las mismas ganas y el mismo énfasis se enarboló una campaña para intentar una ganancia pequeña.

Toda esa operación terminó abruptamente cuando el propio representante en Chile de la OMS respaldó al Gobierno y dijo que no era conveniente la cuarentena ni en ese momento ni masivamente. Algunos llegaron tarde, como el exintendente Orrego, también precandidato, para exigir ampliar la cuarentena para que no sea un “privilegio” del sector oriente. Curioso concepto de privilegio…

Después la cosa siguió con el Espacio Riesco. En vez de aplaudir que en una semana se tenía montado un lugar muy adecuado para recibir enfermos, se trató de dejar entrever que había un negociado. Una nueva pequeñez. La “hojarasca” de la que hablaba el presidente Lagos. Pagar 0,2 UF por metro cuadrado implica que si se toma el control de un hotel, por la pieza estándar que se cobra más de 100 mil pesos diarios se pagará 100 mil pesos al mes. Pero no. Acá hay letra chica. Acá hay negocio. Dan lo mismo los enfermos, lo que importa son los votos.

Fracasados los dos intentos anteriores, ahora viene culpar al Gobierno por la hecatombe económica. Hecatombe que empieza a carcomer al mundo sin distinguir razas ni sistemas de gobiernos. El dictamen de la Dirección del Trabajo es el mismo que existe desde 1996. Pero no, es este el gobierno que quiere perjudicar a los trabajadores. La propuesta del Gobierno ha sido inteligente (aunque posiblemente perfectible): permitir que el seguro de cesantía compense parte importante de la remuneración, para que se mantenga el vínculo laboral. Pero los personeros de la oposición se pasean de matinal en matinal diciendo que aquí se está beneficiando a las grandes empresas.

¿Cómo le paga el dueño de una pastelería a sus cocineros si no vende? ¿Cómo le paga un restaurante a sus garzones si está cerrado? ¿Cómo les paga una gran empresa a sus trabajadores si no funciona? Probablemente a los más chicos el capital les dure unos días; a los medianos, unas semanas, y a los grandes, algunos meses. Pero no hay magia. Si no se reciben ingresos, no se puede subsistir y menos pagar…

La crisis está comenzando. El Gobierno ha cometido algunos errores, pero sumando y restando va con saldo muy positivo. Parte importante de la oposición ha mostrado una mezquindad que nunca habíamos visto en Chile en una tragedia. Y las redes sociales han mostrado estar más contaminadas que la vida misma. ¿Alguien puede explicar que sea trending topic “Mañalich asesino” en Twitter cuando murió la primera persona por covid-19? Así fue, mientras el sitio oficial del Partido Comunista exigía la renuncia del ministro.

Ahora no queda más que esperar. Pero tal vez es el momento de recordar a Platón, en medio de la peste que estamos viviendo: “La buena fe es el fundamento de toda sociedad, la falacia es la peste”.

Publicada en El Mercurio.

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