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Las velas de Piñera

7 de Diciembre 2019 Columnas

El domingo pasado, Sebastián Piñera apagó 70 velas. Probablemente la torta nunca tuvo un sabor más amargo ni la canción fue menos afinada. No es poco cambiar de folio. No es poco cumplir 70 años para una persona hiperactiva. Peor aun si a lo lejos, en la tranquila calle Camino La Viña, se escuchaba a un piquete de ciclistas que no gritaban precisamente “feliz cumpleaños”.

Aquel mismo día Cadem lo agasajó con un 10% de apoyo, el más bajo desde que tenemos registro. Y tal vez el más bajo desde que Manuel Blanco Encalada asumió en el antiguo Palacio de los Gobernadores. Hemos tenido decenas de peores presidentes que Piñera, pero es posible que nunca hayamos tenido en Chile un presidente con menos apoyo.

Piñera ha quedado en el peor de los mundos. En la tierra de nadie. No ha logrado transformarse en el conductor de la crisis y tampoco en la víctima de ella.

En el primer caso, es claro que era difícil encauzar una explosión atómica. Más aun para un presidente que tiene una carga muy marcada respecto del modelo económico que supuestamente se estaba poniendo en jaque.

Si, por el contrario, Piñera se hubiera victimizado y hubiera enarbolado la bandera de que le estaban haciendo un golpe de Estado, si hubiera endurecido el discurso invocando el orden a toda costa, al menos hubiera mantenido la base de apoyo del núcleo duro del 30% incondicional de la derecha. Pero nada de ello ocurrió.

Los desaciertos se remontan al fatídico viernes 18 de octubre en la tarde, cuando se reunió con el presidente de Metro, y cuando a eso de las 6:00 de la tarde —pese a que era evidente que había que revertir los 30 pesos— el ministro del Interior señaló que se mantenía el alza y que se invocaría la Ley de Seguridad del Estado.

Luego vino el infierno.

Se fue a comer pizzas. En las horas cruciales no apareció. Luego habló de guerra. La Primera Dama, de alienígenas. Más tarde, de unidad. Luego llamó al Cosena. Después pidió perdón…

Un conjunto de desaciertos que quedarán para la historia. En una historia que nunca había visto algo igual. Una violencia concertada, una explosión auténtica, un terror profundo y un resquebrajamiento completo de la convivencia.

Así, Piñera, guardando las proporciones, transformó las primeras semanas de la crisis en las primeras horas de Bachelet tras el 8,8. Solo nos faltó ver a Piñera con el famoso teléfono blanco de la Onemi. Es claro: Piñera actuó tarde, y actuó mal. Y ello explica gran parte de su actual 10% de apoyo.

Pero con el correr de los días, cuando la ola del tsunami se empieza a retirar y cuando nos enfrentamos a ver los problemas estructurales, empieza a explicitarse el profundo jaque a la democracia que un sector de la izquierda pretendió darle a todo esto.

No hay que olvidarse de que el Partido Comunista pidió la renuncia de Piñera la mañana siguiente a los atentados al metro. No había ocurrido nada más que la noche de fuego del 18 de octubre. Y Teillier llamaba a Piñera a convocar elecciones. Sería el inicio de un conjunto de hechos con olor a golpe de Estado en los que las huellas del PC aparecen por todas partes. Y que ahora vemos en la llamada “Mesa de Unidad Nacional”.

Y si bien hubo una probabilidad mayor a cero que el helicóptero se elevara desde La Moneda, ello se disipó. Y el principal factor de disipación es que la movilización masiva duró solo una semana. El millón doscientos mil personas de la Plaza Italia marcó el clímax y el fin del estallido. Y si bien existe un mayoritario apoyo a demandas sociales y a las correcciones del modelo, la calle se ha reducido a unos pocos miles de estudiantes, a algunos idealistas, a unos pocos trabajadores y a muchos delincuentes.

Como el plan de botar a Piñera no resultó, esta semana le toca el turno a la acusación constitucional. Un saludo a la bandera que no tiene ni méritos ni probabilidad de éxito. Pero es el último intento de poner las velas a un entierro presidencial que no ocurrirá.

Y si bien es cierto que Piñera ha andado mal, su legitimidad no se puede cuestionar. Al mismo tiempo, probablemente la historia exculpará a Piñera por “lo que no hizo”. Mal que mal, aquel martes fatídico, en medio de las llamas, no haber sacado a los militares a la calle —por las razones que sean— terminó siendo una decisión clave.

Y hay más. El cambio de gabinete que hizo el propio Piñera ayudó. Descomprimió. Cambió el tono. Aparecieron figuras jóvenes, moderadas y lejanas a las de las figuras iniciales que hablaban de goteras, flores, novelas y de levantarse temprano.

Ahora Piñera debe mantener un segundo plano y actuar más como un jefe de Estado que como un jefe de Gobierno. Aceptar que parte del poder se fue definitivamente a los parlamentarios y que deberá intentar conducir “en la medida de lo posible”. El plan de las leyes antidelincuencia no salió mal. Ahora deberá hacer lo propio con un “plan de corrección al modelo”, en especial en aquellos aspectos relacionados con abusos, privilegios y desigualdad. Solo así podrá empezar a alejarse de este 10%. Y solo así le dará gobernabilidad a un gobierno al que le quedan largos dos años.

Tal vez sea el momento de recordar a Antonio Machado cuando decía que en política hay que poner las velas donde sopla el aire; jamás pretender soplar el aire donde se ponen las velas.

Publicada en El Mercurio.

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