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Las disculpas de Boric

5 de enero 2019 Columnas

Gabriel Boric pidió perdón. “Humildemente” y “a quienes se hayan podido ver ofendidos”. Un gesto correcto para un acto impresentable.

Es cierto que ante un hecho inesperado las reacciones pueden ser inadecuadas (si no basta recordar la amplia sonrisa del ministro Céspedes cuando recibió la muñeca inflable). Podría ser un atenuante el no tener tiempo para deliberar, para dimensionar lo que se está recibiendo. Pero en este caso ello no aplica, porque la sorpresa de la polera siguió con la broma, el diálogo, las risas y los palmoteos.

Pero es todavía mucho peor.

Si el episodio se hubiera remitido a la polera del parque de las esculturas las disculpas podrían haber sido creíbles. El problema es que el episodio se junta con tres hechos más graves aún.

El primero fue la visita a Palma Salamanca. Escondido bajo el verano parisino, Boric -en compañía de Maite Orsini- se juntó con quien asesinó a sangre fría al senador y quien secuestró a una persona cuyo único delito era su apellido.

El segundo fue la justificación del viaje una vez que fue pillado: “En 1991 no había condiciones para un juicio justo”, señaló. Es decir, en plena democracia, los mismos tribunales que enjuiciaron al “Mamo” Contreras y a muchos militares no eran capaces de juzgar a Palma Salamanca.

Y hay más. Otro video más.

Antes del viaje a París, pero después del video de la polera de Guzmán, Gabriel Boric, durante una manifestación que realizaron simpatizantes del exfrentista Mauricio Hernández Norambuena llamó a defender “el legado tanto del Frente (Patriótico Manuel Rodríguez) como del Frente Autónomo” y presentó sus “respetos” a Hernández Norambuena (quien también participó en el crimen de Jaime Guzmán y que está condenado a 30 años de prisión en Brasil por el secuestro de un empresario).

Se podrá discutir si la justificación moral de matar a un tirano, el tiranicidio, es legítima (el escolástico Juan de Mariana lo consideraba como un derecho natural de las personas), pero no se puede discutir que matar a un senador en democracia lo sea.

Jaime Guzmán es un personaje de la historia de Chile. Desconocer el magnetismo y fanatismo que generó en un grupo de jóvenes sería desconocer la historia. Su inteligencia y retórica fue enorme, casi tan enorme como su total desconfianza en la democracia. Es cierto que sin Guzmán la dictadura de Pinochet podría haber sido peor (ya que algo de institucionalidad le dio al régimen), pero ello no lo exculpa de haber sido uno de los ideólogos de una dictadura que no solo cometió horrendos crímenes, sino que restringió de libertades básicas por tantos años a los chilenos.

Pero una cosa es la controversial figura de Jaime Guzmán y otra cosa es justificar un asesinato cruento. Boric dice que condena su asesinato. Lo ha repetido. Una y mil veces. Pero, ¿cómo se puede creer la condena al asesinato de Jaime Guzmán, si ondea una polera de Guzmán baleado, festina con ella, se junta con uno de los asesinos clandestinamente, reivindica al otro, y señala que hay que reconocer el legado del grupo que lo mató? Simplemente no es posible.

La otra pregunta está relacionada con el propio Boric. ¿Cómo es posible que uno de los diputados más inteligentes y con grandes dotes de liderazgo se equivoque tanto?

Hay que acordarse, por ejemplo, de la controversia sobre el viaje hecho por su familia en una embarcación de la Armada para instalar un monolito en la isla Lennox en honor al primer antepasado del clan que llegó a Chile. También terminó pidiendo perdón. Hay que acordarse del terreno que vendió su papá al Serviu, donde si bien no pidió perdón terminó dando toda clase de explicaciones.

Pero, por contraparte, es el mismo Boric que no ha tenido matices para condenar a Cuba, Venezuela y Nicaragua desmarcándose de su tribu. El mismo Boric que salió diputado sin pedir protección a la entonces poderosa Nueva Mayoría. El mismo Boric que nunca profitó del gobierno de Bachelet, como sí lo hicieron sus colegas de Revolución Democrática. El mismo Boric que “revolucionó” la Cámara de Diputados a través de su pelo rapado, barba y tenidas poco formales.

Y ahí puede estar la clave. Porque parece ser que lo que le falta a Boric es madurar. Dejar de ser un político adolescente, definir qué quiere ser y dejar las incoherencias. Y está en su momento clave. Tiene carisma y mucho potencial político. Si deja de jugar al revolucionario, se modera, se peina y actúa consistentemente puede llegar incluso a ser Presidente. Si sigue por donde va, aunque siga pidiendo perdón, va camino al despeñadero. Un lugar que está lleno de expolíticos que prometían mucho cuando eran jóvenes…

Publicada en El Mercurio.

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