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Labor omnia vincit

27 de Agosto 2016 Noticias

“El trabajo todo lo vence”. Así reza la famosa frase del poeta romano Virgilio, que se inserta en la insignia que adornaba el uniforme de quienes estudiamos en el Instituto Nacional, el colegio que esta semana perdió su característica de emblemático y, con ello, una serie de beneficios estatales que ya no le corresponderán, salvo el progreso y aceptación de los recursos administrativos que se presenten. Hoy dependemos de la interpretación jurídica para rescatar subsidios que se han perdido como resultado de una larga agonía escolar, de la educación pública y del colegio público más antiguo de Chile.

Hace unos años se estableció la categoría -en alguna de esas normas del fárrago normativo de la educación pública- de “liceos emblemáticos”, en la que encontraron cabida y algo de rescate financiero adicional aquellos liceos de relevancia por su historia, por sus resultados y por su carácter principal en la respectiva región, lo que además les permitió identificarse nuevamente con un nombre, y no por el anonimato al que se vieron conducidos por la legislación que produjo la llamada municipalización de la educación fiscal.

Pero en realidad este colegio no es un liceo emblemático: es el emblema de una educación pública, que desde 1813 -hace 203 años- abrió premeditadamente, de la mano de Fray Camilo Henríquez, un espacio laico al encuentro de toda la sociedad chilena, con los matices que explican la grandeza de nuestras diferencias, ya sea en orígenes sociales, étnicos o geográficos. Todos encontraron cabida en las salas de este colegio: hijos de empleados públicos, empleados particulares, mineros, obreros, profesionales, comerciantes, militares, de masones y católicos, sin otra oferta que la dura exigencia que les sería impuesta a estos niños en los años que estuvieren bajo la custodia y responsabilidad de profesores e inspectores rigurosos que hacían sus mejores esfuerzos hasta entregar a jóvenes que pasarían a engrosar -en la mayoría de los casos- la educación pública universitaria chilena mucho antes de la creación del sistema universitario que dio cabida al actual sistema, en la década de 1980. Con este reconocido propósito, sus resultados fueron notables: Presidentes de Chile, altos funcionarios y muchos profesionales estatales, ministros de la Corte Suprema de Justicia y de todo el orden judicial, legisladores y actores de la vida política, comandantes en jefe y oficialidad de nuestras Fuerzas Armadas, distinguidos abogados, influyentes profesores marcadores de generaciones, premiados ingenieros, empresarios notables, del comercio, del mundo fabril, de la minería, de la banca; e incluso hay héroes que asumieron determinadamente la defensa de Chile, hasta morir en tierras lejanas, todos quienes detentan la calidad de ex alumnos de este colegio.

No hay en Chile ningún establecimiento educacional que tenga este acervo. Muchos han sido emblemáticos (el INBA, el Valentín Letelier, el Liceo Amunátegui, el Victorino Lastarria, el Liceo Javiera Carrera, el José Miguel de la Barra -de Valparaíso- y el Liceo Neruda -de Temuco-, entre muchos otros), pero solo este es un referente. Es decir, un modelo a seguir, tanto para el mundo público, como para la educación privada. Muchos colegios privados se definían en la dimensión comparativa de la envergadura de sus resultados con la cercanía a los de este colegio. Todos los alumnos de nuestro país aprendieron francés -cuando lo había en el currículo chileno- bajo un obligatorio libro que entre sus personajes tenía a un alumno del Nacional.

El problema no está en dejar de ser emblemático, sino en dejar de ser emblema. La dificultad estriba en que sin referentes, existiendo tanta convulsión en el mundo de la educación -en todas sus dimensiones y niveles-, se pierde la calidad de modelar lo que se quiere, de defender lo que se cree valioso, de replicar lo que se estima exitoso, de exhibir lo que debe ser orgulloso. Se acaba la luz del foco de la Nación -como reza su himno- y se ciernen sombras que ocultan caminos de valor, para seguir dando vueltas en erráticas soluciones que solo apuntan a nuevas colisiones de expectativas y decepciones que se imputan al modelo, a la política, a los poderosos, a cualquiera. Para los padres de hoy, es la autoridad que no ha asumido su rol -ya sea dando lo que se les pide, o expulsando a los que se toman el colegio-. Para los alumnos de hoy, es la indiferencia del poder y la culpa del modelo. Para los de antes, la indolencia de nuestro compromiso es también un aporte al estado actual del colegio y su caída. Para la autoridad, es el resultado esperado de aquellos largos tiempos sin clases, como si ello fuera resultado de la autonomía de los alumnos que no repararon el daño que se causarían al ejercer una civilidad que pasó de largo con los deberes que les correspondían. Para los profesores, … Bueno, ello depende de cómo estos enfrentan el peso de su deber educativo, algunos francamente afligidos por la esterilidad de los resultados del esfuerzo desplegado por años, y otros francamente cómplices.

El hecho de que ningún alcalde de Santiago -desde que el colegio fue atrapado en la municipalización- haya sido institutano y, peor aún, ni siquiera formado en la educación estatal (pública o municipal), algo dice también de la relevancia o valor que le hayan asignado al mismo. Fue un resultado de simetría realmente injusto; lo trataron como a cualquier otro, pero con la historia de ningún otro colegio en el país. Nunca hubo un espacio para corregir y entender este fenómeno. De hecho, antes que adaptar el Instituto a los tiempos, congelamos el tiempo en él. Sin mantención, con el aporte negativo de la destrucción de mobiliario e instalaciones en los tiempos de tomas, sin concretar nunca el edificio del proyecto originario -hasta recién este año-, y sin incorporar a la mujer a la condición estudiantil de pertenencia al colegio, este terminó por desestabilizarse en sus resultados Simce, en hacerse irrelevante en los resultados de la PSU, y sus alumnos terminaron por no entender la relevancia del rol que jugaban en la discusión y valor de la educación pública.

En la teoría de las instituciones, estas se revelan no solo por su duración temporal, se identifican por su capacidad de superar las crisis que las rodean. Es entonces una oportunidad para concretar el lema del colegio: “Con trabajo todo se vence”. Pero también la historia enseña que, en ocasiones, las instituciones también se extinguen cuando quienes están llamados a actuar en ellas (sus autoridades), por ellas (sus alumnos), y con ellas (apoderados y profesores), se tornan desidiosos e indolentes, esperando que otros hagan el trabajo que a cada uno le corresponde. El tiempo dirá si es el foco de luz de la Nación, o fue un gran colegio que dio mucho a Chile.

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