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La vida en el archivo

21 de noviembre 2018 Columnas

“La vida en el archivo. Goces, tedios y desvíos en el oficio de la historia” es el título de un muy sugerente libro de la historiadora argentina Lila Caimari. Publicada por la editorial Siglo Veintiuno en 2017, la obra recoge diversos ensayos sobre la experiencia de Caimari en los archivos argentinos y franceses en distintas épocas de su carrera. Unos más largos que otros, todos resaltan las diferentes preocupaciones metodológicas de la autora según sus intereses y, quizás más importante, según los descubrimientos con los que los historiadores nos encontramos sin buscarlo ni pensarlo en ese viaje sin fin que es la experiencia del archivo.

Lo interesante es que este libro haya aparecido en una época en la que la investigación de primera está siendo criticada —a veces de forma velada, otras explícitamente—, tanto por los autodenominados “divulgadores”, como por académicos que continúan acusando de “positivistas trasnochados” a los que se pasan horas buscando nuevas fuentes. En efecto, investigar en los archivos (ya sean estatales, municipales, privados, universitarios) es bastante menos común de lo que se cree cuando se intenta reconstruir el pasado, por lo que no debe extrañar que muchos libros sean reconstrucciones bibliográficas de lo que otros han encontrado en los repositorios documentales.

Hay, al menos, dos razones que explican esta negación de los archivos. Por un lado, se sostiene que, al ser subjetivas y en general mediadas por la autoridad, las fuentes provenientes de los archivos estatales (que son las más) no serían más que muestras fragmentarias de la realidad pasada. Por supuesto, toda fuente es subjetiva, mediada y fragmentaria. Sin embargo, de ahí a concluir que por eso no deben ser estudiadas hay un mundo de distancia. Incluso más, si se cree, como en general lo hacen los posmodernistas, que lo único que importa es el “discurso” de quien escribe, entonces con mayor razón hay que reflexionar sobre los “discursos”
(materiales o simbólicos) producidos por los actores históricos. Y para ello el archivo es indispensable.

Hay otra razón más pedestre: la flojera. Flojera de leer papeles roñosos y letras poco legibles; flojera de estar días enteros en lugares poco amistosos, con sillas incómodas, fotocopias que no funcionan, luces que no prenden, calefacciones que no calientan. Es alentador, no obstante, que la flojera no esté del todo expandida y que los mejores investigadores continúen, incluso en la era tecnológica, acudiendo a los archivos. El texto de Caimari es un excelente ejemplo de las peripecias que experimentan los historiadores cuando se toman en serio su oficio. Es, a decir verdad, un antídoto ante el recurso fácil de la fuente secundaria e impresa, así como un llamado de atención a no descuidar el tan ninguneado “trabajo de campo”.

Publicada en La Segunda.

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