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La política del café ideológico

3 de enero 2018

Si se pudiera rescatar un elemento de predictibilidad en relación a las recientes elecciones presidenciales y parlamentarias chilenas —y sus impredecibles resultados—, es la confirmación de una progresiva incidencia del voto cruzado y el libre movimiento entre domicilios políticos de los votantes. Siguiendo tendencia de comicios anteriores, hubo diferencias significativas al comparar votación de candidatos presidenciales y aquella de representantes de sus coaliciones políticas y partidos al Parlamento.

En el caso de Piñera y Guillier, obtienen un 18% menos de votación que los partidos de su coalición en elección para el Senado y la Cámara de Diputados. En el caso de Beatriz Sánchez se da un fenómeno a la inversa. Obtiene 13% más que la totalidad de candidatos al Parlamento del Frente Amplio. Lo anterior viene a constatar un comportamiento electoral volátil (una «arquitectura de la liquidez» diría un seguidor de Bauman), como respuesta a la instalación de una política descafeinada, sin grandes proclamas ideológicas, procedimental (capturada por la técnica y la operación política) y carente de un anclaje real en aspiraciones y sueños colectivos ciudadanos.

Con esta perspectiva, para este 2018 es esperable un rol más activo de las marcas en la defensa de ciertos idearios o intereses ciudadanos hoy ausentes de la oferta y discurso político (con excepción quizás del Frente Amplio). O, si se quiere, un proceso de ideologización que ya se expresó nítidamente en 2017. Por ejemplo, Wom y su lucha contra “los poderosos de siempre”, o Paris, con su nuevo paraguas de RSE “Conciencia Celeste” y sus campañas “Ropa por ropa” o “Volver a tejer”. Mismo proceso que se trasladó al mundo del café con empresas como Starbucks llamando a participar de elecciones como parte de un acto cívico (un voto por un café).

Pero también y aunque lentamente, emergen síntomas de una progresiva ideologización de los ciudadanos y consumidores, en ocasiones a través de movimientos y grupos de interés temáticos, pero también en espacios de conversación más informales. Esa ciudadanía pseudo anestesiada, definida hasta hace poco por la neutralidad, el consenso y lo políticamente correcto, pareciera dar paso al surgimiento de pequeñas esferas públicas ritualizadas como instancias de conversación acompañadas de una taza de té o café y a espacios de encuentro o chat virtuales (siguiendo los mismos patrones del surgimiento de la opinión pública en Occidente reseñados por Jurgen Habermas pero ahora en clave posmoderna). Dichas instancias son la nueva oportunidad para sentirse parte de un colectivo de un propósito más interesante que el mero acto de consumir, de ejercer el derecho a la opinión, tomar posturas políticas e ideológicas, y comprometerse con ciertas demandas y luchas antes sumergidas.

Publicado en La Segunda.

 

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