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La justicia de la desigualdad

10 de mayo 2019 Columnas

El éxito de la democracia liberal como proyecto político depende en parte importante de que la población perciba que las recompensas sociales se distribuyan de una forma que beneficie a todos. Si una porción relevante estima que los ganadores son siempre los mismos, el sistema pierde legitimidad. Ese es el principal riesgo: que las elites económicas no suelten la teta, parafraseando aun exdirigente empresarial. Ahora bien, el club de los ricos bien podría replicar que todo lo que tienen lo han ganado justamente, y que son por tanto soberanos para hacer con esa riqueza lo que estimen conveniente. Muchos creen que de eso se trata el liberalismo: que la sociedad, a través del Estado, se abstenga de meterse en los bolsillos de sus ciudadanos.

Es cierto que el liberalismo no aspira a la igualdad material de las personas. En cierto sentido, lo que hace el liberalismo es precisamente justificar ciertas desigualdades. Algunas serán justas y otras injustas. Las justas son, usualmente, aquellas que son producto de una competencia con relativa igualdad de oportunidades. Las injustas son las heredadas, las inmerecidas, las que son fruto de la suerte. Pero al liberalismo, históricamente, también le ha importado el resultado final de la distribución. Algunas de las figuras más importantes de la tradición liberal han manifestado su preferencia por economías libres, abiertas y descentralizadas en el entendido que esas economías son mejores para todos, y no solo para algunos.

Partamos por Adam Smith, nada menos que el padre de la economía clásica y del liberalismo económico. En la lectura de Smith, cada individuo participa en el intercambio de bienes y servicios persiguiendo su interés propio. Sin embargo, el resultado agregado de una multitud de agentes buscando su propio beneficio es el beneficio de la sociedad entera. De ahíla famosa idea de la mano invisible. Ya en la Teoría de los Sentimientos Morales, Smith sostiene que, a pesar del egoísmo y rapacidad de los ricos, orientado a su exclusiva conveniencia, “una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida, que habría tenido lugar si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitante, y así sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie”. Luego, en la Riqueza de las Naciones, Smith señala que los individuos no buscan el interés público ni están conscientes de cuánto lo promueven cuando buscan su propia ganancia. Sin embargo, en estos casos, los individuos “son conducidos, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte en su intención”.

Es decir, Smith entendía el liberalismo económico como un juego en donde todos ganan. Si no fuese así, me atrevo a sostener, Smith no lo habría promovido. Si el resultado agregado de cada individuo persiguiendo su interés propio fuese que solo unos benefician y la mayoría se empobrece, el modelo pierde parte importante de su atractivo normativo.

Doscientos años más tarde, John Rawls, el filósofo liberal más importante del siglo veinte, confiesa que preferiría una distribución perfectamente igualitaria de las recompensas sociales si acaso una distribución desigual no fuese más ventajosa para todos. Rawls entiende bien el rol que cumplen los incentivos en una economía. Tal como Smith, comprende que no es por la benevolencia del panadero, ni del cervecero ni del carnicero que tendremos nuestra cena esta noche. El bienestar de la sociedad, en especial de los menos aventajados, diría Rawls, se obtiene en cierto modo porque se les permite a las personas que traten de mejorar su propia situación socioeconómica. A su vez, la justicia de un sistema que admite la desigualdad, pende del cumplimiento de la promesa smithiana: que sea win-win y no suma cero.

Finalmente, los argumentos utilitaristas de Milton Friedman para preferir un sistema de mercado por sobre sus alternativas socialistas van en la misma dirección. Las libertades económicas, piensa Friedman, son las principales responsables de la inédita prosperidad que ha experimentado casi todo el planeta en los últimos siglos. Todos estamos mejor gracias al capitalismo, en resumen. Los números probablemente le den la razón. Pero si la justicia del sistema descansa en la comprobación empírica de que todos ganan, entonces el sistema deja de ser justo cuando se comprueba que solo gana una fracción. Como todas las justificaciones de corte consecuencialista, hay que atender al resultado. Si este no cumple con lo esperado, entonces podemos empezar a evaluar modelos alternativos.

En síntesis, siguiendo a teóricos liberales tan disímiles como Smith, Rawls y Friedman, la justicia de la desigualdad no solo depende de la justicia del procedimiento, sino también de que los resultados agregados sean beneficiosos para todos. La democracia liberal ha cumplido, hasta ahora, esa promesa. Los niveles de desarrollo material y los indicadores sociales son innegablemente mejores que los que teníamos antes del liberalismo económico. Pero no hay que perder de vista que se trata de una promesa continua. Apenas deja de cumplirse, o apenas la población percibe que el modelo no es win-win, su legitimidad se resquebraja. Parte del auge de los populismos contemporáneos se ha explicado precisamente a partir de esa variable: en los últimos años, los ricos se han hecho más ricos y las clases medias han visto su poder adquisitivo estancado. Ganan terreno las fórmulas autoritarias que prometen redistribuir las recompensas sociales, liberándose de los amarres y contrapesos de la democracia liberal. Para que esta subsista, entonces, no basta con que el Estado no nos meta la mano en el bolsillo, como piensan algunos libertarios. Se requiere que la mano invisible actúe generando beneficio colectivo. La elite económica que no lo entienda, más temprano que tarde estará lamentando la pérdida de legitimidad del modelo.

Publicada en Revista Capital.

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