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La importancia del silencio

31 de Enero 2022 Columnas

Cuando el Presidente electo, Gabriel Boric, presentó a su gabinete ministerial en el Museo de Historia Natural les dio un consejo. Les dijo: “Necesitamos que dialoguen, que dialoguen, que dialoguen [lo repitió tres veces con los ojos cerrados, como si fuese un mantra], que escuchen mucho, que escuchen el doble de lo que hablen”. De inmediato me acordé de mi abuelo paterno, avezado político de lengua rápida, que siempre decía “por algo Dios nos dio dos orejas y una boca”. Y de otros dichos que recogen esa intuición: “A buen entendedor, pocas palabras”, “por la boca muere el pez” y “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Mismo consejo y misma matemática.

El lenguaje es lo que nos hace humanos. Nos permite comunicarnos, construir realidades e imaginar el futuro. Pero como todo en la vida, conlleva riesgos, ambigüedades, callejones sin salida. A veces, se siente insípido, cual discurso oficial. Otras, oscurece y divide. Se vuelve impreciso, cizañero, redundante y contradictorio. Y ahí surge el ruido. Las frases inconexas. Sin hilo. Las imprecisiones. Incluso, los errores y desvaríos. Como todo instrumento —el más poderoso de la humanidad, por cierto—, puede ser mal utilizado, agregando penumbra donde debiera brotar luz, creando caos y confusión y dinamitando cualquier puente de entendimiento.

Hay dos tipos principales de lenguaje: el escrito y el hablado. El escrito es más preciso, calculado y ordenado. Andrés Bello, gran lingüista y precursor de la idea de un lenguaje común para Iberoamérica, sabía que incluso el escrito —por ejemplo, el de las leyes— implicaba riesgos. En sus reconocidos artículos del Código Civil sobre interpretación —que han soportado el paso de los siglos y se utilizan para todas las normas jurídicas, incluso la Constitución— precisaba que “cuando el sentido de la ley es claro, no se desatenderá su tenor literal, a pretexto de consultar su espíritu”. En un sentido similar, pero a propósito de los contratos, dictaba que “conocida claramente la intención de los contratantes, debe estarse a ella más que a lo literal de las palabras”. O sea, que si bien las palabras escritas son la guía principal para entender qué se puede hacer o no —en especial respecto de las leyes—, el proceso de interpretación no termina ahí y puede ocurrir que las palabras no sean del todo claras.

Con el lenguaje hablado, en cambio, el asunto es más farragoso. Ahí hay espontaneidad y una cuota importante de imprecisión. Aumentan los errores y las posibles distorsiones y se puede terminar transmitiendo algo distinto a lo que se quiere o hablar algo que no se pensó.

Hay también una diferencia entre los que utilizan el lenguaje. Una cosa es un político, que necesita sintetizar ideas fuerza, permitiéndose abstracciones, analogías e imágenes que tienen la virtud de explicar en sencillo lo que se quiere transmitir, pero que conlleva el riesgo de una mala interpretación y de equívocos. Por otro lado, están los técnicos —los que saben mucho de algo— que son y deben ser más cuidadosos. A un técnico de verdad, se le pide precisión y se le acepta que sea más difícil entenderlo. A un político, en cambio, se le pide síntesis y cercanía, y se le perdona con mayor facilidad los errores que comete.

Cualquier autoridad constata estas diferencias y sabe que el contexto es de la esencia. Sabe —o debiera saberlo— que es distinto escribir una ley que dar una arenga a sus partidarios. Hablar como político que hablar como técnico. Lo que muchas veces se olvida, en el torrentoso devenir del día a día, es sobre la importancia del silencio, en especial cuando no se sabe bien qué se quiere transmitir.

Si se quiere convencer, primero hay que tener claridad en qué se busca decir. A mi juicio, en nuestro país el abuso del lenguaje campea y la necesaria precisión se reemplaza por la astucia criolla de unas palabras deshiladas y sin sentido cuando lo más prudente, a veces, es guardar silencio. Porque quien habla exhibe sus huellas e intenciones aún no definidas y así confunde; en cambio, quien calla deja abiertas sus posibilidades de hablar luego.

Un buen discurso, que convenza, o mejor aún un buen texto, tiene un guión que lo estructura. Y en especial en el habla, importan mucho los cambios de tono y los silencios. Esto es evidente para quien ha presenciado alegatos ante tribunales y también discusiones parlamentarias. Cuando uno tiene poco tiempo y un cúmulo de ideas que transmitir —en cápsulas comprimidas— hay que extremar el cuidado en la selección de las palabras. Hablar poco y decir mucho. A veces, incluso conviene usar el recurso del silencio, para subrayar algo que se acaba de decir y así dejar en el aire las palabras para que vayan posándose, como pájaros, en las cabezas de quienes nos están escuchando. También importan los cambios de tono. En ciertas oportunidades, decir lo realmente importante en un tono más bajo que el usual, un susurro casi imperceptible para la audiencia, puede penetrar y convencer más que unos gritos eufóricos.

Pero nunca debemos olvidar que, cualquiera sea el contexto, y esto es relevante, las palabras crean expectativas en quienes las escuchan. Afirmar que algo ha sucedido, genera la expectativa de que ello es verdadero. Prometer algo genera la expectativa de que será cumplido. Y esa expectativa es unas de las fuentes de la confianza futura. Por eso es tan importante la reserva y la cautela con que se usan las palabras. Decir algo que no se ajusta a la verdad de lo sucedido, o prometer sin la posibilidad o la intención de cumplir, degrada la confianza. Y bien sabemos de qué manera dependen las instituciones de que la confianza en ellas se mantenga.

Boric aconseja algo sofisticado y disruptivo. No está alineado con la cultura tecnológica de nuestra población, que tiende a llenarse de ruido. Al decir de un académico español: “Las nuevas generaciones han sido educadas en el horror al silencio y muchos jóvenes son incapaces de concentrarse en una tarea sin tener la radio puesta o la grabadora en marcha”. Tampoco lo está, según el mismo autor, con nuestra cultura: “La mentalidad hispana es más discursiva, haciendo uso de la palabra a menos que haya motivos para callar. La mentalidad sueca es más pragmática: allí se calla si no hay motivo para hablar”.

Es de esperar que el consejo del futuro Presidente sea oído. Ojalá cumplan y se utilice el lenguaje en el gobierno que se nos viene —tanto hablado como escrito—, de una manera prudente, estratégica, orientadora, evitando la verborrea, las afirmaciones carentes de sustento, las promesas infundadas, las inconexiones circenses, los gritos destemplados y las improvisaciones; y se aproveche mucho más el recurso al silencio. La confianza en las instituciones está en juego.

Publicada en El Mercurio.

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