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La hoguera de las vanidades

12 de Julio 2021 Columnas

En la columna de la semana pasada, recordé el discurso del presidente Joaquín Prieto inaugurando el proceso constituyente que se desarrolló hace casi dos siglos. Sin embargo, de acuerdo con lo que he observado esta semana, la idea de que los intereses del país estuviesen puestos antes que los particulares quedó solo en una aspiración.

Desde su inicio, con la llegada de los constituyentes al antiguo Congreso, como si estuvieran en la alfombra roja de la gala del festival de Viña del Mar, partimos mal. Esto porque el acento estaba puesto en ellos y no en su trabajo. Los más conocidos eran interceptados por la prensa, mientras que otros, en cambio, caminaban a paso lento, como buscando algo, esperanzados en tener su minuto de fama.

Lo ocurrido en la inauguración del evento, abucheo y pifias al himno nacional, más se pareció al espectáculo que se da en una cancha de fútbol, que lo que debía ser, un acto solemne que puede marcar el nuevo rumbo político de Chile.

En esta línea, las redes sociales le hacen un flaco favor al proceso. Cada uno de los constituyentes va a la caza de seguidores, bajo la consigna de ser amado u odiado, pero jamás ignorado.

El académico Jaime Bassa, por ejemplo, subió un fotomontaje donde aparece él, por supuesto, de espaldas junto a la presidenta de la convención, Elisa Loncon. Al fondo, la imagen de la estatua Baquedano abarrotada de gente, como la vimos durante varios días, luego del 18 de octubre de 2019. Imagen innecesaria, dolorosa para muchos, y poco acorde al cargo que ostenta.

Al otro extremo del espectro político, aparece Teresa Marinovic, haciendo un live del evento, a través de Instagram, como si fuese un show, para sus seguidores comprueben todos sus temores convertidos en realidad en lo que consideran es una pérdida de tiempo y de dinero.

Entre medio, aparece nuestro querido Agustín Squella, viendo cómo el proceso que tanto tiempo soñó y donde esperaba tener un rol protagónico, se ha convertido en algo muy distinto a lo que pensó. Esto está muy lejos de la discusión filosófica que imaginaba, respecto, por ejemplo, de qué debía decir el primer artículo de la constitución y que él ya tenía redactado en su cabeza. En resumen, hasta ahora, el espectáculo ha sido poco alentador y en vez de unir a los chilenos en torno a este proceso, los divide aún más.

Resulta interesante volver a la Constitución de 1833, y revisar que el Gobierno, a fin de dar método y orden a las discusiones de la Gran Convención, creyó conveniente nombrar una comisión compuesta por solo siete especialistas, con la misión de que fuesen ellos los encargados de preparar un proyecto de reforma a la carta fundamental y en la que destacaban Manuel José Gandarillas y Mariano Egaña. Consecuente con esto, la Gran Convención se suspendió mientras la comisión desempeñaba su trabajo y se volvió a reunir, recién un año después para aprobar y discutir cada uno de los artículos.

Mientras se llevaba a cabo esta labor, informaba El Araucano sobre la comisión: “El único material de importancia que pudiera dar a los periodistas empeñados en mantener actividad en la curiosidad de los lectores, es la reforma de la constitución; pero nada ofrece de notable, porque la gran convención tiene sus sesiones diarias con toda circunspección, calma y prudencia que corresponden a la importancia de la obra que se la ha encargado”.

Un siglo después, el presidente Arturo Alessandri, en la inauguración del evento que daba inicio a la redacción de una nueva constitución, advertía: “La Asamblea Constituyente no debe pronunciarse sino sobre el proyecto de reforma de la carta fundamental, de la ley electoral y de los proyectos de ley que tiendan a satisfacer necesidades inmediatas impostergables”.

Dos ejemplos que están a siglos de distancia del espíritu que, hasta ahora, ha inspirado a los actuales constituyentes. De hecho, perdieron la primera semana en una declaración que nada tiene que ver con el mandato que les fue encomendado. Esperemos que los constituyentes se bajen del pedestal en que creen que están, se olviden un tiempo de las redes sociales y comiencen a concentrarse en la labor para la que fueron elegidos y para los que se les paga un sueldo: redactar la constitución que podría regir al país durante los próximos años.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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