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La General sin soldados

14 de Enero 2018 Columnas

Cuando Michelle Bachelet dejó La Moneda tras su primer gobierno, antes de irse a Nueva York, preguntó cuál era el estatus de los ex presidentes. Así  lo contaba, en un reportaje, Ricardo Lagos Escobar, refiriéndose a algo que nunca ha estado claro en Chile: ¿Qué debe hacer un exmandatario cuando deja el palacio de Gobierno? ¿Debe abstenerse de opinar para no “molestar”  metiéndose en la coyuntura –como lo hicieron el propio Lagos o Patricio Aylwin- o, por el contrario, debe estar en la primera línea, dedicado a defender su legado y ser, en la práctica, el líder de la oposición, sobre todo si quien lo sucede tiene un signo político distinto?

Esa misma disyuntiva la han tenido todos los presidentes salientes y cada uno lo solucionó a su manera. Mientras algunos, como el propio Lagos, decidieron mantener su herencia viva a través de una fundación y luego intentó un infructuoso regreso a la primera línea política, Michelle Bachelet logró estar tres años fuera del país –alejada de la coyuntura- y para hacer campaña y convertirse nuevamente en Presidenta. Eduardo Frei, por su parte, se mantuvo en el Senado durante ocho años, desde 2006.

Por eso, la discusión sobre qué realizará Bachelet a partir del 11 de marzo de 2018, cuando le entregue la banda presidencial a Sebastián Piñera, no es nueva. Y por eso también, cualquier comentario que ella haga al respecto –desde hacer pública la oferta para tener un cargo ad honorem en la Organización Mundial de la Salud, hasta quedarse en Chile- causa polémica y desata la imaginación de quienes la escuchan.

Por eso probablemente, cuando la jefa de Estado decidió decir que se quedará en Chile, la fantasía del diputado electo de Evopoli, Luciano Cruz-Coke, hizo que inmediatamente se le aparecieran los fantasmas de la repostulación y respondiera que esto “confirma la posibilidad de una tercera postulación a la Presidencia”, dando por hecho algo que nunca sucedió con otros presidentes: nadie cuestionó las intenciones de Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz-Tagle o Ricardo Lagos en su momento, por el solo hecho de decidir quedarse en Chile.

En todo caso, si así fuera, el panorama para Bachelet no sería fácil. ¿Qué posibilidades tendrá la actual Presidenta de convertirse en una líder de la oposición al gobierno de Piñera? Pocas, al menos sin pensar en un desgaste extremo de su figura. Primero, porque –tal como lo adelantó el senador Ricardo Lagos Weber- “cuando los expresidentes opinan del día a día no siempre lo pasan bien”. Efectivamente, la artillería de la derecha será nutrida cada vez que la jefa de Estado opine sobre alguna materia, tal como ha sido hasta ahora. Y mucho más si temen –en alguna parte de su subconsciente- que cada palabra pueda convertirse en parte de una posible campaña subrepticia para volver a La Moneda.  A eso se agrega que el estilo de la jefa de Estado nunca ha sido el de la confrontación diaria.

Pero en segundo lugar, su decisión de quedarse para “defender” las reformas de su gobierno zozobrará con una coalición que prácticamente está deshecha. La soledad marcó el gobierno de Bachelet y continuará siendo una constante, mientras los partidos no logren encontrar una nueva hoja de ruta, ya sea juntos en un conglomerado o en nuevas agrupaciones. Hoy no existe ningún partido de la Nueva Mayoría que pueda ayudar a la protección de la herencia bacheletista, pues cada uno está enfrascado en sus propias disputas internas, en medio de la mayor crisis que han tenido desde su conformación como coalición antes de 1990 y no están en condiciones de hacer nada más que no sea tratar de salvar su propia existencia.

Las disputas de esta semana en el Congreso, a raíz del nombramiento de Andrés Zaldívar en el Consejo de Asignaciones Parlamentarias, fueron una muestra de lo anterior. Aunque el actual senador culpó al Frente Amplio de lo sucedido, lo cierto es que el quiebre incluyó a un excorreligionario, el diputado René Saffirio y parlamentarios incluso del Partido Socialista, otrora aliado de la DC.

Con la Nueva Mayoría convertida en cumpleaños de monos, con un aumento de desafiliaciones en casi todos sus partidos y ad portas de entregar la banda presidencial a la oposición, pareciera ser que no es el mejor momento para que Bachelet plantee la defensa de sus reformas. Sobre todo porque hasta ahora, la Mandataria pareciera ser la general de un ejército sin soldados. O al menos, queda claro que cada vez su proyecto tiene menos gente a bordo.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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