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La era “fake news”

22 de Mayo 2019 Columnas

La expresión “fake news” ha pasado a ser parte de nuestro lenguaje corriente. Elegida palabra del año 2017 por el diccionario Inglés Collins, ella refiere a información falseada presentada bajo la apariencia de una noticia verdadera. No se trata simplemente de información errónea, sino que deliberadamente fraudulenta. Las implicancias sobre la toma de decisiones y calidad del debate son importantes.

Noticias falsas han existido siempre. La diferencia hoy es su escala y velocidad de difusión debido al bajo costo de diseminar información en redes sociales. A priori no es claro que tecnología y noticias falsas vayan de la mano: la tecnología facilita su transmisión, pero también el chequeo de su veracidad (hay múltiples sitios web que ofician de polígrafos virtuales). Cuál de los dos efectos domine es una cuestión empírica.

Al respecto, un estudio publicado en la prestigiosa revista Science (Vosoughi et al.,2018) que analiza la difusión de noticias en Twitter entre 2006 y 2017 entrega valiosos resultados. Controlando por múltiples factores, encuentra que una noticia falsa tiene una probabilidad de ser retuiteda 70% mayor que una verdadera. A su vez, una noticia verdadera demora 20 veces más que una falsa en alcanzar 10 retuits. Y, en línea con algo que se sospechaba, muestra que estos efectos son mayores en noticias políticas.

¿Cómo explicar esto? ¿Robots que intervienen en redes sociales? No. Según el estudio, las noticias falsas se diseminan más rápido, más profunda y extensamente debido a humanos y no a robots. ¿Por qué? En línea con evidencia respecto a que las personas tenemos un sesgo hacia información que resulta novedosa o sorprendente, el trabajo encuentra que las noticias falsas analizadas tendían a ser de este tipo y percibidas como tales.

Naturalmente, este sesgo en favor de noticias falsas aumenta la incertidumbre sobre la veracidad de la información,disminuyendo su valor y mermando la correcta toma de decisiones. Es cierto que esto redobla la diligencia de los agentes para cotejar la información. Pero ello no es a costo cero. El problema de incertidumbre subsiste.

Desde la economía, uno podría especular sobre efectos más radicales. Si el costo relativo de producir una noticia falsa es menor que el de una verdadera (lo que presumiblemente es cierto), la incapacidad de diferenciar entre noticias deriva en un problema de selección adversa. En el extremo, el equilibrio resultante es uno en que no hay incentivos a ofrecer noticias verdaderas. Solo falsas. La información pierde todo su valor.

Amén del costo informacional de las “fake news”, hay otro aspecto del cual hablamos menos y que está dañando la forma en que debatimos. Si su acepción original remitía a la intencionalidad de la noticia falsa, hoy el término ha ido degenerando. El debate empieza a cargarse de un dedo inquisitorio para el que cualquier información errónea de la contraparte es tildada de “fake”. Ello presupone mala fe y moraliza la discusión. Se llega incluso a acusar de “fake news” a las opiniones o argumentos contrarios. Una cómoda forma de clausurar el debate y autoerigirse en dueño de la verdad. Emergente mediocridad que probablemente sea la peor cara de la era “fake news”.

Publicada en La Tercera.

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