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La Convención

10 de Julio 2021 Columnas

El comienzo de la Convención no ha sido auspicioso. El grueso de los constituyentes parecen empeñados en hacernos creer que para el 18 de octubre de 2019 no vivíamos en una democracia, con separación real de poderes y Estado de Derecho. De ahí la declaración en favor de “los presos de la revuelta” y “los presos políticos mapuche”. Esa convicción disipa, seguramente, las paradojas a que da lugar el hecho de que la propia legitimidad de los constituyentes provenga del acuerdo del 15-N: si el sistema anterior era injusto, entonces da igual cumplirlo, sobre todo si ahora vamos, por fin, encaminados a uno verdaderamente democrático y justo.

Obviamente, toda esa composición de lugar refleja una cierta concepción de la democracia —sustantiva, asamblearia— diferente —y opuesta— a la democracia formal y representativa. Su ascenso corre paralelo a la reivindicación, al ensalzamiento, de lo particular, lo identitario y lo corporativo. También al resarcimiento de presuntas injusticias históricas.

¿Qué pueden hacer, por su parte, los constituyentes de derecha? Tienen poco margen, dada su modestísima representación. En este contexto, es seguramente un error pensar que el problema de la derecha es que no tiene relato, que no está abierta a los cambios y que le hace falta abrirse al diálogo. Si todo eso fue cierto en algún momento, ya no tiene importancia. Dado que carece de capacidad de negociación, la derecha tendrá oportunidad de dialogar con sus rivales políticos solo si ellos quieren sentarse a escucharla. Esto último, que sería una genuina expresión de espíritu democrático (el talante democrático se demuestra cuando uno es mayoría, no minoría), es muy improbable. Y lo es porque desde hace ya tiempo que la derecha es considerada por la izquierda dura —ahora hegemónica en ese sector— moralmente inhábil, tanto para gobernar como para participar del debate democrático. Lo más probable es que quienes aprobaron la declaración en favor de los presos prescindan simplemente de la derecha. Sin embargo, y por infructuoso que pueda ser, los constituyentes de Chile Vamos deben abogar por las ideas de su sector: Estado subsidiario y democracia representativa. Tarde o temprano, libradas a sí mismas, las pretensiones particulares, corporativas e identitarias entran en conflicto. La derecha al menos debe poder decir, en ese momento, que lo advirtió.

Con una derecha disminuida, la razonabilidad de la nueva Constitución dependerá exclusivamente de la capacidad de autocontención de la izquierda. No queda, por tanto, más que desearles suerte. Primero, por el país, pero luego, también, por ellos mismos, pues es de suponer que les sería muy difícil convivir con el hecho de que, habiendo tenido una oportunidad como esta, no fueran capaces de redactar una Constitución mejor que la que se escribió bajo el gobierno de Pinochet.

Publicada en El Mercurio.

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