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La brecha

24 de Mayo 2020 Columnas

Tarde o temprano la crisis sanitaria tendrá su fin: se encontrará una vacuna, un tratamiento, y la humanidad verá alejarse la amenaza vital. Cuando ello ocurra, los países que tienen una base institucional sólida, un capital humano desarrollado y políticas públicas de relativa calidad, no tendrán grandes dificultades para retomar la senda del crecimiento. Es lo que pasará en Europa, EE.UU. y en buena parte de Asia, donde China e India confirmarán su rol como los principales motores económicos del planeta de las próximas décadas.

África y América Latina volverán a ser en cambio ejemplos de postración, continentes atenazados por el hambre y la violencia, devueltos súbitamente a un ciclo de precariedad que muchos creían ya olvidado. En ese cuadro, Chile será sin duda un símbolo, un país que a partir de 1990 tuvo resultados notables en todos los indicadores económicos y sociales, que redujo la pobreza desde más de un 50% de la población a menos de un 10%, que generó una esperanza de vida de país desarrollado, con una cobertura en educación superior y niveles de consumo sin precedentes en la región.

Será una dolorosa ironía: la centroizquierda convenció a la gente de que había que lanzar los últimos treinta años al tarro de la basura y eso es exactamente lo que las secuelas del estallido social de octubre y del coronavirus terminarán por hacer: borrar buena parte de los avances del Chile de las últimas décadas, llevarnos de vuelta a un país con hambre en las calles, donde es necesario repartir cajas con alimentos y resurgen las “ollas comunes”. La envergadura de la cesantía, la miseria y la quiebra de empresas que veremos en los próximos meses serán una triste rémora del país que conocimos a mediados de los ochenta.

En fin, cuando la pandemia empiece a quedar atrás, a diferencia de la mayoría de los países emergentes, Chile no podrá retomar la senda del desarrollo vivido hasta el 17 de octubre pasado. Al contrario, no habrá acuerdo entre nosotros sobre el imperativo de reimpulsar la inversión y recrear los empleos perdidos, sobre la necesidad de poner el foco en que la población recupere los niveles de vida que la crisis sanitaria (y la política) terminaron por destruir. Seremos una sociedad sin consensos mínimos respecto a cuáles son las prioridades y cómo encarar los problemas.

A diferencia de aquellos que tendrán claro por dónde empezar a afrontar las secuelas de la crisis, en Chile deberemos hacernos cargo de una generalizada fractura en las confianzas y de un deterioro institucional también enorme; un país agobiado por la polarización, y que probablemente en octubre decidirá que ni siquiera tiene una Constitución, es decir que, en medio de todas las dramáticas urgencias, optará por pasarse los próximos dos años rediscutiendo su institucionalidad a partir de una hoja en blanco.

No hay duda: el Chile de los últimos treinta años, ese país que muchos convirtieron en símbolo de los abusos y la inequidad, definitivamente se acabó.

Publicada en La Tercera.

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