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La basura y el debate político

7 de Enero 2018 Columnas

En muchas comunas de Santiago, la gente vive rodeada de basura. Cada día, cuando salen de su hogar, vecinos de La Pintana o de Pedro Aguirre Cerda deben ver su calle cubierta de viejos televisores, de despojos de construcciones realizadas en otros barrios de la ciudad. La basura siempre es imprevisible. Pueden despertarse ante una pila de (cerditas) Peppa Pigs defectuosas o ante decenas de llantas. A veces se trata de la cabeza de una vaca la que los contempla cuando se dirigen al trabajo.

La presencia de basura en la vía pública dista mucho de ser un problema nuevo o marginal en la convivencia chilena. Uno de los clásicos de la literatura nacional, “Recuerdos del pasado”, de Vicente Pérez Rosales, recuerda en su primera página que el mal es tan antiguo como la existencia de la república: “Al sur el basural de La Cañada, al oriente el basural del recuesto del Santa Lucía y el de San Miguel y San Pablo al Occidente”. ¿Por qué entonces la basura no es un tema en nuestro debate político? ¿Por qué para un Estado que se preocupa de cuestiones tan sofisticadas como el aborto o la educación universitaria gratuita no es una urgencia resolver este problema? Solo porque se ha medido mal su gravedad, este asunto no ocupa un puesto en el debate público. Todas las complicadas políticas públicas que quieren hacer de Chile un país más igualitario fracasarán en todas aquellas comunas en las que vivir rodeado de basura constituya todavía una costumbre.

Convivir rodeado de basura no es un problema más. No se trata de una entre las muchas responsabilidades encargadas al Estado o al municipio. Desde hace unas pocas semanas, la comuna de Peñalolén informa en carteles que el costo mensual de recogida de basura equivale a la construcción de dos plazas municipales. Si se debe aplaudir estos esfuerzos por erradicar la basura y hacer visible este problema, existe un equívoco de fondo en el mensaje: convivir con basura es un problema infinitamente más grave que vivir en una comuna que no disponga de juegos públicos. En un país para el que la convivencia con la basura es tan prolongada como su historia, este problema no se resolverá nunca si no se subraya de modo unívoco su especial urgencia. Vivir cerca de la basura no es una desigualdad más, una incapacidad cualquiera del Estado chileno. Si el debate público no establece prioridades, volveremos a estar preocupándonos de necesidades accidentales cuando se ha fracasado en resolver las básicas. ¿No es acaso la educación gratuita universitaria una necesidad mucho más secundaria que la preocupación por los menores de edad de los que se tiene que hacer cargo el Estado? Se habla del divorcio entre política y ciudadanía, pero los intelectuales, por su seguidismo de la política, no son ajenos a esta separación.

¿Por qué la basura es una urgencia tan grande? Porque la basura es violencia diferida. ¿Qué significa violencia diferida? Tirar basura a la calle es como escupir a otro ciudadano mientras no nos ve. En la medida en que la primera función del Estado es la eliminación de la violencia, el Estado falla en su primer objetivo cuando permite que la convivencia con la basura se haga costumbre. Como la violencia, la basura crea una vida política paralela con códigos e instituciones solo comprensibles para quien vive en ella.

Algunos pensadores de derecha le han reclamado a su sector político la carencia de ellas. Más que crear una arcadia ideológica de la que la derecha a diferencia de la izquierda jamás gozó, el proyecto concreto de acabar con la convivencia con la basura puede servir para dar forma y contenido concreto al segundo mandato de Sebastián Piñera. Porque poner como meta máxima que Piñera eduque a un delfín o que la derecha gobierne ocho años no es más que mirarse el ombligo. Acabar con la basura en las comunas más pobres supondría acabar con la desigualdad más peligrosa de todas: la que se ha hecho invisible.

Publicado en El Mercurio.

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