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Koko: la pariente evolutiva que recuerda lo poco “humano” que somos los humanos

5 de julio 2018 Columnas

Hace algunos días, a los 46 años murió Koko. Sin poder modular fonéticamente palabras, aprendió el lenguaje de signos, llegando a expresar más de mil palabras. Así se comunicaba con los humanos, sobre todo con Francine Patterson, su entrenadora. Koko era una señora gorila.
Al ordenar a los seres humanos en su taxonomía, Carl von Linné constataba el parecido con los monos (probablemente no conoció grandes simios). Pero temiendo las consecuencias teológicas de recoger esta cercanía en su ordenamiento, buscaba infructuosamente una diferencia. En 1747 escribió a su amigo Johan Georg Gmelin: “Exijo de usted y de todo el mundo, que me muestre la característica de género […] en razón de la cual se puede distinguir entre humano y mono. Con la mayor certeza, yo mismo no sé de ninguna”.
Finalmente pudo más su temor eclesiástico –ya era suficiente ordenar a los humanos como animales–, y en vez de ordenar a los humanos y al menos a los chimpancés en el mismo género, como se seguía de sus propios criterios, lo hizo en dos géneros diferentes: Homo sapiens y Pan troglodytes (fauno habitante de las cuevas), bajo la familia de los Primates, donde continúan hasta hoy.
Los intentos para otorgar a los humanos un estatus especial dentro de “la creación” o del mundo animal nos acompañan hasta hoy. Pero los criterios para posicionar al homo sapiens en la cúspide del desarrollo son siempre cortados a la medida de los que quieren vestir tan fino traje: racionalidad, religión, inteligencia, lenguaje vocalizado, cultura –todos criterios en base a los cuales sólo los humanos podemos ganar la competencia para ocupar un sitio tan privilegiado.
Pero ahí están los grandes simios, que nos recuerdan una y otra vez que tenemos parientes evolutivos muy cercanos que no pertenecen a nuestra especie, pero que tienen estructuras mentales y emocionales sofisticadas, establecen relaciones sociales complejas, y que en razón de estas características tienen muchas posibilidades de sufrir.
Los humanos somos especialistas en acabar con los más débiles –la aniquilación de los Neandertales por los homo-sapiens es el primer y más claro ejemplo–. Ante los horrores genocidas de la Segunda Guerra impulsamos derechos humanos y tipificamos crímenes de lesa humanidad de modo que, al menos formalmente (aunque no sustantivamente, como la historia reciente evidencia), nos protegemos mutuamente de aniquilaciones masivas. Pero no protegemos de igual modo a estos parientes cercanos, cuyo espacio vital está desapareciendo aceleradamente, en buena medida en razón de nuestras decisiones de consumo. De aquí a treinta años difícilmente habrá Bonobos en libertad. Si Linné hubiese superado su temor religioso y hubiese seguido sus criterios en la taxonomía, perteneceríamos al mismo género que los grandes simios, a los que hoy aniquilamos.
Ciertamente hay diferencias entre los humanos y los otros primates. La mayor es nuestro prefrontal extremadamente desarrollado. Pero sería oportuno que este desarrollo se reflejara en algo distinto al incremento en la eficiencia con la que destruimos el medioambiente y aniquilamos a los otros habitantes de la tierra (y de paso socavamos las posibilidades de nuestra propia sobrevivencia como especie).
En una ocasión Francine Patterson preguntó a Koko cómo se imaginaba la muerte. Y Koko respondió con tres signos: acogedor, cueva, adiós. La respuesta de una señora Gorila que ojalá nos ayude a entender que nuestro prefrontal desarrollado no nos puede facultar a aniquilar a los demás habitantes de la tierra.
Publicada en El Mostrador.

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