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Hitler y Putin

1 de Mayo 2022 Columnas

Aunque la versión oficial de la segunda guerra mundial marque la invasión alemana a Polonia, el 1 de septiembre de 1939, como el inicio de este conflicto, la historia de este enfrentamiento se inició bastante antes. Por ejemplo, podríamos remontarnos a la guerra franco-prusiana de 1870-71 como una causa mediata. O a la Gran Guerra de 1914 y el Tratado de Versalles de 1919 como hechos más directos. Sin embargo, prefiero concentrarme en dos acciones más concretas que fueron el paso previo a la ocupación de Polonia. Me refiero a la anexión de Austria y la invasión de Checoslovaquia.

En ambas operaciones, el resto de las potencias europeas y Estados Unidos prefirió observar con cautela los acontecimientos bajo la ilusión de que, cumplidas esas metas, Adolf Hitler iba a saciar su sed de revancha respecto a las condiciones impuestas contra Alemania en Versalles.

El resultado fue diferente. Hitler consideró la postura de sus pares como una señal de debilidad, una invitación para seguir ejecutando su plan de expansión sobre el resto de Europa.

Así lo advirtieron sus contemporáneos. Los diarios de la época pusieron en alerta al mundo de que lo que estaba haciendo el líder alemán eran los primeros pasos de un largo camino de conquistas.

El diario La Nación, por ejemplo, el 12 de marzo de 1938, destacaba, a través de un mapa en la portada, el avance de las tropas alemanas sobre Austria. El columnista Raúl Marín comparaba el poder de Hitler al de los antiguos emperadores del Sacro-Imperio Romano-Germánico, en contraposición a las acciones de Francia y Gran Bretaña que se limitaban a protestar.

En el análisis semanal de los sucesos mundiales, otro columnista, que firmaba como E.M., llamaba la atención sobre Hitler, su capacidad para sorprender continuamente a Europa y se preguntaba respecto a cuál sería su siguiente paso: “Ahora el Anschluss (Unión de Alemania y Austria) como un hecho consumado (…) mañana probablemente la reivindicación de minorías de lengua alemana de Checoslovaquia, de Rumania y acaso de Polonia y Ucrania”.

El columnista acertó en su pronóstico. El 15 de marzo de 1939, el ejército alemán ocupaba Bohemia, Moravia y Eslovaquia provocando la desmembración de Checoslovaquia. A costa de este país, el resto de las potencias llegó a un acuerdo con Hitler. Lo que parecía saciar su apetito, no era más que un tiempo valioso para que Alemania se siguiera preparando para el gran ataque. A propósito de esta agresión, la editorial de La Nación insinuaba que la guerra europea sería la muerte de la civilización y justificaba el hecho de que el resto de los países hiciese cuanto estuviese a su alcance para evitar el enfrentamiento.

Lamentablemente, Austria y Checoslovaquia fueron los primeros pasos de un plan mayor que desencadenó la segunda y más mortífera de las guerras. Pienso en esto a propósito de Putin y la invasión a Ucrania que ya cumplió dos meses. Hasta el momento, las potencias europeas y Estados Unidos han limitado su actuar a una condena económica, política y moral, pero no están dispuestos a ir más allá, bajo el supuesto de que sacrificar a Ucrania nos evita un mal mayor.

La situación es muy compleja si consideramos que, por el potencial nuclear de las naciones implicadas, el costo del inicio de una guerra, esta vez sí podría significar la muerte de una parte de la civilización, tal como lo presagiaba la editorial de 1939.

Aun cuando las potencias se inhiban de actuar directamente contra Rusia, lo que resulta todavía más preocupante son los reveses de Putin en la invasión. El mandatario ruso se asemeja al apostador que, luego de ver que su jugada principal falló, intenta, de forma desesperada, comenzar a agotar los recursos con la esperanza de revertir su mala fortuna. Mientras más tiempo pasa, más se hunde, haciendo que sus determinaciones para salir de esta crisis se tornen cada vez más arriesgadas y, por ende, peligrosas.

Putin, en definitiva, pareciera haber ingresado a un laberinto con pocas opciones de salida que no sea la de terminar en un tribunal de guerra, ser boicoteado por sus propios compatriotas o iniciar una tercera guerra mundial. Tal como sucedió en 1939, el panorama se torna cada vez más sombrío.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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