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Historia política

5 de julio 2018 Columnas

Por muchas décadas, la historia política fue entendida desde un prisma institucionalista: lo importante era rescatar la labor de los Estados nacionales
en la construcción de una serie de instituciones nacidas, en general, desde el Poder Ejecutivo. A ello se le sumaba una exacerbación explícita de los
“grandes acontecimientos” y de los “grandes hombres” (militares y políticos, sobre todo) en la elaboración de relatos explícitamente nacionalistas.
La profesionalización de la disciplina histórica durante la primera mitad del siglo XX, así como el ingreso a escena de nuevas y variadas formas de estudiar el pasado, complejizaron lo que, hasta entonces, parecía una verdad revelada. El estructuralismo —ya fuera el marxista ortodoxo o el surgido de la Escuela de los Annales— se preocupó crecientemente de la larga duración, pasando los eventos y los individuos a un segundo plano. Lo relevante para historiadores como Fernand Braudel no era descubrir lo que había acontecido en una coyuntura específica, sino estudiar las estructuras —geográficas, temporales, económicas— detrás de los grandes procesos históricos.
Los Annales dejaron una estela profunda en el devenir de la disciplina, aunque difícilmente pueda concluirse que sus cultores barrieron de una vez y
para siempre con otras formas de escribir historia. Gran parte de la historiografía anglosajona, por ejemplo, nunca objetó el valor de las personas
de carne y hueso, e incluso marxistas como E. P. Thompson dedicaron una parte relevante de sus trabajos a resaltar el papel de los individuos en la consolidación de un grupo social o clase. La diferencia con los historiadores del siglo XIX era, sin embargo, evidente: más que enfatizar a los “grandes
hombres”, Thompson concentró su interés en los sujetos marginados, como los obreros y los artesanos.
Podría decirse que la historia política en la actualidad es el resultado de una sana mezcla entre las interpretaciones de largo aliento inspiradas en los Annales y aquellas de corte factual. La caída del Muro de Berlín puso nuevamente de manifiesto el rol que juegan los eventos y los individuos en cualquier cambio de época. Asimismo, las instituciones representativas recuperaron parte de su legitimidad, lo que permitió volver sobre temas
olvidados por el estructuralismo, pero ahora desde una perspectiva menos institucionalista. Entre ellos destacan los procesos electorales y los espacios públicos de deliberación, dos formas de participación política que los historiadores observan cada vez más desde la interdisciplinariedad. Los individuos (conocidos o desconocidos), los eventos (estructurales o no) y el intercambio interdisciplinario conforman, en breve, la tríada analítica de lo que hoy se conoce como “nueva historia política”. Sin entrar en la discusión de si ella es verdaderamente “nueva”, no cabe duda de que estamos frente a una manera de acceder al pasado que hasta hace poco era impensada.

Publicada en La Segunda. 

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