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Hijos de tigre

6 de Mayo 2019 Columnas

No era un buen día para llevar a los “niños” al trabajo. La idea del Presidente Sebastián Piñera de convidar a sus dos hijos, Sebastián y Cristóbal, al viaje  que realizó a China, en el marco de las relaciones bilaterales entre ambos países, se convirtió en una pésima anécdota, un error innecesario. En definitiva, un tremendo autogol.

Aunque ciertamente se trataba de una gira muy relevante –no por nada, China es el principal socio comercial de Chile, entre otras cosas porque se trata de uno de los mayores compradores de nuestro cobre-, lo cierto es que tras el viaje, lo único que quedó en la retina fue la presencia de los retoños presidenciales, tal como lo advirtieron incluso desde el mismo oficialismo.

Es que no había que ser muy inteligente para darse cuenta de que la decisión era un error en su más amplia acepción. De hecho, al bajarse del avión, las palabras del Presidente tuvieron que concentrarse en la polémica, en vez de dar a conocer los beneficios que –suponemos- debe haber tenido la visita al país asiático. “Soy Presidente de Chile las 24 horas del día, los 365 días del año, y también soy marido, soy padre de cuatro hijos, soy abuelo de 11 nietos. Y me siento muy orgulloso de Chile y también muy orgulloso de mi familia”, dijo el Mandatario, en un intento por hacer un control de daños que a esas alturas no tenía mucho sentido.

 ¿Resultados de la gira? Nadie lo sabe. Salvo probablemente quienes estuvieron allende el pacífico.  Lo único que en realidad se debatió durante toda la semana (tanto en redes sociales como en los medios) fue si Cristóbal y Sebastián Piñera Morel debían estar en China o no, y si existía alguna razón para que –como emprendedores que son- tuvieran acceso privilegiado a reuniones con empresarios chinos. Encuentros que cualquier hijo de vecino con ese perfil jamás llegará a tener, según recordaron una y otra vez las redes sociales.

Y ahí está precisamente el problema de la polémica decisión de Piñera de llevar a sus hijos al viaje. Lamentablemente –y creyendo en sus buenas intenciones como padre-, cuando se es Presidente de la República, exitoso empresario y líder político del país, hay formas que se deben cuidar. En un caso así –y considerando los estándares del siglo XXI en materia de probidad- no basta con que ellos hayan corrido con sus propios gastos, como se señaló reiteradamente desde La Moneda, pues aun en ese escenario, existen situaciones que rayan en lo antiético y momentos en que las influencias pasan a ser un bien tan relevante como el cuidado de las arcas fiscales.

Pero además, se trata de una decisión que abrió flancos gratuitos –y evitables- para el Mandatario, dando pie a todo tipo de críticas por parte de la oposición. Nuevamente, en un tema innecesario. Más aún cuando el jefe de Estado no le toma el peso a la situación e incluso festina con ella, afirmando que por culpa del presidente del Senado, Jaime Quintana –que criticó frontalmente la presencia de los hermanos Piñera- los “niños” estaban “castigados”.

Eso no solo es no entender la polémica, sino estar ajeno a todo lo que ha pasado en los últimos años en el país. Como si el caso Caval y la crisis mayúscula que significó para el gobierno de su antecesora, Michelle Bachelet, no hubiera ya puesto en jaque la imagen de la Presidencia y damnificado a un gobierno hasta sus cimientos.

De hecho, cuando el Presidente dice que no sabe “cuáles fueron las intenciones” de quienes lo criticaron y, según él, “tejieron todo tipo de hipótesis sin ningún fundamento”, demuestra que no está enfocado en lo que la ciudadanía demanda de sus dirigentes, como si a estas alturas la necesidad de asepsia política no estuviera suficientemente clara. Que quede claro: esas hipótesis se tejen gracias a la madeja que el propio Mandatario provee.

Punto aparte merece el propio Sebastián Dávalos, que –haciendo caso omiso de su propio e inmenso tejado de vidrio- sale a reprochar a viva voz la decisión de Piñera, diciendo que “me llama la atención la hipocresía, la falta de ética y lo inmoral de los personeros de Chile Vamos”. No estaría de más recordarle que para hablar y comer pescado, hay que tener cuidado, según decían los abuelos. Con mucha razón a la luz de este caso.

Finalmente, lo que se logró con el “gustito” del Mandatario fue transformar esta gira en una cara y larga anécdota, donde lo único que trasciende es un autoinfligido desaguisado y donde los temas relevantes, lo que de verdad pueda ser de provecho para el país, pasa a segundo y tercer plano.

 

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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