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Higiene y contagio. Una anotación desde la historia de la medicina

27 de Abril 2020 Columnas

Que la civilización arabo-islámica se preocupó tempranamente de las cuestiones que vinculaban a la higiene con el desarrollo de enfermedades, no es misterio alguno. Sin ir más lejos, tanto el Corán como la tradición del profeta dedican partes importantes a esta relación, estableciendo – en la segunda- recomendaciones al respecto. Normal si comprendemos que se recurría al más sabio de los criterios en estas cuestiones: la costumbre.

Posteriormente, con la expansión geográfica de la religión, se fueron incorporando una serie de acervos que se habían instalado en Medio Oriente a partir de la labor de difusión de la cultura griega-helenística,  desarrollada a partir de la acción de Alejandro Magno en el siglo IV a.C. De esta forma  Persia se transformó en un centro importante de desarrollo médico-científico, que ya se había consolidado como tal en la misma época en que el islam se iba instalando en sus territorios.

De allí en más, la ciencia médica se desarrolló profundamente en los territorios del islam, con una pléyade de científicos entre los que se cuentan: Averroes, Ibn Tufayl, Abulcasis y un largo etc. En Bagdad, por ejemplo, a partir de la instauración de la “Casa de la Sabiduría”, en el siglo IX d.C., se fomentó el estudio de la ciencia médica alcanzando pináculos con el médico al-Tabari. Los temas tratados por estos científicos iban desde la higienización (especial énfasis en la limpieza de manos) hasta las condiciones que debía tener un hospital para su emplazamiento. En este último caso, otorgaron una importancia fundamental a la ventilación de sus espacios, para evitar contagios; palabra, esta última, que comenzaron a utilizar con bastante antelación a occidente donde Fracastoro la utilizó por primera vez en 1546….es decir, los médicos musulmanes se adelantaron, al menos, un par de siglos.

En la Granada Nazarí, el gran visir Ibn al Jatib –testigo directo de los estragos que causó la Peste Negra en la ciudad- redactó, entre 1359 y 1362, su obra titulada: Kitab muqni´at al- sa`il ´ani lmarad al-ha`il (Libro que satisface al que pregunta sobre la terrible enfermedad). En ella recomienda a los habitantes de la ciudad no visitar a los enfermos afectados por la misma, ni usar ninguna de sus pertenencias, y de este modo evitar en lo posible que pudiesen contraer la enfermedad. Esta teoría del contagio se demostraba como una tesis moderna que se centraba en la observación y comprobación, una de las bases del método científico.

Es una lástima que la traducción y enseñanza de los tratados de médicos árabes en occidente haya demorado tanto tiempo; en gran parte por los resquemores religiosos. Sin embargo, con la fundación de las primeras escuelas de medicina occidentales (en especial Salerno s.IX-X d.C.) y la aparición de las primeras universidades (s.XII-XIII d.C.), la ciencia médica comenzó a utilizar los textos fundamentales de la medicina árabe, como el Codex de Avicena. Con todo, los adelantos en al ámbito de la medicina árabo-islámica continuaron y ya para el siglo XV d.C, los otomanos experimentaban con las primeras vacunas contra la viruela.

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