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¿Hay que ser de izquierda para apoyar a Greta?

28 de Septiembre 2019 Columnas

Greta no ha dejado indiferente a nadie. Su duro discurso hace tiempo que es controversial y el hecho que la hayan sentado junto a gente grande en la ONU a algunos les ha causado escozor. Hace ya algún tiempo que los “adultos” se dividen entre quienes la “adoran”, porque la niñita puede ser una punta de lanza para enfrentar el “neoliberalismo”; y quienes la “detestan”, por considerarla una marioneta de la izquierda. En medio de esta pelea ideológica, los niños y niñas del mundo, genuinamente, ven en ella un modelo. Una líder. Una superhéroe.

Y ahí está todo el punto. Y no hay más.

Es cierto que los niños sabiondos suelen ser un poco fastidiosos (muchos todavía recuerdan con escozor las merendinas de Emilio Antilef). Es cierto también que a los niños les falta instruirse antes de querer dictar cátedra. Pero no está de más acordarse de que Mozart componía música con pocos años, que Pascal reinventó la geometría con pantalón corto y que Picasso pintó en óleo “El picador amarillo” a los 8 años.

En el caso de Greta Thunberg, es cierto que una niña no puede sustituir a la Ciencia. Incluso más: es cierto que Greta no aparece como especialmente simpática. Es cierto, también, que es absurdo moverse en barco a vela en el siglo XXI. Y es cierto que mucho de lo que dijo en su discurso en la ONU es ampliamente discutible.

Todo lo anterior es cierto.

Pero poco importa.

La gran Gracia de Greta es haberse transformado en un símbolo del reclamo de las nuevas generaciones ante el cambio climático. La gracia de Greta es que unifica la preocupación con el medio ambiente. La gracia de Greta es que ha ayudado a bajar la preocupación de la Ciencia a la calle.

Y con eso basta.

A Malala (premio Nobel de la Paz) —que cuando tenía 11 años comenzó un blog para reclamar contra los Talibanes y a los 16 años publicó “Yo soy Malala”— a nadie se le ocurrió mandarla a callar o que se fuera al colegio. Este caso no es igual, pero al menos rima.

Y tal como es absurdo pretender que Malala resuelva el problema de los talibanes, también es absurdo que le entreguemos a Greta la solución del planeta. Pero eso no quita que hay que respetarle su condición simbólica de un problema que es grave, aunque a algunos todavía les cueste aceptarlo.

Y si bien el problema del cambio climático es mundial, tiene obviamente una clara connotación local. Y paradójicamente tiene un cierto parecido con las violaciones a los derechos humanos en la dictadura de Pinochet. Así como hay muchos que en su momento negaron las violaciones a los derechos humanos de la dictadura y hablaban de “presuntos atropellos a los derechos humanos”, con el cambio climático ocurre algo similar. Cuando ya es imposible negar la evidencia, algunos comienzan a relativizarlo. Incluso vuelven a hablar del “presunto”. Esta vez, del “presunto cambio climático”.

El mismo error cometido dos veces. El problema es que en muchos casos son los mismos…

Curiosamente, Piñera, tal como ocurrió con los derechos humanos, se ha desmarcado de la mayoría de su sector. Y así, en la ONU tuvo su mejor semana de su segundo mandato, dándose cuenta de que ponerse de la vereda contraria del cambio climático no solo es un error profundo sino que completamente contraproducente.

Algunos han dicho que es solo oportunismo. Pero esa parece ser una crítica injusta. Mal que mal, a Piñera se le pueden discutir muchas cosas, en especial de sus pocos claros límites entre política y negocios, pero no se le puede discutir que ha tenido desde hace muchos años una genuina preocupación por el medio ambiente. Su amistad con Tompkins, el parque Tantauco, incluso el criticado episodio Barrancones fueron movidos por el interés medioambiental. Haber organizado la COP25 en momentos que fue desechado por Brasil fue un acto de osadía.

Piñera está cerrando el paso a que el medio ambiente solo lo cuida la izquierda, cosa que por lo demás la historia no lo muestra en absoluto (basta recordar la Unión Soviética o China para darse cuenta de aquello). El problema es que está bastante solo.

Y así como la izquierda ya secuestró la palabra “progresismo” (algo que en muchísimos ámbitos es absolutamente contradictorio), ahora se apronta a apropiarse de la palabra “medio ambiente”. Pero, en este caso, es por culpa de la derecha y de la mayoría de los empresarios. Por eso es importante que los Piñera y los Macron se pongan del lado correcto y dejen en evidencia a los Trump y a los Bolsonaros.

Hay un complejo equilibrio en el que se ve envuelta la sociedad de avanzar y progresar pese a que ello perjudique en algo el medio ambiente. Cuánto medio ambiente se está dispuesto a sacrificar por progreso. Y la respuesta no es obvia. Pero esa pregunta en los últimos 200 años simplemente no fue hecha.

Lo que sí es claro es que pensar que la preocupación por el medio ambiente es una cosa de “izquierdosos” es un profundo error. Y peor aún: pensar que Greta es peligrosa porque puede detener el desarrollo, porque puede hundir el modelo o porque puede soliviantar a los niños es infantil, miope e irracional.

Publicada en El Mercurio.

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