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Fracasos

18 de Septiembre 2022 Columnas

En medio de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el rey Gustavo Adolfo de Suecia mandó a construir una flota que le permitiera definir a su favor el conflicto. El buque insignia sería el Vasa, que tomaba el nombre de su dinastía. A inicios de 1626, encargó talar mil robles para que los carpinteros se pusieran a trabajar en un buque que le entregaría el control del mar Báltico, fama y gloria. La ambición del rey lo llevó a construirlo más grande de lo normal con una doble fila de cañones para aumentar su poder de fuego. Por esta razón, dos años después, cuando la tarea se había completado, la multitud se aglomeró en la bahía de Estocolmo para ver cómo esta embarcación excepcional con 64 cañones de bronce y una dotación de 130 marineros y 300 soldados era lanzada al mar. Sin embargo, antes de alcanzar una milla, el gran Vasa (Con V y una sola S), frente al estupor del rey y de los espectadores, se desestabilizó producto del viento y, por estar mal estibado, se fue con todo el peso hacia un lado provocando su hundimiento. Al rey no le quedó otra que hacerse el sueco.

Varios siglos después, esta vez en los astilleros de Belfast, se dio inicio a la construcción del que sería el trasatlántico más grande la historia. El mito señala que sus constructores habrían dicho que ni Dios podía hundirlo, pero, lo cierto es que el famoso Titanic, en su primer viaje por el Atlántico y luego de solo dos días de navegación, por un error del capitán, la nave chocó contra un iceberg que rasgó su casco y provocó su hundimiento. Además del error en su conducción, después se supo que sus materiales no eran de buena calidad y que tenía además fallas en su diseño. 1.496 de los 2.208 pasajeros del buque fallecieron en el naufragio producto de esos errores.

El Titanic fue el presagio del hundimiento de Europa, producto de la Gran Guerra. Poco después de finalizado este conflicto, Francia y Alemania quedaron con cuentas pendientes. Los franceses apostaron por una revancha de parte de sus vecinos y se abocaron a la construcción de una kilométrica trinchera de cemento que los defendería del avance alemán. En 1922, el veterano de guerra y ministro de defensa André Maginot inició este conjunto de “plurifortalezas” sin poder verla terminada. Maginot falleció en 1932 y la línea que llevaría su nombre concluyó en 1936. Se utilizaron un millón y medio de metros cuadrados de hormigón, 150.000 toneladas de acero y tuvo un costo millonario para los galos. El gasto habría valido la pena, a no ser porque los alemanes efectuaron sus ataques durante la segunda guerra a través de Bélgica. La línea de defensa solo fue útil en los sueños de Maginot.

Sin las dimensiones de los casos anteriores, pero sí más cercano, el ejemplo más reciente de una obra fracasada es la del puente Caucau en Valdivia que, prometía, iba a solucionar los problemas de congestión en la ciudad del sur y mejorar la vida de sus habitantes. El puente tuvo un costo de millones de dólares que se habrían justificado si se pudiese utilizar, pero quedó al revés, provocando la ira y frustración de los valdivianos que ven cómo la construcción recibe a los visitantes con los brazos abiertos.

Dentro de esta larga lista de bochornos se agrega, ahora último, el proyecto de nueva Constitución, que tuvo un costo de 17 mil millones de pesos. Sus principales creadores soñaron con ser parte de los libros de historia y situarse junto a grandes constitucionalistas como Juan y Mariano Egaña o Andrés Bello.

Si la Constitución de 1980 tuvo como pecado original haberse impuesto en una dictadura por medio de la fuerza en un proceso lleno de irregularidades, el texto de la Convención pecó de ira, envidia, pereza y, sobre todo, soberbia. Pecados que, en mayor o menor medida, vemos presente en cada uno de los ejemplos que hemos analizados. Así como en el Vasa, Titanic, Línea Maginot y el puente Cacau, en la nueva Constitución se cifraron enormes expectativas, tanto de sus creadores como de sus potenciales beneficiarios. Todos ellos implicaron enormes recursos, además de mucho tiempo invertido. Sin embargo, ninguna de estas condiciones asegura un resultado positivo. Esperemos estos ejemplos sirvan de lección y el 18 de septiembre de inspiración para que los partidos políticos puedan sacar esto adelante de la mejor forma posible, por el bien de Chile y de todos sus habitantes.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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